lunes, 20 de julio de 2026

CÁRCAR EN 1770: cuando el Estado quiso controlar las cofradías (y hasta las comidas).


En el año 1770, las autoridades de Cárcar, al igual que en el resto de pueblos, recibieron una orden que venía directamente del corazón del poder borbónico: el Consejo de Castilla, presidido por el Conde de Aranda, exigía un informe detallado sobre todas las cofradías y asociaciones que existieran en los distintos pueblos del reino.

No era una simple encuesta. Formaba parte de un ambicioso proyecto reformista de corte ilustrado, impulsado por Carlos III para someter estas hermandades al control del Estado. Se sospechaba de ellas que gastaban demasiado, fomentaban formas de religiosidad consideradas excesivas y, sobre todo, que esquivaban la autoridad real. En definitiva, que gozaban de cierta autonomía.

La respuesta que se dio a la circular se guarda en los archivos. Conjuntamente custodiadas aparecen las que se enviaron desde la comarca de Tierra Estella, en Navarra, y por lo tanto también la de Cárcar. Gracias a esto he podido saber con cierta precisión como funcionaban en este pueblo sus cofradías. Y no sólo eso, también se puede intuir qué es lo que realmente estaba en juego en ese momento. 

El documento-respuesta lo redacta el escribano local, Juan Bernardo Ruíz, y lo firman el alcalde, Joaquín Corroza y Coget, el propietario ganadero Javier Díez de Rada y Juan Joseph Chocarro, que son los que, de entre todos los que se reunieron para el caso, sabían firmar.

Una comunidad organizada en torno a la cofradía

En el texto se enumera primeramente a la Cofradía del Apóstol Santiago el Mayor, que era la más importante de la villa. Contaba con trescientos noventa y nueve miembros —310 hombres y 89 mujeres—, lo que la convertía en una institución central en la vida local.

Así serían más o menos las celebraciones del día del Apóstol Santiago en Cárcar

Sus funciones tenían, por supuesto, su parte religiosa: participar en vísperas y misas, y peregrinar a Santiago de Compostela o enviar a alguien en su lugar, pero también garantizaba algo fundamental: acompañar en la muerte a sus cofrades y encomendarlos tras su fallecimiento. Todos los integrantes se comprometían a asistir a los velatorios, entierros y sufragios, asegurando en acto de hermanamiento que nadie quedara desatendido.

En una sociedad sin estructuras asistenciales como las de ahora, esto convertía a la cofradía en una verdadera red de apoyo.

Su organización la componían: un capellán que los asistía espiritualmente, un “alcalde” que resolvía conflictos internos, y seis mayordomos encargados de la gestión. Era, de algún modo, una pequeña institución autónoma dentro del pueblo.

El detalle que más preocupaba a Madrid: el gasto

El informe del Conde de Aranda insistía especialmente en un aspecto, el dinero. Y más concretamente, en cómo se empleaba.

Y es que las celebraciones de la cofradía comprendían, no solo actos religiosos sino también comidas compartidas: desayunos con pan, queso y vino; refrescos tras los oficios y comidas de hermandad en torno a la festividad de Santiago, con carne, legumbres, fruta y más vino. Todo descrito en el texto con minuciosidad casi contable. 

Descendiendo a los detalles, estos actos consistían en:

-Una reunión anual donde, tras la misa y responso, se elegían los cargos. Seguidamente se ofrecía a los cofrades pan blanco, queso y dos vasos de vino, que, según dice el documento, lo pagaban los mayordomos de su bolsillo. 

-La víspera de Santiago recibían, tras el rezo de vísperas, solo un refresco (dos vasos de vino por cofrade) también a expensas de los mayordomos, marcando el inicio de la fiesta. 

-El día de Santiago, día del Patrón: procesión, misa y sermón; a continuación comida de hermandad que, con la condición de que no tocara en día de vigilia, y solo si era el primer día de carnal, consistía en dos libras de pan blanco, un plato de alubia verde y otro de asadura y sangre de cordero, un cuarto de queso para dos personas y dos o cuatro peras. Aquí cada cofrade pagaba una peseta. 

-Al día siguiente se volvían a reunir para revisar las misas de difuntos y nuevamente tenían comida fraterna: pan, alubia verde, vaca y peras de postre.

-El día 27 tenían una misa de aniversario. A su conclusión se repartía de nuevo pan, queso y vino. En este momento, y solo los hombres, “corrían roscas de pan” como en una especie de juego o parte lúdica, dando así por finalizados los actos santiagueros del año. 

En total, los gastos rondaban los 360 reales, una cantidad nada despreciable, a pesar de que las comidas eran bastante sencillas.

Para el gobierno ilustrado, esto era precisamente el problema. Se consideraba un despilfarro impropio de una institución religiosa. Pero desde la perspectiva local aquellas comidas no eran un lujo innecesario sino una parte esencial de la vida comunitaria, un espacio de encuentro y cohesión social.

