Legado de Cárcar
Este blog busca dar visibilidad a personajes de Cárcar, o relacionados con esta población navarra, que permanecen desconocidos u olvidados; así como a cosas que se refieran a ella.
jueves, 23 de abril de 2026
EL OTRO MARTÍNEZ MONREAL: luces y sombras de una vida
lunes, 30 de marzo de 2026
¿ERA DE CÁRCAR LA MUJER DE PONCIO PILATO?
Decir esto puede parecer cuando menos aventurado, pero es algo que ha traspasado generaciones, y somos muchos quienes lo hemos escuchado, aunque nos cueste comunicarlo, quizá porque nos resulta chocante al no tener base documental conocida. Sin embargo, las historias, tradiciones o incluso leyendas con arraigo en un lugar merecen ser conservadas, aunque solo sea por su valor como tales.
Será el propio escritor local Eduardo Mateo quien también lo recoja en 2002 en su libro Cárcar, Historia, Vocabulario y Plantas, apoyándose en esta tradición. En dicha obra se dice que don Ángel Garrido, párroco durante muchos años del pueblo, habría enseñado a algunos vecinos unos libros en los que se afirmaba este punto. Y yo creo recordar además que don Ángel se apoyaba en un presbítero anterior llamado Félix Ramón de Sola. Según esto, la citada mujer habría sido llevada a Tarraco (la actual Tarragona), donde el propio Pilato la habría conocido.
Más allá de estas referencias, no se han encontrado hasta hoy ni el mencionado libro ni fuentes bibliográficas conocidas que avalen esta afirmación. Las fuentes clásicas apenas aportan datos sobre la vida personal de Pilato, y la figura de su esposa —conocida en la tradición cristiana como Claudia Prócula— aparece de forma muy breve en los evangelios, sin indicación alguna sobre su origen.
Así que, en este contexto, la tradición de Cárcar puede entenderse como parte de ese amplio conjunto de historias nacidas en el ámbito local que buscan establecer un vínculo entre la comunidad y los grandes acontecimientos de la Historia. Pero la existencia de aquellos supuestos documentos a los que aludía don Ángel no deja de suscitar, cuando menos curiosidad, ya que más allá de su veracidad histórica tiene una dimensión profundamente humana.
Como consecuencia de todo esto, durante generaciones, especialmente en el tiempo de Semana Santa, no hemos sido pocos los carcareses que hemos pensado en aquella mujer que, según el relato evangélico, trató de influir en su marido para liberar de la crucifixión a Jesucristo tras haber tenido un sueño inquietante. Imaginar que esa influyente figura pudiera tener su origen en Cárcar ha despertado a lo largo del tiempo una forma íntima de devoción y adhesión con ella.
Esa mezcla de historia, creencia y emoción forma también parte del patrimonio inmaterial de un pueblo.
En estos días de Semana Santa, al escuchar el relato de la Pasión, volveré a pensar en Claudia Prócula, como solía.
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(Nota) Si tú, que lees esto, puedes aportar algún testimonio de esta tradición oral, agradecería lo hicieras en los comentarios.
lunes, 16 de marzo de 2026
JOAQUÍN BASTERO LERGA. profesor, funcionario y autor teatral
martes, 24 de febrero de 2026
Se llamaba Castora, pero nunca tuvo nombre; ella era “LA MUDA”
A veces recuerdas cosas, gentes del pasado que, aunque no conociste, siempre oíste hablar de ellas con cariño. Personas tan anónimas que se podría dudar incluso de si existieron en realidad. Pero no, su imagen plasmada en apenas una foto y unos recuerdos que se resisten a desaparecer han sido suficientes para poder conformar siquiera un boceto de la vida de "la Muda".
Castora Rubio González nació el 28 de marzo de 1874, en el seno de una familia marcada por la dureza de la vida y las pérdidas tempranas. Natural de Cárcar, era hija de Juan Rubio y de su primera esposa, Florencia González. De aquel matrimonio nacieron varios hijos: Ramón, que murió con apenas dos años; Roque; Bonifacio; Inocencia, que falleció al mes de vida; Hilario; y Castora, que vino al mundo con una discapacidad que condicionaría su existencia: era sordomuda. De ellos, solo Hilario y Castora salieron adelante.
