sábado, 29 de agosto de 2026

JUAN JOSÉ ARISTIZÁBAL ZUDAIRE, otro organista vasco en Cárcar

Igual que en su día presenté aquí al organista y cantor bilbaíno Celestino Villalón, traigo hoy a Juan José Aristizábal. Porque si bien es verdad que hay personajes que dejan tras de sí una obra visible, hay otros cuya huella es mucho más difícil de encontrar. No tienen monumentos, apenas aparecen en los libros de historia y, con frecuencia, sus nombres solo sobreviven en viejos libros parroquiales, en cuentas de fábrica o en alguna relación de músicos. Sin embargo, también ellos forman parte de nuestra historia local.

Y este también es el caso de Juan José Aristizábal, un músico nacido en Cegama que, durante buena parte de la primera mitad del siglo XIX, desarrolló su profesión como organista en Navarra y estuvo durante años vinculado a Cárcar.


Su nombre aparece recogido en el Diccionario de músicos vascos de Fernando Abaunza, donde se señala que fue organista interino de la parroquia de San Juan Bautista de Estella entre 1826 y 1835 y que posteriormente pasó a ejercer como organista en Cárcar, donde figura documentado en 1841. Sin embargo, estas cronologías no coinciden exactamente con las que ofrece el libro Órganos de Navarra, de Aurelio Sagaseta y Luis Taberna, aunque se acercan mucho, como veremos más adelante.

Además, las investigaciones genealógicas que he desarrollado permiten acercarnos, no solo a una cronología más concreta de su trayectoria, sino también al hombre que se esconde detrás de esa escueta referencia.

De Cegama a Navarra

Juan José Aristizábal habría nacido hacia 1802 en Cegama, localidad guipuzcoana de larga tradición musical. Era hijo de Isidro Antonio Aristizábal Tellería, natural de la misma localidad, y de Casilda Zudaire López de Baquedano, natural de San Martín de Amescoa.

Como tantos músicos de la época, su profesión le llevó a desplazarse fuera de su localidad natal en busca de una plaza donde ejercer. La música religiosa tenía entonces una importancia fundamental en la vida de las parroquias y los organistas constituían una figura de considerable relevancia dentro de ellas.

Según declaró el propio Aristizábal en los documentos relacionados con las oposiciones de Estella, llevaba ya nueve años ejerciendo como organista interino en la iglesia de San Juan Bautista. Esto situaría su llegada a Navarra en torno al año 1823, cuando tendría unos veintiún años.

Llegó soltero, ya que fue precisamente en Estella donde contrajo matrimonio, tres años más tarde, el 27 de febrero de 1826, con Fermina de Beunza y Zabal, natural de Estella. Allí nacieron sus tres primeros hijos: José, en 1827; José Guillermo, en 1829; y María Deogracias, en 1831.

Nueve años después de su llegada a Estella, en 1832, se presentó a las oposiciones para intentar conseguir en propiedad la plaza de organista de San Juan Bautista. Lo hizo junto con otros treinta y cuatro candidatos, aunque finalmente solo diecinueve concurrieron a las pruebas.

Incluso se tomó la licencia de recomendar a uno de los candidatos, el tafallés Ciriaco Gil Caballero, valorando sus cualidades. Aristizábal, por su parte, alegó que llevaba nueve años desempeñando interinamente el cargo y solicitó por ello ser confirmado en él sin necesidad de pasar por las oposiciones.

La respuesta fue que las oposiciones iban a celebrarse, aunque, mientras tanto, se le permitiría continuar desempeñando el puesto. Finalmente, no obtuvo la plaza, que recayó en un tal Luis Frayria, natural de Baños de Ebro, según consta en Órganos de Navarra, de Sagaseta y Taberna.

La llegada a Cárcar

Una vez que Frayria tomó posesión de la organistía de San Juan Bautista de Estella, Aristizábal tuvo que buscar un nuevo destino. Lo encontró en la parroquia de San Miguel de Cárcar.

Para situar a Aristizábal en Cárcar hay que apoyarse en el repertorio de organistas navarros de la época, que lo sitúa en el año 1841. Sin embargo, las partidas familiares permiten adelantar varios años su presencia en la localidad.

Y es que Toribio, su cuarto hijo, fue bautizado en Cárcar el 21 de abril de 1835, por lo que se puede pensar que Aristizábal ya ejercía en esta localidad antes de esa fecha y que su llegada pudo producirse poco después de abandonar la plaza de Estella.

Por lo tanto, su relación con la parroquia carcaresa se prolongó durante varios años, aunque el registro de Abaunza consigne únicamente el año 1841.

Y no es este un dato menor, ya que significa que Aristizábal no fue simplemente un músico que pasó fugazmente por Cárcar, sino que vivió aquí durante años con su familia.

Un órgano de gran categoría

Tampoco había llegado este músico a cualquier parroquia y a pesar de su dilatada experiencia, debió necesitar el correspondiente contrato y la aprobación del cabildo.

Órgano de Cárcar en su estado actual. Foto MRL Oscoz

La iglesia de San Miguel de Cárcar tenía —y tiene, pues todavía se conserva— un magnífico órgano construido en 1736 por Joseph de Mañeru y Ximénez, célebre organero de la escuela de organería de Lerín. La inscripción que lleva el instrumento recuerda a su artífice:

«Joseph Mañeru y Ximénez me fecit en Lerín. Año de 1736».

El órgano, de época barroca y alojado en una caja rococó construida por el maestro local Joseph de Arbizu, constituye una pieza de gran interés dentro del patrimonio musical navarro, al que no deberíamos dejar de prestar atención. 

Cuando Juan José Aristizábal se sentó ante su teclado, por tanto, lo hizo ante un instrumento que ya tenía casi un siglo de historia, concebido por el prestigioso organero lerinés para llenar de música las solemnes celebraciones de la comunidad parroquial.

En aquella época, la figura del organista era, además, mucho más amplia de lo que hoy podríamos imaginar. No se trataba únicamente de tocar el órgano. Estos músicos estaban vinculados a la vida musical de la parroquia, participaban en la formación del coro y tenían entre sus obligaciones la enseñanza musical de los niños y el mantenimiento del servicio litúrgico, como aparece recogido en numerosos contratos. 

La vida de Juan José Aristizábal nos permite contemplar, además, una realidad frecuente entre los organistas de su época: el oficio condicionaba la vida familiar.

Como ya hemos visto en otros casos, la familia se desplazaba allí donde estaba la plaza o el puesto de trabajo del cabeza de familia. Por eso, el nacimiento de los hijos constituye, en este sentido, una especie de mapa involuntario de su trayectoria profesional que puede resultar de gran ayuda cuando falta documentación. Y es por eso que sabemos que Estella vio nacer a sus tres primeros hijos pero en Cárcar nació Toribio, el 16 de abril de1835.

Pronto, sin embargo, la vida familiar del músico dio un giro. Fermina falleció y Juan José quedó viudo, con cuatro hijos a su cargo. Como era habitual en la época, volvió a contraer matrimonio, esta vez con una joven de Lerín llamada María Francisca Gorricho Cemborain, hija de Ángel y Manuela, que se trasladó a vivir con él y los hijos de este a Cárcar.

De este segundo matrimonio nació en Cárcar, en enero de 1839, Manuela Aristizábal Gorricho.