Consciente de la posible crítica, el propio documento introduce un matiz clave: estos gastos no figuraban en las ordenanzas oficiales, sino que eran costumbre. Una forma clara de justificar la práctica sin enfrentarse abiertamente a la autoridad.

La Vera Cruz y el inicio del cambio

El informe menciona también otra Cofradía: la de la Vera Cruz, aún más numerosa (650 miembros), pero con un funcionamiento más sencillo.

La devoción a la Vera Cruz se centraría sin duda en este retablo situado en la parte baja de la iglesia de San Miguel de Cárcar. Foto: MRL Oscoz

Al describirla aparece un dato especialmente interesante: desde 1764 se habían eliminado en esta Cofradía ciertos convites festivos por considerarse excesivos. Y no por imposición directa del Estado, sino por decisión de los propios vecinos.

Con esto parece como que quieren mostrar a las autoridades que ellos por sí solos ya habían puesto en marcha ese control de gasto, incluso antes de la intervención oficial. O quizá quisieron añadir ese matiz a la de la Vera Cruz para justificar el exceso con la de Santiago.

Se cita en el documento una tercera cofradía, la del Patriarca San José, que se hallaba en ese momento extinguida, pero que sirve para nuestro conocimiento.

Lo que el documento no dice (pero deja ver)

Más allá de los datos que aporta este informe de 1770, lo que se advierte es que el texto está escrito con mucho cuidado. No es una descripción inocente de la vida local, sino una respuesta a una autoridad que sospechaba de las cofradías. Y de algún modo se nota.

Por ejemplo, cuando los redactores insisten en que ciertos gastos -especialmente las comidas- “no están en constitución ni ordenanza”, están enviando un mensaje claro: no forman parte de la norma oficial, sino de la costumbre. Esto indicaría una forma sutil de protegerse, de evitar que esas prácticas puedan ser prohibidas o sancionadas.

También llama la atención cómo diferencian lo religioso de lo festivo. Las misas, rezos y obligaciones espirituales aparecen como el núcleo legítimo de la cofradía, que lo era. En cambio, las comidas se presentan casi como algo secundario. Sin embargo, la propia extensión y detalle con que se describen revela lo contrario, que eran una parte fundamental de la vida cofrade. Y como la de Santiago es la más expuesta a la crítica del reformismo ilustrado, se intenta demostrar que no es un foco de desorden, sino una institución útil, organizada y necesaria para la comunidad.

Por otro lado, la referencia a la Cofradía de la Vera Cruz introduce un matiz muy significativo: sus antiguos convites habían sido eliminados años antes por considerarse excesivos, máxime cuando no eran para el propio disfrute de los cofrades sino para invitar a las autoridades. No se atribuye esta decisión a ninguna imposición externa, sino a la propia conciencia de los vecinos. El mensaje implícito es claro: el cambio ya está en marcha, no hace falta imponerlo desde fuera.

En conjunto, se podría decir que el texto refleja una negociación silenciosa. Las autoridades locales no se enfrentan así al poder central, pero tampoco renuncian a sus prácticas. Ajustan el discurso, justifican sus costumbres y tratan de presentar estas cofradías como algo compatible con el nuevo orden que se quiere imponer.

Grupo de cofrades o santiagueros de Cárcar celebrando vísperas en los años 80. De izquierda a derecha empezando por atrás: Carmelo López, Esteban Sádaba, Santiago Mendoza, Jesús Mª Piillas (párroco), Urbano Mendoza, Jesús Guillén y Amadeo Sola. 
Fila de adelante, de pie: Benito Mateo, Francisco Urbiola, Adrián Mendoza, Juan Antonio Ruíz, Jesús Mendoza, Anastasio Alcoya, Francisco Roldán, Jacinto Mendoza, Eufrasia Mendoza, Esteban Mendoza y Santiago Urbiola. 
En primer plano: José Mateo (sirviendo el vino), al siguiente sentado no se le ve la cara, y Leonardo Íñigo (en la parte izquierda), Jesús Yoldi y Eulogio Mateo (en la derecha). En el centro de la foto y junto a la mesa: Anita Mateo. 
El autor de la fotografía pudo ser Iluminado Tres, o quizá su hija, y "Vive Cárcar" la publicó en la cuenta de Facebook, Amigos a los que les gusta Cárcar, con fecha 25 de julio de 2025. 

¿Qué cambió realmente?

A pesar de la presión ejercida por el poder central, a la vista está que en Cárcar se mantuvo en el tiempo, al menos, la cofradía de Santiago. Sometida a una vigilancia cada vez mayor, fue reduciendo sus manifestaciones festivas hasta quedar tal y como hoy la conocemos. De modo que la tradición no desapareció… sino que aprendió a adaptarse. Hoy en día el número de cofrades es mucho más reducido, pero continúan la tradición, celebrando vísperas, el rezo, el refrigerio de hermandad y el "correr la rosca", y la fiesta del Santo, al día siguiente, con ánimo elevado, arraigo de continuidad y un entusiasmo a prueba de “Condes de Aranda”. Y que siga.