La muerte prematura de la madre cambió el rumbo de la familia. Juan Rubio volvió a casarse en 1882 con Juliana Sádaba, con quien tuvo más hijos: Victoriana, que no sobrevivió; Ramona, nacida en 1885; los gemelos Paulino y Juan (Juanito murió trágicamente al ser atropellado por el carro donde traía pinturas desde Peralta para la iglesia de Cárcar); María, que falleció con cuatro años; e Isidro.
Con el paso del tiempo, la familia se fue dispersando. Hilario emigró a Argentina, estableciéndose en la Colonia Alvear, donde formó su propio hogar junto a Encarna Mateo, también natural de Cárcar, y Paulino e Isidro que se casaron y formaron su propia familia. Pero Castora permaneció en la casa familiar. Juliana, su madrastra, muere y también su padre en 1921, dejándola a cargo de Ramona.
Ramona se casó con Gregorio López y tuvo siete hijos: Ricardo, Segundo, Isidro, Lucia, Julia, Vidal y Carmelo. Ricardo y Lucía murieron siendo niños. Otra de las hijas, Julia, sufrió meningitis en la infancia, lo que le dejó una deficiencia visible que la acompañaría toda su vida. Y la tragedia volvió a golpear cuando Gregorio falleció con tan solo 46 años de una pulmonía, dejando a Ramona viuda con cinco hijos, el menor de apenas once meses.
Fue entonces cuando la figura de Castora adquirió una dimensión inmensa.
Junto a Segundo, el hijo mayor de Ramona, Castora asumió el peso de sacar adelante a la familia. Aquella mujer sordomuda, a quien todos llamaban simplemente “la muda”, y a la que muchos podrían haber considerado limitada por su deficiencia, demostró tener una fortaleza física y moral extraordinaria. Trabajaba las escasas tierras que poseían, realizaba las labores más duras del campo y recorría el pueblo subiendo cántaros de agua en un burro para venderlos y aportar un dinero extra a la economía familiar. Mientras tanto, Ramona cuidaba de la casa y de los hijos, especialmente de Julia, ya que su discapacidad exigía más dedicación.
Castora no hablaba ni oía, pero se hacía entender. Era despierta, intuitiva y profundamente comprometida con los suyos. Entre gestos, miradas y una complicidad forjada en años de convivencia, mantenía una comunicación fluida con su hermana y sus sobrinos; también con sus hermanos Paulino e Isidro que nunca se desvincularon. Ella no fue una carga para Ramona, sino un apoyo material y un ejemplo para los hijos de esta. Estos reconocieron siempre que fue Castora quien les enseñó a trabajar, a ser constantes, a no rendirse ante la adversidad.
Su vida estuvo marcada por el esfuerzo silencioso. No buscó reconocimiento, no protagonizó grandes gestas públicas, pero sostuvo un hogar cuando más se necesitaba. Su fortaleza no era estruendosa: era diaria, persistente, callada.
Murió a los 80 años como había vivido: trabajando. Falleció mientras limpiaba la pocilga del cerdo (aquel que serviría de alimento para el año tras su sacrificio) en una escena que resume su existencia entera: entrega, responsabilidad y dignidad hasta el último aliento.
La historia de Castora Rubio González apenas la recuerdan ya sus sobrinos nietos, gracias a que fue contada con emoción por quienes la conocieron, la respetaron y la quisieron: sus propios sobrinos. Es la historia de una mujer, que a pesar de sus limitaciones y de las muchas pérdidas que marcaron su entorno, supo sobreponerse a todo y convertirse en pilar de su familia.
Castora no pudo alzar la voz, pero dejó huella. Hay personas que no hacen ruido al pasar por la vida pero sostienen el mundo en silencio. Por eso, su trayectoria nos recuerda que la verdadera fuerza es la que se ejerce así, en silencio.