Aún tendría con María Francisca un hijo más, pero este iría a nacer a Lerín, en agosto de 1841, que se llamaría Miguel Felipe.

El nacimiento del pequeño Miguel Felipe en Lerín resulta especialmente sugerente, ya que precisamente en ese año los expertos sitúan a Aristizábal como organista de Cárcar.

Apenas tenía el músico entonces treinta y nueve años y, en principio, toda una vida profesional por delante. Sin embargo, a partir de ese momento se pierde, por ahora, una pista documental suficientemente firme de su labor de organista. 

¿También organista en Lerín?

El hecho de que el último de sus hijos fuera a nacer a Lerín puede resultar desconcertante, ya que 1841 no fue un año cualquiera. Y es que, precisamente ese año, el órgano de Cárcar fue sometido a la última de las dos reformas que sufrió a lo largo de su vida activa, y que corrió a cargo del famoso organero Pedro Roqués. La intervención consistió en incorporar un nuevo registro —la flauta alemana de dos hileras—, acondicionar el interior y poner a punto los secretos y la mecánica del teclado. 


Detalle de la parte del teclado del órgano de Cárcar. Foto: MRL Oscoz

La intervención supondría necesariamente que el instrumento permaneciera algún tiempo en silencio. ¿Pudo aprovechar Aristizábal esta circunstancia para llevar a su esposa a Lerín a que diera a luz en su casa materna, mientras él permanecía en Cárcar pendiente de las obras que se estaban realizando en su instrumento de trabajo? No parece una hipótesis descabellada.

Pero también es plausible que Aristizábal se trasladara a Lerín, ya a mediados de aquel año de 1841, para continuar allí su carrera musical. Este punto toma fuerza en tanto en cuanto el último de sus hijos se casó y se afincó en Lerín junto con la familia que formó.

A pesar de que ambas son posibilidades sugerentes, por ahora, ninguna de las dos posibilidades puede afirmarse con seguridad.

Y es precisamente esta clase de incógnitas la que hace especialmente atractiva la investigación histórica. Sabemos de dónde venía, sabemos dónde ejerció, conocemos los nombres de sus dos esposas y sus hijos y podemos seguir, hasta cierto punto, sus desplazamientos familiares; pero todavía ignoramos dónde terminó sus días y cuál fue exactamente su último destino profesional.

Tampoco sabemos, de momento, si hizo arreglos o compuso obras propias, como cabría esperar de un músico con tantos años de oficio. Quizá documentos posteriores puedan algún día despejar estas incógnitas.

El relevo en Cárcar

Ya he destacado en este blog los nombres de otros organistas que trabajaron en Cárcar antes que Aristizábal: Bernabé Fortún, Manuel de Albéniz, Celestino de Villalón o Esteban de Aranaz.

Después de él la lista continuó con Miguel de Aranaz y Gregorio Ojer —que figura como organista de la parroquia desde 1898 hasta 1950— y que debió ser el último que tuvo el privilegio de tocar este importante órgano barroco.

Después de estos la música del órgano principal dejó de sonar en la parroquia. Alberto Lezáun, Abundio Cipriain y, actualmente, Sonia Mateo, continuaron, pero ya con el armonio, los primeros, y el teclado eléctrico esta última.

Todos ellos han contribuido, y lo siguen haciendo en el caso de Sonia, a dar realce y solemnidad a las celebraciones religiosas de la parroquia (sin dejar de mencionar las guitarras, que en no pocas ocasiones dignifican también la liturgia sagrada).

Con todo esto concluyo que Juan José Aristizábal no fue un caso aislado, sino un eslabón más de una larga cadena de organistas que durante siglos pusieron y siguen poniendo música a la vida religiosa de Cárcar. 

Todavía quedan preguntas por resolver en la historia personal de este organista, pero nunca es tarde para devolverle, después de casi dos siglos, un pequeño espacio en este blog y en la memoria de Cárcar.

MR López Oscoz

Bibliografía y fuentes consultadas

Bibliografía

ABAUNZA MARTÍNEZ, Fernando. Diccionario de músicos vascos. Autoedición, 2017, 419 pp.  

GOYA IRAOLA, Joaquín. Órganos, organeros y organistas. Pamplona: Diputación Foral de Navarra, Temas de Cultura Popular, n.º 61, 1969. 

SAGASETA ARÍZTEGUI, Aurelio; TABERNA TOMPES, Luis. Órganos de Navarra. Pamplona: Gobierno de Navarra, Departamento de Educación y Cultura, Institución Príncipe de Viana, 1985. pag. 128.

Fuentes y recursos digitales 

LÓPEZ OSCOZ, María Rosario. «El órgano de la iglesia de Cárcar: un tesoro mudo». Legado de Cárcar, 28 de octubre de 2025. 

ECHECHIPÍA PARÍS, José Luis. Órganos de Navarra. Sitio web dedicado al patrimonio organístico navarro. 

Fuentes genealógicas

FamilySearch. Registros parroquiales y genealogía de Juan José Aristizábal y Zudaire, su primera esposa, Fermina de Beunza y Zabal, su segunda esposa, Francisca Gorricho Cemborain, y sus hijos. Consulta utilizada para reconstruir los desplazamientos familiares entre Cegama, Estella, Cárcar y Lerín.







lunes, 20 de julio de 2026

CÁRCAR EN 1770: cuando el Estado quiso controlar las cofradías (y hasta las comidas).


En el año 1770, las autoridades de Cárcar, al igual que en el resto de pueblos, recibieron una orden que venía directamente del corazón del poder borbónico: el Consejo de Castilla, presidido por el Conde de Aranda, exigía un informe detallado sobre todas las cofradías y asociaciones que existieran en los distintos pueblos del reino.

No era una simple encuesta. Formaba parte de un ambicioso proyecto reformista de corte ilustrado, impulsado por Carlos III para someter estas hermandades al control del Estado. Se sospechaba de ellas que gastaban demasiado, fomentaban formas de religiosidad consideradas excesivas y, sobre todo, que esquivaban la autoridad real. En definitiva, que gozaban de cierta autonomía.

La respuesta que se dio a la circular se guarda en los archivos. Conjuntamente custodiadas aparecen las que se enviaron desde la comarca de Tierra Estella, en Navarra, y por lo tanto también la de Cárcar. Gracias a esto he podido saber con cierta precisión como funcionaban en este pueblo sus cofradías. Y no sólo eso, también se puede intuir qué es lo que realmente estaba en juego en ese momento. 

El documento-respuesta lo redacta el escribano local, Juan Bernardo Ruíz, y lo firman el alcalde, Joaquín Corroza y Coget, el propietario ganadero Javier Díez de Rada y Juan Joseph Chocarro, que son los que, de entre todos los que se reunieron para el caso, sabían firmar.

Una comunidad organizada en torno a la cofradía

En el texto se enumera primeramente a la Cofradía del Apóstol Santiago el Mayor, que era la más importante de la villa. Contaba con trescientos noventa y nueve miembros —310 hombres y 89 mujeres—, lo que la convertía en una institución central en la vida local.

Así serían más o menos las celebraciones del día del Apóstol Santiago en Cárcar

Sus funciones tenían, por supuesto, su parte religiosa: participar en vísperas y misas, y peregrinar a Santiago de Compostela o enviar a alguien en su lugar, pero también garantizaba algo fundamental: acompañar en la muerte a sus cofrades y encomendarlos tras su fallecimiento. Todos los integrantes se comprometían a asistir a los velatorios, entierros y sufragios, asegurando en acto de hermanamiento que nadie quedara desatendido.

