Ya está incluida en este blog la vida de Vicente Martínez Monreal; ahora me dispongo a destacar a su hermano Cristóbal, ocho años mayor que aquel.
Nace Cristóbal en Pamplona y recibe el bautismo en su iglesia de San Juan Bautista el 10 de julio del año 1762; fue inscrito con los nombres de Christóbal Martín Xabier. Era el hijo mayor de Santiago Antonio Martínez Chocarro y Juana Monreal y de Iriarte. El padre era carcarés, de la potente casa local de los Martínez, y se había desplazado a Pamplona a ejercer su oficio de escribano real. Allí se había casado con Juana Monreal. Será Cristóbal el primero de los hijos; después llegaron otros seis más.
De todos ellos solo dos se han dejado ver: Vicente, y ahora Cristóbal. Del primero sabemos que eligió la carrera de medicina y se destacó por traer a Navarra la vacuna contra la viruela y ser médico de cámara del rey Fernando VII, además de desempeñar cargos importantes en el Gobierno de Estado.
Cristóbal, por su parte, se inclinó en un primer momento por las leyes. Estudió Derecho y se licenció como abogado de los Reales Consejos del Reino. Parece ser que ejerció su profesión en Cárcar, el pueblo paterno, ya que estuvo insaculado en la bolsa de alcaldes y regimiento de esta villa, lo que da muestra de su posición y reconocimiento.
Posteriormente descubrió vocación eclesiástica y, tras cursar los estudios pertinentes y recibir las órdenes sagradas, se hizo sacerdote. El hecho de que su padre fuera natural de Cárcar, unido a su estrecha vinculación con el pueblo, le permitió solicitar un beneficio presbiteral en su parroquia, cosa que consiguió. Estos beneficios estaban reservados para los hijos del lugar o para quienes pudieran demostrar derecho hereditario. Como todo cargo, llevaba consigo ciertas obligaciones: residir en el pueblo y atender principalmente el confesionario, dentro de un cabildo parroquial bien nutrido de sacerdotes, donde cada cual tenía su encomienda.
No he podido conocer en qué año comenzó su ministerio en Cárcar, pero para el año 1800, cuando tenía 38 años, solicitó que se le eximiera del mismo. Se intuye que el pueblo de sus antepasados comenzaba a quedársele pequeño o que aspiraba a otros destinos. Pero como no podía abandonar su puesto sin más, y dado que en estos nombramientos intervenía también el gobierno municipal, alegó ante la corporación —teniente, jurado y regimiento de la villa— que:
“en el tiempo qe hace qe lo executa le han concitado muchas desavenencias las quales le han turbado el ánimo y le tienen en un continuo desasosiego qe no le permiten vivir con aqella tranqilidad correspondiente a su estado, y por consiguiente a perder su salud y vida”.
La petición fue atendida, dándosele salida el 7 de junio del año 1800, de modo que marchó a Pamplona. Y será precisamente a partir de entonces cuando su figura se vea envuelta, de un modo u otro, en los grandes acontecimientos de su tiempo.
El año 1808 marcó el inicio de la invasión francesa. Cuando José Bonaparte se hizo con el trono de España necesitaba liquidez para sostener la Hacienda Real y recompensar al ejército invasor. Para obtenerla, esquilmó al pueblo español, a las arcas municipales y, de manera especial, a los bienes de la Iglesia.
Se decretó la supresión del clero regular —órdenes monacales, mendicantes y clericales— y la nacionalización de sus bienes. Todo ello dio lugar a un expolio del patrimonio artístico y religioso sin precedentes: tierras, cuadros, libros y objetos litúrgicos fueron incautados, de sus monasterios y conventos, que en muchos casos fueron saqueados, desacralizados o convertidos en cuarteles y establos.
En Navarra, estas disposiciones fueron aplicadas por el virrey, duque de Mahón, en cumplimiento del decreto de José Bonaparte de 18 de agosto de 1809.
