A veces recuerdas cosas, gentes del pasado que, aunque no conociste, siempre oíste hablar de ellas con cariño. Personas tan anónimas que se podría dudar incluso de si existieron en realidad. Pero no, su imagen plasmada en apenas una foto y unos recuerdos que se resisten a desaparecer han sido suficientes para poder conformar siquiera un boceto de la vida de "la Muda".
Castora Rubio González nació en el seno de una familia marcada por la dureza de la vida y las pérdidas tempranas. Natural de Cárcar, era hija de Juan Rubio y de su primera esposa, Florencia González. De aquel matrimonio nacieron varios hijos: Ramón, que murió con apenas dos años; Roque; Bonifacio; Inocencia, que falleció al mes de vida; Hilario; y Castora, que vino al mundo con una discapacidad que condicionaría su existencia: era sordomuda. De ellos, solo Hilario y Castora salieron adelante.
La muerte prematura de su madre cambió el rumbo de la familia. Juan Rubio volvió a casarse en 1882 con Juliana Sádaba, con quien tuvo más hijos: Victoriana, que no sobrevivió; Ramona, nacida en 1885; los gemelos Paulino y Juan (Juanito murió trágicamente al ser atropellado por el carro que conducía cuando traía pinturas desde Peralta para la iglesia de Cárcar); María, que falleció con cuatro años; e Isidro.
Con el paso del tiempo, la familia se fue dispersando. Hilario emigró a Argentina, estableciéndose en la Colonia Alvear, donde formó su propio hogar junto a Encarna Mateo, también natural de Cárcar y Paulino e Isidro que se casaron y formaron su propia familia. Pero Castora permaneció en la casa familiar. Juliana, su madrastra muere y también su padre en 1921, dejándola a cargo de Ramona.
Ramona se casó con Gregorio López y tuvo siete hijos: Ricardo, Segundo, Isidro, Lucia, Julia, Vidal y Carmelo. Ricardo y Lucía murieron siendo niños. Otra de las hijas, Julia, sufrió meningitis en la infancia, lo que le dejó una deficiencia visible que la acompañaría toda su vida. Y la tragedia volvió a golpear cuando Gregorio falleció con tan solo 46 años de una pulmonía, dejando a Ramona viuda con cinco hijos, el menor de apenas once meses.
Fue entonces cuando la figura de Castora adquirió una dimensión inmensa.
Junto a Segundo, el hijo mayor de Ramona, Castora asumió el peso de sacar adelante a la familia. Aquella mujer sordomuda, a quien todos llamaban simplemente “la muda”, y a la que muchos podrían haber considerado limitada, demostró tener una fortaleza física y moral extraordinaria. Trabajaba las escasas tierras que poseían, realizaba las labores más duras del campo y recorría el pueblo subiendo cántaros de agua en un burro para venderlos y aportar un dinero extra a la economía familiar. Mientras tanto, Ramona cuidaba de la casa y de los hijos, especialmente de Julia, ya que su discapacidad exigía más dedicación.
Castora no hablaba ni oía, pero se hacía entender. Era despierta, intuitiva y profundamente comprometida con los suyos. Entre gestos, miradas y una complicidad forjada en años de convivencia, mantenía una comunicación fluida con sus hermana y con sus sobrinos; también con sus hermanos Paulino e Isidro que nunca se desvincularon. Ella no fue una carga para Ramona, sino un apoyo material y un ejemplo para los hijos de esta. Ellos mismos reconocieron siempre que fue Castora quien les enseñó a trabajar, a ser constantes, a no rendirse ante la adversidad.
Su vida estuvo marcada por el esfuerzo silencioso. No buscó reconocimiento, no protagonizó grandes gestas públicas, pero sostuvo un hogar cuando más lo necesitaba. Su fortaleza no era estruendosa: era diaria, persistente, callada.
Murió a los 80 años como había vivido: trabajando. Falleció mientras limpiaba la pocilga del cerdo, aquel que serviría de alimento tras su sacrificio para el año, en una escena que resume su existencia entera: entrega, responsabilidad y dignidad hasta el último aliento.
La historia de Castora Rubio González apenas la recuerdan ya solo sus sobrinos nietos, gracias a que fue contada con emoción por quienes la conocieron, la respetaron y la quisieron: sus propios sobrinos. Es la historia de una mujer que a pesar de sus limitaciones y de las muchas pérdidas que marcaron su entorno, supo sobreponerse a todo y convertirse en pilar de su familia.
Castora no pudo alzar la voz, pero dejó huella. Hay personas que no hacen ruido al pasar por la vida pero sostienen el mundo en silencio. Por eso, su trayectoria nos recuerda que la verdadera fuerza es la que se ejerce así, en silencio.
Su historia no aparece en libros ni en monumentos, pero su vida, como la de tantos otros, constituye el legado de una sociedad rural que se forjó a base de esfuerzo y de personas anónimas como Castora: “la Muda”.