En una sociedad sin estructuras asistenciales como las de ahora, esto convertía a la cofradía en una verdadera red de apoyo.

Su organización la componían: un capellán que los asistía espiritualmente, un “alcalde” que resolvía conflictos internos, y seis mayordomos encargados de la gestión. Era, de algún modo, una pequeña institución autónoma dentro del pueblo.

El detalle que más preocupaba a Madrid: el gasto

El informe del Conde de Aranda insistía especialmente en un aspecto, el dinero. Y más concretamente, en cómo se empleaba.

Y es que las celebraciones de la cofradía comprendían, no solo actos religiosos sino también comidas compartidas: desayunos con pan, queso y vino; refrescos tras los oficios y comidas de hermandad en torno a la festividad de Santiago, con carne, legumbres, fruta y más vino. Todo descrito en el texto con minuciosidad casi contable. 

Descendiendo a los detalles, estos actos consistían en:

-Una reunión anual donde, tras la misa y responso, se elegían los cargos. Seguidamente se ofrecía a los cofrades pan blanco, queso y dos vasos de vino, que, según dice el documento, lo pagaban los mayordomos de su bolsillo. 

-La víspera de Santiago recibían, tras el rezo de vísperas, solo un refresco (dos vasos de vino por cofrade) también a expensas de los mayordomos, marcando el inicio de la fiesta. 

-El día de Santiago, día del Patrón: procesión, misa y sermón; a continuación comida de hermandad que, con la condición de que no tocara en día de vigilia, y solo si era el primer día de carnal, consistía en dos libras de pan blanco, un plato de alubia verde y otro de asadura y sangre de cordero, un cuarto de queso para dos personas y dos o cuatro peras. Aquí cada cofrade pagaba una peseta. 

-Al día siguiente se volvían a reunir para revisar las misas de difuntos y nuevamente tenían comida fraterna: pan, alubia verde, vaca y peras de postre.

-El día 27 tenían una misa de aniversario. A su conclusión se repartía de nuevo pan, queso y vino. En este momento, y solo los hombres, “corrían roscas de pan” como en una especie de juego o parte lúdica, dando así por finalizados los actos santiagueros del año. 

En total, los gastos rondaban los 360 reales, una cantidad nada despreciable, a pesar de que las comidas eran bastante sencillas.

Para el gobierno ilustrado, esto era precisamente el problema. Se consideraba un despilfarro impropio de una institución religiosa. Pero desde la perspectiva local aquellas comidas no eran un lujo innecesario sino una parte esencial de la vida comunitaria, un espacio de encuentro y cohesión social.

Consciente de la posible crítica, el propio documento introduce un matiz clave: estos gastos no figuraban en las ordenanzas oficiales, sino que eran costumbre. Una forma clara de justificar la práctica sin enfrentarse abiertamente a la autoridad.

La Vera Cruz y el inicio del cambio

El informe menciona también otra Cofradía: la de la Vera Cruz, aún más numerosa (650 miembros), pero con un funcionamiento más sencillo.

La devoción a la Vera Cruz se centraría sin duda en este retablo situado en la parte baja de la iglesia de San Miguel de Cárcar. Foto: MRL Oscoz

Al describirla aparece un dato especialmente interesante: desde 1764 se habían eliminado en esta Cofradía ciertos convites festivos por considerarse excesivos. Y no por imposición directa del Estado, sino por decisión de los propios vecinos.

Con esto parece como que quieren mostrar a las autoridades que ellos por sí solos ya habían puesto en marcha ese control de gasto, incluso antes de la intervención oficial. O quizá quisieron añadir ese matiz a la de la Vera Cruz para justificar el exceso con la de Santiago.

Se cita en el documento una tercera cofradía, la del Patriarca San José, que se hallaba en ese momento extinguida, pero que sirve para nuestro conocimiento.

Lo que el documento no dice (pero deja ver)

Más allá de los datos que aporta este informe de 1770, lo que se advierte es que el texto está escrito con mucho cuidado. No es una descripción inocente de la vida local, sino una respuesta a una autoridad que sospechaba de las cofradías. Y de algún modo se nota.

Por ejemplo, cuando los redactores insisten en que ciertos gastos -especialmente las comidas- “no están en constitución ni ordenanza”, están enviando un mensaje claro: no forman parte de la norma oficial, sino de la costumbre. Esto indicaría una forma sutil de protegerse, de evitar que esas prácticas puedan ser prohibidas o sancionadas.

También llama la atención cómo diferencian lo religioso de lo festivo. Las misas, rezos y obligaciones espirituales aparecen como el núcleo legítimo de la cofradía, que lo era. En cambio, las comidas se presentan casi como algo secundario. Sin embargo, la propia extensión y detalle con que se describen revela lo contrario, que eran una parte fundamental de la vida cofrade. Y como la de Santiago es la más expuesta a la crítica del reformismo ilustrado, se intenta demostrar que no es un foco de desorden, sino una institución útil, organizada y necesaria para la comunidad.

Por otro lado, la referencia a la Cofradía de la Vera Cruz introduce un matiz muy significativo: sus antiguos convites habían sido eliminados años antes por considerarse excesivos, máxime cuando no eran para el propio disfrute de los cofrades sino para invitar a las autoridades. No se atribuye esta decisión a ninguna imposición externa, sino a la propia conciencia de los vecinos. El mensaje implícito es claro: el cambio ya está en marcha, no hace falta imponerlo desde fuera.

En conjunto, se podría decir que el texto refleja una negociación silenciosa. Las autoridades locales no se enfrentan así al poder central, pero tampoco renuncian a sus prácticas. Ajustan el discurso, justifican sus costumbres y tratan de presentar estas cofradías como algo compatible con el nuevo orden que se quiere imponer.

Grupo de cofrades o santiagueros de Cárcar celebrando vísperas en los años 80. De izquierda a derecha empezando por atrás: Carmelo López, Esteban Sádaba, Santiago Mendoza, Jesús Mª Piillas (párroco), Urbano Mendoza, Jesús Guillén y Amadeo Sola. 
Fila de adelante, de pie: Benito Mateo, Francisco Urbiola, Adrián Mendoza, Juan Antonio Ruíz, Jesús Mendoza, Anastasio Alcoya, Francisco Roldán, Jacinto Mendoza, Eufrasia Mendoza, Esteban Mendoza y Santiago Urbiola. 
En primer plano: José Mateo (sirviendo el vino), al siguiente sentado no se le ve la cara, y Leonardo Íñigo (en la parte izquierda), Jesús Yoldi y Eulogio Mateo (en la derecha). En el centro de la foto y junto a la mesa: Anita Mateo. 
El autor de la fotografía pudo ser Iluminado Tres, o quizá su hija, y "Vive Cárcar" la publicó en la cuenta de Facebook, Amigos a los que les gusta Cárcar, con fecha 25 de julio de 2025. 

¿Qué cambió realmente?