Su historia no aparece en libros ni en monumentos, pero su vida, como la de tantos otros, constituye el legado de una sociedad rural que se forjó a base de esfuerzo y de personas anónimas como Castora: “la Muda”.
jueves, 1 de enero de 2026
RESUMEN DEL AÑO 2025 EN EL BLOG
Febrero fue un mes especialmente dulce para el blog, ya que se cumplían cinco años desde su creación. Era momento de celebración. Los actos comenzaron con una entrevista, realizada a los pies de la imagen de la Virgen de Gracia y con el retablo central de la iglesia como telón de fondo. La entrevista corrió a cargo de Juan Ignacio Fernández, exquisito reportero local y atento cronista de cuanto acontece en el pueblo.
En marzo abordé la figura de Vicente Navarro Ruiz, maestro nacional, inspector de Educación, miembro del Consejo Provincial de Enseñanza y sindicalista. Le tocó vivir tiempos convulsos de guerra y exilio, que lo llevaron lejos de su tierra natal. Incluso fue confinado en campos de concentración en Francia, de los que logró huir. Finalmente emigró a Uruguay, donde vivió hasta su muerte. https://legadodecarcar.blogspot.com/2025/03/vicente-navarro-ruiz-educador-e.html
Abril permitió elaborar una breve historia sobre una auténtica joya local: la enigmática arqueta nupcial de la iglesia. Enigmática porque se desconoce quién la trajo a Cárcar y en qué momento y circunstancias. Datada entre los siglos XIV y XV, en la actualidad se encuentra eventualmente en Pamplona, formando parte de una exposición en el Archivo de Navarra con motivo de la conmemoración de los 600 años del rey Carlos III el Noble.
Mayo llegó con el artículo titulado ¡A la Virgen de Gracia!, en el que se explicaba en qué consistía la tradicional romería a la ermita en tiempos de nuestros padres. Para ello me apoyé en un texto escrito por don Juan Antonio Díaz de Rada, gran conocedor de las tradiciones del pueblo. Su testimonio resulta tan valioso como impagable, y su lectura es muy recomendable.
En junio el protagonista fue Celestino de Villalón, cantor con voz de tiple y organista, que llegó a Cárcar procedente de Bilbao. Casó con la hija del anterior organista y juntos marcharon a Bilbao, donde Celestino desarrolló su carrera como contralto y posteriormente tenor en la capilla de música de la iglesia de Santiago.
Julio estuvo dedicado al padre Eugenio Sádaba, misionero paúl en Puerto Rico. Fue párroco en Manatí y en San Juan de Puerto Rico, escritor y fundador de la revista Palabra y Vida. Acercó la evangelización a los fieles a través de los medios de comunicación y, en una labor incansable, fundó el Fondo del Pobre para ayudar a los más necesitados de Puerto Rico, Cuba, Haití y República Dominicana.
Tras el paréntesis estival, en septiembre abordé la figura del arquitecto y retablista Adrián Martínez de Puelles. Ya conocíamos la historia de su padre y de su hermano Tomás, pero faltaba un estudio más detallado sobre él. Vivió un tiempo en Lerín, donde trabajó en las obras de la iglesia; posteriormente se instaló en Laguardia. Se trasladó a Samaniego, donde talló la sillería del coro, y más tarde realizó la caja del órgano de la iglesia de Santa María de los Reyes de Laguardia y reformó la sillería del coro.
Octubre estuvo dedicado íntegramente al órgano de la iglesia, un magnífico instrumento construido en 1736 por el gran maestro organero lerinés Joseph de Mañeru. Una pieza única que, sin embargo, permanece obsoleta, ya que su maquinaria no funciona desde hace décadas. El artículo quiso ser un recordatorio del valor patrimonial del instrumento y una llamada a su restauración.
En noviembre, gracias a un documento que llegó a mis manos y que explicaba cómo se llevó a cabo la restauración de la imagen de la Virgen de Gracia, elaboré un artículo para dar a conocer aspectos curiosos del proceso, así como todo lo recopilado sobre la historia de esta talla tan querida y venerada por los carcareses.
Finalmente, diciembre estuvo dedicado a Andrés Mendoza, sociólogo, politólogo y experto en la problemática social y religiosa de los países latinoamericanos. Su figura nos mostró a un personaje humanitario, comprometido, apasionado por las causas justas y profundamente caritativo. Autor de numerosos informes fruto de un exhaustivo trabajo de campo, dejó una honda huella entre quienes tuvieron la fortuna de conocerlo y tratarlo.