Para llevarlas a efecto se recurrió a comisionados de la administración josefina. Entre los afrancesados navarros destacaron figuras como Juan Ángel Latreita (conocido en este blog) y Manuel Antonio de Gomeza, canónigo de la catedral de Pamplona. Pero no bastaban. Fue necesario contar también con sacerdotes seculares.
Fueron pocos los que se prestaron a colaborar. De los cerca de cuatro mil clérigos existentes en Navarra, apenas una veintena se afrancesó. Entre ellos se encontraba Cristóbal, a quien le correspondió intervenir en el monasterio de La Oliva. El 16 de octubre de 1809 tomó posesión del mismo, sustituyendo a Gomeza que se encontraba ausente, inventariando sus bienes y procediendo a su desacralización conforme a las órdenes josefinas.
Mientras Cristóbal se situaba en la órbita de la administración francesa —por convicción, por conveniencia o por adaptación a una realidad impuesta—, su hermano Vicente permanecía junto a Fernando VII, acompañándolo como médico de cámara durante su cautiverio en Valençay.
Terminada la Guerra de la Independencia y restaurado el rey en el trono, se anularon todas las disposiciones josefinas. Se abrieron procesos contra quienes habían colaborado con el régimen, pero en Navarra la mayoría fueron archivados y las condenas fueron escasas. No sería aventurado pensar que la posición del doctor Martínez pudo influir, directa o indirectamente, en la situación de su hermano.
Por otro lado, no debe olvidarse que en muchos casos fueron los propios vecinos y clérigos quienes, adelantándose a las tropas, escondieron bienes para salvar parte del patrimonio.
Los Martínez eran grandes propietarios en Cárcar. Cristóbal, como primogénito, poseería la casa familiar, que con el tiempo donó a su hermano médico, quien por su parte llegó a reunir varias propiedades en esta localidad.
No deja de ser significativo, además, que Cristóbal fuera depositario de los títulos de dichas propiedades, lo que abre una hipótesis sugerente: ¿actuó también movido por el deseo de proteger el patrimonio familiar? Es una incógnita que, sin poder resolverse, añade interés a su figura.
Lejos de quedar relegado, Cristóbal continuó su carrera eclesiástica y alcanzó relevancia dentro de la Iglesia navarra: fue canónigo de la catedral de Pamplona y llegó a ser arcediano de Usún, una de las dignidades más destacadas del cabildo. Murió en Pamplona en el año 1849, a la edad de 87 años.
Su figura genera interés por estar movido entre dos lealtades —la del rey legítimo y la del nuevo orden impuesto—, entre la convicción, la conveniencia o la necesidad, Cristóbal Martínez Monreal encarna perfectamente la complejidad de un tiempo en el que no siempre fue fácil distinguir entre fidelidad y supervivencia.
Mientras uno de los hermanos permanecía firme junto al monarca cautivo, el otro caminaba por terrenos más inciertos. Y, sin embargo, ambos lograron salir adelante.
Tal vez nunca sepamos con certeza qué movió a Cristóbal en aquellos años decisivos. Pero su trayectoria nos recuerda que la historia no siempre se construye desde posiciones claras y rotundas, sino también desde zonas grises, donde las decisiones humanas —con sus dudas, intereses y circunstancias— dejan una huella más difícil de juzgar, pero no por ello menos real.
MARÍA ROSARIO LÓPEZ OSCOZ
Bibliografía y archivos consultados:
-Archivo parroquial de Cárcar
-BARBASTRO GIL Luis. el episcopado español y el alto clero en la guerra de la independencia (1808-1814).
-LÓPEZ OSCOZ María Rosario. López, retazos de la historia de Lerín y Cárcar a través de un apellido (e.a.). 2017
-MIGUÉLIZ VALCARLOS Ignacio. Pérdida de las alhajas de plata de la Iglesia en Navarra durante la guerra de la Independencia (1808-1814).
-MIRANDA RUBIO Francisco. Colaboración del clero navarro con los franceses durante la guerra de la Independencia. Revista Príncipe de Viana nº 224. Año 2001. p. 695-717