A pesar de la presión ejercida por el poder central, a la vista está que en Cárcar se mantuvo en el tiempo, al menos, la cofradía de Santiago. Sometida a una vigilancia cada vez mayor, fue reduciendo sus manifestaciones festivas hasta quedar tal y como hoy la conocemos. De modo que la tradición no desapareció… sino que aprendió a adaptarse. Hoy en día el número de cofrades es mucho más reducido, pero continúan la tradición, celebrando vísperas, el rezo, el refrigerio de hermandad y el "correr la rosca", y la fiesta del Santo, al día siguiente, con ánimo elevado, arraigo de continuidad y un entusiasmo a prueba de “Condes de Aranda”. Y que siga.

MARÍA ROSARIO LÓPEZ OSCOZ

Julio 2026

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Documento con la respuesta que se dio desde Cárcar a la circular del año 1770 que se había enviado por orden del Conde de Aranda, en su calidad de Presidente del Consejo del rey Carlos III, a todos los pueblos del Reino. 

(*)“Cumpliendo con la orden dada por el excelentísimo Conde de Aranda, Presidente del Real Consejo de Castilla, debemos informar que en la Villa de Cárcar, de muchos años a esta parte se halla establecida la Cofradía del Apóstol Santiago el Mayor que con las obligaciones de visitar su santa casa de Compostela, o enviar quien la visite a su nombre de cada individuo, trayendo la correspondiente justificación de haber confesado y comulgado en dicha santa casa, la de visitar a luego de su llegada la santa iglesia parroquial y el hospital, la de pagar por una vez tan solamente dieciséis reales y media libra de cera en una vela, que se vuelve por la cofradía cuando muere el cofrade, la de hacer celebrar en el sobre dicho caso en sufragio de su alma por cada año de los que vienen una misa rezada con la limosna de un real, y rezar treinta y tres padrenuestros y avemarías, asistiendo todos al entierro y a velarlo desde que se le administra el Santo Sacramento de la Eucaristía.

Consta la sobre dicha cofradía de trescientas noventa y nueve personas; de ellas trescientas diez hombres y ochenta y nueve mujeres.

Que del fondo de ella se celebra anualmente trece misas y otros tantos responsos en sufragio de las almas de los cofrades difuntos. A que todos están obligados a asistir, lo mismo que a los entierros con una vela que da la misma cofradía.

Que en la Dominica que se celebra la corona del Señor, después de haber asistido todos los cofrades a la misa y responso, congregados todos los hombres trazan el nombramiento de los cargos y servidores de ella, que anualmente se compone de un capellán que celebra las misas de tabla y sirve su año sin más estipendio que el de real y medio de limosna por cada una, un presidente secular con título de alcalde, que decide las disputas que sobre constituciones ocurren, y seis mayordomos que cuidan de la cera en su distribución a las funciones y de que todos asisten a ellas. Concluido dicho acto, por medio de desayuno dan a sus expensas dichos mayordomos a cada uno de los asistentes cofrades media libra de pan blanco, un poco de queso y dos vasos de vino. 

La víspera del Santo Apóstol deben asistir y asisten todos a vísperas y concluidas, con título de refresco dan también los mayordomos a sus expensas dos vasos de vino a cada cofrade. El día del Santo, si no se celebra en vigilia, después de haber asistido todos a la procesión, sermón, que paga el fondo de la Cofradía, misa y vísperas, y si se celebra el primer día de carnal, dan los dichos mayordomos a cada uno de los cofrades que se juntan en un salón, dos libras de pan blanco y un plato de alubia verde, otro plato de asadura y sangre de cordero, un cuarto de queso para dos persona y dos o cuatro peras de postre, todo bien aderezado y compuesto, por lo que reciben dichos mayordomos, de cada uno de los cofrades una peseta.

Al siguiente día, juntos todos en el mismo salón, se pasa lista de todos los cofrades y cada uno presenta al capellán su recibo de misas según los difuntos que en el año ha habido, encomendándolos a Dios cuando se da su nombre; esto concluido, a expensas de los mayordomos se da a casa cofrade libra y media de pan blanco, un plato de alubia verde, media libra de vaca y dos peras de postre, todo también aderezado y compuesto.

Al día inmediato, después que todos asisten a la misa de tabla aniversario y responso, van acompañando al alcalde de la cofradía hasta su casa y puestos con el debido orden, sirven también a sus expensas de los mayordomos, a todos y cada uno de los asistentes cofrades con media libra de pan blanco, un poco de queso y dos o tres vasos de vino. Y después conti solaz para celebrar las funciones a la comida, aquí solo asisten los hombres, que corren roscas de pan con mucha alegría: de manera, que todos los gastos referidos con exclusión de la peseta que cada cofrade paga, ascienden a trescientos sesenta reales, poco más o menos, según el coste de la vaca, pan, vino, alubias y fruta, los que pagan dichos mayordomos con igualdad de sus casas, siendo en todos ellos libres del montante porque a su nombramiento tienen ya servido el cargo de mayordomo; y el capellán, por tal, es igualmente libre, sin que alguno de los expresados gastos sea por constitución ni ordenanza, pues, a las confirmadas últimamente por el ordinario de este obispado no constan que se deban hacer tales ni semejantes gastos.

Así mismo, ai en esta villa e iglesia otra cofradía con título de Vera Cruz en la que se pagan de entrada dos reales; el sufragio consiste en una misa que de su fondo se celebra cuando cada cofrade muere, y a su entierro se llevan dos hachas para alumbrar la efigie de Jesucristo. También se celebran del mismo fondo catorce misas cada año y todas se pagan al capellán con la limosna de un real por cada una. Constando esta cofradía de seiscientos cincuenta cofrades y está aprobada y confirmada por el ordinario hasta el año pasado de mil setecientos sesenta y cuatro y ha sido costumbre en esta dicha villa la de nombrar prior y priora con dos mayorales y seis mujeres para que a beneficio de los allegas que anualmente hacían asistiesen al adorno y luminaria de la Madre de Dios del Rosario.

Con este motivo, en el día primero de Pascua de Resurrección tenían su convite a almorzar a los más distinguidos del pueblo con el que al menos se gastaban cincuenta pesos, que la mitad pagaba el prior y la otra mitad los mayordomos; y al mediodía, no pagando la procesión de la mañana, era costumbre dar comida al Cabildo y demás eclesiásticos, incluyendo en ella a los del Regimiento, y otras personas con que se gastarían unos cien reales. Desde dicho año del sesenta y cuatro no se han tenido tales convites, no por prohibición de juez que pudiera, sino contemplando los particulares su demasiada profusión. Bien que no falta quien por las aliegas asista a la luminaria y adorno de la Madre de Dios, según la costumbre observada.

Sin que en esta villa haya establecidas ni fundadas más cofradías ni hermandades y sedes colegiadas, pues, aunque en tiempos pasados estaba establecida la del Patriarca San José, ha llegado el caso de perderse y no hay más memoria que la que dan algunas personas de avanzada edad.

En cuanto en el particular que se nos manda podemos y debemos informar. Cárcar y noviembre de mi ayuntamiento a trece de mil setecientos y setenta y firmando de su mano los que saben, y en fe de ello el escribano= Joaquín Corroza y Conget (alcalde), Javier Díez de Rada, Juan Joseph Chocarro. Ante mi, el escribano Joseph Bernardo Ruiz”.

*-Documento custodiado en el Archivo Histórico Nacional: Es.28079,AHN//CONSEJOS,7096,Exp 18,N.1




miércoles, 1 de julio de 2026

FRANCISCO GARSO, el afrancesado

Recreación de la imagen hecha por IA

Entre los hijos de Cárcar que abrazaron la vida religiosa, pocos reflejarán las tensiones de su tiempo con tanta claridad como fray Francisco Garso Sádaba.

Hijo de Juan José Garso Gorricho, natural de Lerín, y de María Sádaba Mateo, de Cárcar, nace Francisco en Cárcar el 3 de septiembre de 1758. Formaba parte de una familia numerosa en la que no faltaron las vocaciones religiosas: un hermano mayor, Juan Joseph, fue durante años cura beneficiado en su parroquia de Cárcar, mientras que él ingresó en la orden franciscana de Pamplona.

Convento de San Francisco. Viana. Imagen: Amigos del convento de San Francisco de Viana

Tras su formación, desarrolló una carrera destacada dentro de la orden llegando a ser Guardián del convento franciscano de Viana —cargo equivalente al de prior o abad— y ejerció también como Secretario de su provincia, al menos desde 1806. Su presencia aparece documentada en visitas oficiales a conventos como el de San Esteban de los Olmos (Burgos) en 1807 y 1808, en calidad de Secretario de los Visitadores provinciales.

Sin embargo la trayectoria de fray Francisco Garso no puede entenderse sin el contexto en que le tocó vivir. La invasión napoleónica y la instauración del gobierno de José I Bonaparte supusieron para España una profunda transformación política y religiosa, que afectó, no solo a la paz y a la economía, sino también a la fe y las conciencias. Tanto, que alcanzó incluso a las órdenes religiosas, que fueron suprimidas, sus bienes confiscados y los conventos cerrados a fin de obtener dinero y control. Así, muchos frailes se vieron obligados a secularizarse y otros optaron por la resistencia, o incluso el exilio.

El P. Garso, sin embargo, parece que tomó un camino diferente; d
iversos testimonios lo sitúan entre el reducidísimo grupo de religiosos, que no solo aceptaron el nuevo régimen, sino que simpatizaron con él. Ya en marzo de 1809 viajó a Madrid representando a su convento, para prestar juramento de fidelidad a José I. Sin embargo, no tuvo más remedio que abandonar la orden franciscana, al igual que el resto de religiosos, al ser exclaustrados por este nuevo régimen, pasando a ser sacerdote secular. 

Pero él, por las circunstancias que se siguieron, fue además considerado un “afrancesado”, término que designaba a quienes dieron su apoyo a las reformas introducidas por el gobierno josefino; y en su caso, no parece tratarse de una adaptación forzada a las circunstancias, sino de una cierta afinidad ideológica.

Uno de los episodios más controvertidos de su vida, y que dio pie a esto, tuvo lugar en el convento de Viana. Según recoge el historiador Ignacio Miguéliz, ante la llegada de las tropas francesas, en los conventos trataron de ocultar la plata y otros objetos de valor ya que los "intrusos" se dedicaron a rapiñarlos, con mandato o sin él. 
El sacristán del convento de Viana hizo lo propio y fue detenido por los franceses; este, antes de ser llevado prisionero a Francia habría comunicado al P. Garso (recordad que era el Guardián del convento) el lugar donde había escondido las cosas de valor. Posteriormente, sería el propio Garso quien habría revelado ese escondite a las autoridades francesas. En el proceso judicial que se siguió más tarde, fue esa una carga determinante para alegar que existían “fundados motivos” para sospechar su adhesión a la causa revolucionaria francesa.

Además, su entorno de conocidos tampoco fue ajeno a estas influencias ya que a Garso se le relaciona con figuras como Juan Ángel Latreita, casado con la carcaresa Manuela Mata (la hija del maestro dorador, ya visto en este blog), comerciante en inicio y alto funcionario navarro después, al servicio de la administración josefina y encargado de la gestión de bienes nacionalizados. O con el también carcarés Cristóbal Martínez Monreal, implicado en procesos de desamortización, como igualmente se ha visto aquí en reciente artículo. Asimismo, mantuvo vínculos con personajes destacados del nuevo régimen, como Miguel José de Azanza (virrey de Nuevo Méjico y duque de Santa Fe) o Juan Antonio Llorente, uno de los principales ideólogos del reformismo eclesiástico bajo el corto reinado del Bonaparte, con quien se carteaba.

Gazeta de Madrid nº 53 de 22 de febrero de1812

Mientras el tiempo que duró el reinado de José I esta situación le reportó a Garso algunas prebendas: obtuvo un beneficio presbiteral en su pueblo de Cárcar, un economato en Nájera y un canonicato en la catedral de Tudela; según documento custodiado en el archivo de la Catedral de Tudela, este último nombramiento se formalizó en Madrid en el año 1812 desde el Ministerio de Negocios Eclesiásticos del gobierno josefino, donde aparece firmado por el ya citado Duque de Santa Fe. 

Al parecer todos estos puestos no se creaban para ser ocupados o gestionados, sino para aprovechar las prebendas que les reportaban, ya que, tras la exclaustración, los frailes habían quedado desprotegidos; y a pesar de que se les prometió una pensión económica, ésta no terminaba de llegar. Garso encontró de este modo acomodo y una salida que le permitiera sobrevivir, aún a costa de lo que ello significaba. 

A pesar de que no he encontrado mucha documentación personal sobre él en esas fechas, en 1811 aparece litigando en Pamplona con un francés; el motivo: que le había vendido una caballería y no le había salido buena.

Pero su situación, más o menos holgada, acabó en el año 1814 con la caída del régimen francés.

Restaurado el rey Fernando VII al trono español se iniciaron procesos contra quienes habían colaborado con el gobierno intruso, y Garso fue encausado en el tribunal eclesiástico precisamente por adhesión a ese régimen. Asustado, huyó a Francia en diciembre de ese 1814, quebrantando así las condiciones de su libertad provisional.

Lista de los  huídos a Francia en esa época. Fuente: PARES. Código ES 41091.AGI/18/diversos, 59,N.21 

No obstante, dos años más tarde regresó a España refugiándose en el convento franciscano de Santa Gadea en Burgos, pero en enero de 1818 se le volvió a abrir causa penal desde el Obispado de Pamplona. Y como era de esperar, su huida iba a suponer un agravante de su causa. Esto decía el fiscal: “por delitos de infidencia o adhesión al gobierno intruso durante el tiempo que dominó la España se le formó causa criminal en este Tribunal y quedó pendiente por su fuga al Reyno de Francia, verificada con quebrantamiento de los límites de la libertad que se le concedió vajo de fianzas tan solamente para esta ciudad y sus arrabales y aumentando con tal atentado un nuevo delito que acumulara los demás. El 19 o 20 de diciembre de 1814 se ausentó de Pamplona y se fue a Bayona, de ésta a Dax, después a Gers y otros pueblos del Reyno de Francia donde permaneció hasta el 4 de octubre de 1816, en que regresó a España entrando por Irún a Tolosa y se dirigió al Convento de Recoletos de Santa Gadea de esta provincia de Burgos donde ha existido hasta que con orden superior se presentó en este Convento [San Francisco de Pamplona] donde permanece, añadiendo que la causa de su fuga fue la de verse procesado y temor de sus resultados y por otra parte la vergüenza que padecía viéndose con el vestido de seglar a presencia de sus hermanos religiosos”
De modo que, por este párrafo, conocemos también que para el juicio se le trasladó al restituido convento de franciscanos de Pamplona, que para entonces ya estaba funcionando de nuevo.

Durante el proceso, el P. Garso mostró arrepentimiento y trató de justificar su conducta afirmando que él no celebraba las victorias francesas sino que se limitaba a comentarlas, y que nunca habló contra los españoles. Sin embargo los testimonios apuntaban en otra dirección, señalando incluso su gusto por leer las “gazetas” del gobierno francés y su aparente simpatía por sus reformas. 
 
La sentencia, que se produjo el 17 de abril del año 1818, no fue del todo severa al mostrar el enjuiciado arrepentimiento: “Fallamos (...) en atención al sincero arrepentimiento y sumisión que manifiesta el expresado Fr. Francisco Garso de todos sus extravíos (...) de su errada adhesión al gobierno intruso durante su dominación condenamos al mismo (...) a que en el término de diez días siguientes a la notificación, (...) se dirija vía recta al de Recoletos, sito en la Villa de Santa Gadea en la Provincia de Burgos, a donde se refugió a la vuelta de Francia y permanezca recluso dentro de los claustros de el, por término de un año entero, vajo las ordenes de su Prelado, haciendo en el mismo exercicios espirituales por espacio de diez días, quedando después de cumplido el referido año de reclusión en su libertad y destino a disposición de sus Prelados regulares (...) con tal que sea fuera de este Reyno; y le inhabilitamos para el uso de las licencias de confesar y predicar durante su vida y solamente usará de las de celebrar [misa] después de hechos los indicados exercicios (...)”

Es decir, que se le condenaba a un año de reclusión en el convento de Santa Gadea donde tendría que hacer diez día de ejercicios espirituales, inhabilitación de por vida para predicar y confesar, permitiéndosele únicamente celebrar misa, y una vez cumplida la condena ponerse en manos de sus superiores que le darían destino, siempre fuera de Navarra. 

Asegura San Martín Casí, que de cuatro mil clérigos que había en aquel tiempo en Navarra solo a trece se les procesó y de ellos apenas tres fueron sentenciados (dos condenados y uno amonestado). Si tenemos en cuenta que uno de esos dos condenados fue Francisco Garso, se puede entender la pesar y sufrimiento que le supuso la sentencia. Tal es así que,
 según el mismo autor, morirá al año siguiente (1819), a la edad de sesenta y un años. 

San Martín Casi concluye en su estudio, que tras haber analizado buena parte de los procesos, no se podría concluir que hubiera un clero afrancesado en Navarra como tal, sino "una ínfima minoría de clérigos colaboracionistas e infidentes", entre los que se encontraba precisamente el carcarés. 

La historia de Francisco Garso refleja, no solo la vida de un simple religioso que se adaptó a las tensiones de la época, sino la de un hombre que por convicción o por cálculo tomó partido en uno de los momentos más complejos de la historia de España, quedando su existencia conectada con los grandes conflictos de su tiempo, y dejando tras de sí una biografía marcada por difíciles decisiones que trajeron consecuencias y una memoria que aún hoy invita a la reflexión.

María Rosario López Oscoz

Agradezco la colaboración de Héctor Arratibel y Agustín Garnica, que han consultado en mi lugar en los archivos ciertos datos para el caso. 

Bibliografía: 
-MIQUÉLIZ VALCARLOS Ignacio. Pérdida de las alhajas de plata en la iglesia navarra (ADP, caja 2.073, doc. n.º 12.
-MIRANDA RUBIO Francisco. El clero de la diócesis de Pamplona entre la revolución liberal y la reacción absolutista (1820-1830). 1966. Pagina 293
-ORMAECHEA Ignacio O.F.M. Un Plantel de Seráfica Santidad en las afueras de Burgos - San Esteban de los Olmos (1458-1836). pg. 583.
-SAN MARTÍN CASI Roberto. El Clero Afrancesado en Navarra (1809-18 14) a través de los procesos del Archivo.... 
 -Gazeta de Madrid del sábado 22 de febrero de 1812. Núm. 53. pág.. 209
https://www.navarra.es/home_es/Temas/Turismo+ocio+y+cultura/Archivos/Programas/Archivo+Abierto/Documentos/FRANCISCO-GARSO-contra-JUAN-BAUTISTA-CARTIER_j2pBVuLlYeQx1EAxRR8wow

viernes, 5 de junio de 2026

LA SALVE SECA. Rogativa a la Virgen de Gracia para tiempos de sequía



Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que la vida en Cárcar dependía casi por completo de lo que vinera del cielo.

La tierra, generosa cuando quería, podía volverse áspera y dura tras semanas sin llover. Los campos se agrietaban, las viñas languidecían y el cereal, aún verde, parecía detenerse en su crecimiento, como si esperara una señal que no llegaba. Por eso, en un pueblo eminentemente agrícola como lo es Cárcar, la sequía no era solo una preocupación: era una amenaza real, silenciosa, que se cernía sobre el sustento anual de todas las familias.

Por eso, cuando ya no quedaban medios humanos para remediarlo, quedaba algo más poderoso: la fe.

En esos momentos de incertidumbre los vecinos de Cárcar se reunían en la iglesia, dejando a un lado las faenas del campo, para elevar una súplica común. No era una oración cualquiera, sino una rogativa nacida de la necesidad y repetida generación tras generación, cargada de esperanza y humildad; la llamaron: la Salve Seca y se rezaba tras haber traído además la imagen de la Virgen desde su ermita al pueblo para dirigirle la súplica.

Esta oración sencilla, pero profundamente sentida, suplicaba a la Virgen de Gracia aquello que las nubes les negaba: agua. Pero no cualquier agua, sino “agua con serenidad”, lluvia mansa, constante, beneficiosa, la que empapa sin destruir, la que hace brotar la vida sin traer desgracia.

No sé quién es el autor de esta rogativa, pero arraigó y se convirtió en una súplica colectiva donde se mezclaban el temor y la confianza. En ella se reconocía la fragilidad humana —“No miréis nuestros pecados, mirad la necesidad”— y se apelaba a la misericordia de una Madre protectora, cercana, profundamente arraigada en la identidad del pueblo de Cárcar. Y es que Ella no era solo una advocación religiosa: era parte de la vida de Cárcar. A ella se acudía en momentos difíciles, y también como última esperanza ante un cielo cerrado.

Y tampoco estas rogativas eran gestos aislados. Eran actos comunitarios que reforzaban los lazos entre vecinos, que les recordaba que compartían un mismo destino, una misma dependencia de la naturaleza y una misma fe. En ellas, el pueblo entero hablaba a una sola voz.

Hoy, cuando la tecnología y el conocimiento han cambiado nuestra relación con el entorno, estos versos conservan intacto su valor. No solo como testimonio religioso, sino como reflejo de una forma de vida en la que el ser humano, consciente de sus límites, miraba al cielo con humildad.

La Salve Seca es, en definitiva, mucho más que una oración: es la memoria de un pueblo que supo resistir la incertidumbre con fe y que encontró consuelo en ella.

Por eso he creído necesario recogerla en este blog, porque es también patrimonio de Cárcar. 

Todavía parecen resonar estos versos, esta petición sencilla y universal, nacida del campo y dirigida al cielo: ¡Agua con serenidad!

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SALVE SECA (letra)
¡Virgen Santísima de Gracia,
Vos sois Madre de piedad,
socorrednos con amparo
y agua copiosa enviad!

No miréis nuestros pecados,
mirad la necesidad
que hoy padecen nuestros campos
por la muchas sequedad;

Y pues tenéis tanta gracia,
no nos la queráis negar,
que contritos la pedimos
a tu infinita bondad.

Vuestro soberano Hijo
a Vos nada negará.
no nos dejéis sin consuelo,
Virgen sagrada mirad;

mirad a vuestros devotos 
con ojos de caridad,
no les neguéis esta gracia
que os piden sin cesar.

Y a vos, Jesús, Padre nuestro,
Supremo Rey celestial,
humildes pedimos todos:
¡AGUA CON SERENIDAD!

Que nos libres del demonio,
eso es lo más principal,
y que guardéis nuestras almas
de aquel dragón infernal. 
Amén
 
Y aún existe una segunda salve o rogativa para rezar a la Virgen de Gracia en tiempo de sequía. Su título: Loor a Ti, y dice así:

Virgen de Gracia
Inmaculada,
tus devotos se postran
ante tus plantas.

(estrofa)
Eres Madre querida
nuestro consuelo,
por eso a Ti acudimos,
Reina del cielo.

Nuestros padres piadosos
siempre te honraron,
y Patrona del pueblo
te proclamaron.

Nuestros campos ¡oh, Madre!
se hallan sedientos
y la lluvia pedimos 
con triste acento.
Amén

Según cuenta Arantxa Ruíz, en su crónica del Diario de Navarra del día 7 de marzo de 1989, la última de estas rogativas se inició el 21 de febrero de ese año, y la dirigió el entonces párroco D. Jesús María Pitillas. La Virgen de Gracia fue traída al pueblo sobre las antiguas y pesadas andas a hombros de los fieles en riguroso turno; se le hizo la novena de rogativa y cada día se rezaba, a la vez que se cantaba la Salve Seca con un fervor y una entonación difícil de olvidar. Ángel Ruíz, Gracia Soto, Arancha Mendoza, Carmen Rubio..., y muchos más, todavía recuerdan la cadencia rítmica  y el soniquete de aquella Salve, que quedaría grabada en su memoria para siempre sabedores de que estaban participando en un hecho singular.  Dicen que la fe mueve montañas, y aunque no faltó quien se tomó el acto con cierta mofa, lo cierto es que dos días más tarde, llovió.  

sábado, 16 de mayo de 2026

EL QUE DA, RECIBE

Imagen creada por IA

Hubo un tiempo en el que Cárcar, este pequeño pueblo navarro, miraba al mundo con espíritu misionero. Desde aquí partieron muchos hombres y mujeres que movidos por la fe cruzaron continentes para anunciar el Evangelio en tierras lejanas. Tan lejanas como puede ser Filipinas. Hasta allí se fue el gran teólogo dominico Francisco Marín-Sola, conocido como “el sabio Marín”, en 1897 convirtiéndose en una de las grandes figuras de la teología del siglo XX .

El P. Marín Sola

Siguiendo ese camino misionero llegaron también a Filipinas sus sobrinos, Francisco y Antonio Sádaba Marín (el primero dominico y Antonio agustino recoleto). Mientras tanto, otros muchos hijos de Cárcar lo fueron haciendo por distintos puntos del mapa mundial en distintas épocas.

Los hermanos Sádaba Marín

Hacer un inventario completo de todos ellos sería muy difícil de conseguir, pero, como muestra, pongo esta pequeña lista de misioneros que partieron un día de Cárcar con destinos tan diversos como lejanos:
   • El P. Domingo Antomas, jesuita en Chile 
   • Los padres Mateo Mateo y Eugenio Sádaba, de los Sagrados Corazones el primero, y misionero paúl el segundo, ambos en Puerto Rico 
   • D. Crisóstomo Oses, sacerdote diocesano, en Argentina y Uruguay 
  • El P. Jesús Pardo Ojer, misionero agustino en Brasil, donde entregó su vida heroicamente 
   • El P. Leonardo Pellejero Marín, dominico en Japón 
   • El P. Javier Fortún, jesuita, en la India antes de su ingreso en Leyre como benedictino 
   • El P. Isidro Rubio, dominico en Venezuela 
  • La Hermana Carmen Lorente, que antes de ir a Roma pasó por las misiones de Venezuela y Colombia.
  • Las Hermanas Chalezquér Izal. que pasaron también algunas de ellas por América y África antes de recalar en Roma. 
  • O el P. Francisco Javier Sádaba Guillén, misionero claretiano en Perú. La lista, como digo, es mucho más extensa.

Una geografía espiritual que va de América a Asia y también a África, y que habla de un pequeño pueblo con un corazón grande.

Hoy, sin embargo, la historia ha dado la vuelta.

En un contexto muy distinto, marcado por la escasez de vocaciones en Europa, son ahora las Iglesias jóvenes las que apoyan para sostener la vida parroquial en muchos lugares. Y así, Cárcar —que un día fue tierra que enviaba misioneros— se ha convertido en tierra que los recibe.

El filipino, P. Ken Beleña, actual vicario parroquial de Cárcar

De este modo, ha llegado desde Filipinas el P. Ken Beleña Sumpo, nacido en Tacloban en 1989. Formado en el Seminario Misionero Redemptoris Mater de Pamplona, fue ordenado sacerdote el 23 de junio de 2024 en la propia Catedral Metropolitana. Apenas unos meses después, en septiembre, recibió su primera encomienda pastoral como vicario parroquial de Cárcar —y también de Azagra— junto al párroco César Rueda Merchán.

Su presencia no es solo una respuesta a una necesidad pastoral. Es, en cierto modo, un signo de los tiempos. Un reflejo de cómo la Iglesia, universal por naturaleza, se sostiene en una red invisible de entrega mutua y continua.

Porque en este caso, si antes Cárcar dio misioneros a Filipinas, hoy es Filipinas quien devuelve ese don a Cárcar. Como si se cumpliera, silenciosamente, aquella lógica profunda del Evangelio: "dad y recibiréis".

Y así, entre la memoria de aquellos que partieron y la realidad de quienes hoy llegan, Cárcar sigue siendo —de una forma u otra— tierra de misión. 

Gracias P. Beleña por atender esa llamada.

jueves, 23 de abril de 2026

EL OTRO MARTÍNEZ MONREAL: luces y sombras de una vida

 

Ya está incluida en este blog la vida de Vicente Martínez Monreal; ahora me dispongo a destacar a su hermano Cristóbal, ocho años mayor que aquel.

Imagen de Cristóbal Martínez Monreal creada por IA

Nace Cristóbal en Pamplona y recibe el bautismo en su iglesia de San Juan Bautista el 10 de julio del año 1762; fue inscrito con los nombres de Christóbal Martín Xabier. Era el hijo mayor de Santiago Antonio Martínez Chocarro y Juana Monreal y de Iriarte. El padre era carcarés, de la potente casa local de los Martínez, y se había desplazado a Pamplona a ejercer su oficio de escribano real. Allí se había casado con Juana Monreal. Será Cristóbal el primero de los hijos; después llegaron otros seis más.

De todos ellos solo dos se han dejado ver: Vicente, y ahora Cristóbal. Del primero sabemos que eligió la carrera de medicina y se destacó por traer a Navarra la vacuna contra la viruela y ser médico de cámara del rey Fernando VII, además de desempeñar cargos importantes en el Gobierno de Estado.

Cristóbal, por su parte, se inclinó en un primer momento por las leyes. Estudió Derecho y se licenció como abogado de los Reales Consejos del Reino. Parece ser que ejerció su profesión en Cárcar, el pueblo paterno, ya que estuvo insaculado en la bolsa de alcaldes y regimiento de esta villa, lo que da muestra de su posición y reconocimiento.

Posteriormente descubrió vocación eclesiástica y, tras cursar los estudios pertinentes y recibir las órdenes sagradas, se hizo sacerdote. El hecho de que su padre fuera natural de Cárcar, unido a su estrecha vinculación con el pueblo, le permitió solicitar un beneficio presbiteral en su parroquia, cosa que consiguió. Estos beneficios estaban reservados para los hijos del lugar o para quienes pudieran demostrar derecho hereditario. Como todo cargo, llevaba consigo ciertas obligaciones: residir en el pueblo y atender principalmente el confesionario, dentro de un cabildo parroquial bien nutrido de sacerdotes, donde cada cual tenía su encomienda.

No he podido conocer en qué año comenzó su ministerio en Cárcar, pero para el año 1800, cuando tenía 38 años, solicitó que se le eximiera del mismo. Se intuye que el pueblo de sus antepasados comenzaba a quedársele pequeño o que aspiraba a otros destinos. Pero como no podía abandonar su puesto sin más, y dado que en estos nombramientos intervenía también el gobierno municipal, alegó ante la corporación —teniente, jurado y regimiento de la villa— que:
“en el tiempo qe hace qe lo executa le han concitado muchas desavenencias las quales le han turbado el ánimo y le tienen en un continuo desasosiego qe no le permiten vivir con aqella tranqilidad correspondiente a su estado, y por consiguiente a perder su salud y vida”.


Por todo lo cual solicitó que se le liberase de su carga y se nombrara a otro en su lugar.
La petición fue atendida, dándosele salida el 7 de junio del año 1800, de modo que marchó a Pamplona. Y será precisamente a partir de entonces cuando su figura se vea envuelta, de un modo u otro, en los grandes acontecimientos de su tiempo.

El año 1808 marcó el inicio de la invasión francesa. Cuando José Bonaparte se hizo con el trono de España necesitaba liquidez para sostener la Hacienda Real y recompensar al ejército invasor. Para obtenerla, esquilmó al pueblo español, a las arcas municipales y, de manera especial, a los bienes de la Iglesia.

Se decretó la supresión del clero regular —órdenes monacales, mendicantes y clericales— y la nacionalización de sus bienes. Todo ello dio lugar a un expolio del patrimonio artístico y religioso sin precedentes: tierras, cuadros, libros y objetos litúrgicos fueron incautados, de sus monasterios y conventos, que en muchos casos fueron saqueados, desacralizados o convertidos en cuarteles y establos.

En Navarra, estas disposiciones fueron aplicadas por el virrey, duque de Mahón, en cumplimiento del decreto de José Bonaparte de 18 de agosto de 1809.

Para llevarlas a efecto se recurrió a comisionados de la administración josefina. Entre los afrancesados navarros destacaron figuras como Juan Ángel Latreita (conocido en este blog) y Manuel Antonio de Gomeza, canónigo de la catedral de Pamplona. Pero no bastaban. Fue necesario contar también con sacerdotes seculares.

Monasterio de la Oliva. Foto tomada de la página oficial del monasterio

Fueron pocos los que se prestaron a colaborar. De los cerca de cuatro mil clérigos existentes en Navarra, apenas una veintena se afrancesó. Entre ellos se encontraba Cristóbal, a quien le correspondió intervenir en el monasterio de La Oliva. El 16 de octubre de 1809 tomó posesión del mismo, sustituyendo a Gomeza que se encontraba ausente, inventariando sus bienes y procediendo a su desacralización conforme a las órdenes josefinas.

Mientras Cristóbal se situaba en la órbita de la administración francesa —por convicción, por conveniencia o por adaptación a una realidad impuesta—, su hermano Vicente permanecía junto a Fernando VII, acompañándolo como médico de cámara durante su cautiverio en Valençay.

Terminada la Guerra de la Independencia y restaurado el rey en el trono, se anularon todas las disposiciones josefinas. Se abrieron procesos contra quienes habían colaborado con el régimen, pero en Navarra la mayoría fueron archivados y las condenas fueron escasas. No sería aventurado pensar que la posición del doctor Martínez pudo influir, directa o indirectamente, en la situación de su hermano.

Por otro lado, no debe olvidarse que en muchos casos fueron los propios vecinos y clérigos quienes, adelantándose a las tropas, escondieron bienes para salvar parte del patrimonio. 

Los Martínez eran grandes propietarios en Cárcar. Cristóbal, como primogénito, poseería la casa familiar, que con el tiempo donó a su hermano médico, quien por su parte llegó a reunir varias propiedades en esta localidad.

Casa de los Martínez en Cárcar

No deja de ser significativo, además, que Cristóbal fuera depositario de los títulos de dichas propiedades, lo que abre una hipótesis sugerente: ¿actuó también movido por el deseo de proteger el patrimonio familiar? Es una incógnita que, sin poder resolverse, añade interés a su figura.
Escudo familiar

Lejos de quedar relegado, Cristóbal continuó su carrera eclesiástica y alcanzó relevancia dentro de la Iglesia navarra: fue canónigo de la catedral de Pamplona y llegó a ser arcediano de Usún, una de las dignidades más destacadas del cabildo. Murió en Pamplona en el año 1849, a la edad de 87 años.

Su figura genera interés por estar movido entre dos lealtades —la del rey legítimo y la del nuevo orden impuesto—, entre la convicción, la conveniencia o la necesidad, Cristóbal Martínez Monreal encarna perfectamente la complejidad de un tiempo en el que no siempre fue fácil distinguir entre fidelidad y supervivencia.

Mientras uno de los hermanos permanecía firme junto al monarca cautivo, el otro caminaba por terrenos más inciertos. Y, sin embargo, ambos lograron salir adelante.

Tal vez nunca sepamos con certeza qué movió a Cristóbal en aquellos años decisivos. Pero su trayectoria nos recuerda que la historia no siempre se construye desde posiciones claras y rotundas, sino también desde zonas grises, donde las decisiones humanas —con sus dudas, intereses y circunstancias— dejan una huella más difícil de juzgar, pero no por ello menos real.

MARÍA ROSARIO LÓPEZ OSCOZ

Bibliografía y archivos consultados:
-Archivo parroquial de Cárcar
-BARBASTRO GIL Luis. el episcopado español y el alto clero en la guerra de la independencia (1808-1814).
-LÓPEZ OSCOZ María Rosario. López, retazos de la historia de Lerín y Cárcar a través de un apellido (e.a.). 2017
-MIGUÉLIZ VALCARLOS Ignacio. Pérdida de las alhajas de plata de la Iglesia en Navarra durante la guerra de la Independencia (1808-1814). 
-MIRANDA RUBIO Francisco. Colaboración del clero navarro con los franceses durante la guerra de la Independencia. Revista Príncipe de Viana nº 224. Año 2001. p. 695-717