MARÍA ROSARIO LÓPEZ OSCOZ

Julio 2026

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Documento con la respuesta que se dio desde Cárcar a la circular del año 1770 que se había enviado por orden del Conde de Aranda, en su calidad de Presidente del Consejo del rey Carlos III, a todos los pueblos del Reino. 

(*)“Cumpliendo con la orden dada por el excelentísimo Conde de Aranda, Presidente del Real Consejo de Castilla, debemos informar que en la Villa de Cárcar, de muchos años a esta parte se halla establecida la Cofradía del Apóstol Santiago el Mayor que con las obligaciones de visitar su santa casa de Compostela, o enviar quien la visite a su nombre de cada individuo, trayendo la correspondiente justificación de haber confesado y comulgado en dicha santa casa, la de visitar a luego de su llegada la santa iglesia parroquial y el hospital, la de pagar por una vez tan solamente dieciséis reales y media libra de cera en una vela, que se vuelve por la cofradía cuando muere el cofrade, la de hacer celebrar en el sobre dicho caso en sufragio de su alma por cada año de los que vienen una misa rezada con la limosna de un real, y rezar treinta y tres padrenuestros y avemarías, asistiendo todos al entierro y a velarlo desde que se le administra el Santo Sacramento de la Eucaristía.

Consta la sobre dicha cofradía de trescientas noventa y nueve personas; de ellas trescientas diez hombres y ochenta y nueve mujeres.

Que del fondo de ella se celebra anualmente trece misas y otros tantos responsos en sufragio de las almas de los cofrades difuntos. A que todos están obligados a asistir, lo mismo que a los entierros con una vela que da la misma cofradía.

Que en la Dominica que se celebra la corona del Señor, después de haber asistido todos los cofrades a la misa y responso, congregados todos los hombres trazan el nombramiento de los cargos y servidores de ella, que anualmente se compone de un capellán que celebra las misas de tabla y sirve su año sin más estipendio que el de real y medio de limosna por cada una, un presidente secular con título de alcalde, que decide las disputas que sobre constituciones ocurren, y seis mayordomos que cuidan de la cera en su distribución a las funciones y de que todos asisten a ellas. Concluido dicho acto, por medio de desayuno dan a sus expensas dichos mayordomos a cada uno de los asistentes cofrades media libra de pan blanco, un poco de queso y dos vasos de vino. 

La víspera del Santo Apóstol deben asistir y asisten todos a vísperas y concluidas, con título de refresco dan también los mayordomos a sus expensas dos vasos de vino a cada cofrade. El día del Santo, si no se celebra en vigilia, después de haber asistido todos a la procesión, sermón, que paga el fondo de la Cofradía, misa y vísperas, y si se celebra el primer día de carnal, dan los dichos mayordomos a cada uno de los cofrades que se juntan en un salón, dos libras de pan blanco y un plato de alubia verde, otro plato de asadura y sangre de cordero, un cuarto de queso para dos persona y dos o cuatro peras de postre, todo bien aderezado y compuesto, por lo que reciben dichos mayordomos, de cada uno de los cofrades una peseta.

Al siguiente día, juntos todos en el mismo salón, se pasa lista de todos los cofrades y cada uno presenta al capellán su recibo de misas según los difuntos que en el año ha habido, encomendándolos a Dios cuando se da su nombre; esto concluido, a expensas de los mayordomos se da a casa cofrade libra y media de pan blanco, un plato de alubia verde, media libra de vaca y dos peras de postre, todo también aderezado y compuesto.

Al día inmediato, después que todos asisten a la misa de tabla aniversario y responso, van acompañando al alcalde de la cofradía hasta su casa y puestos con el debido orden, sirven también a sus expensas de los mayordomos, a todos y cada uno de los asistentes cofrades con media libra de pan blanco, un poco de queso y dos o tres vasos de vino. Y después conti solaz para celebrar las funciones a la comida, aquí solo asisten los hombres, que corren roscas de pan con mucha alegría: de manera, que todos los gastos referidos con exclusión de la peseta que cada cofrade paga, ascienden a trescientos sesenta reales, poco más o menos, según el coste de la vaca, pan, vino, alubias y fruta, los que pagan dichos mayordomos con igualdad de sus casas, siendo en todos ellos libres del montante porque a su nombramiento tienen ya servido el cargo de mayordomo; y el capellán, por tal, es igualmente libre, sin que alguno de los expresados gastos sea por constitución ni ordenanza, pues, a las confirmadas últimamente por el ordinario de este obispado no constan que se deban hacer tales ni semejantes gastos.

Así mismo, ai en esta villa e iglesia otra cofradía con título de Vera Cruz en la que se pagan de entrada dos reales; el sufragio consiste en una misa que de su fondo se celebra cuando cada cofrade muere, y a su entierro se llevan dos hachas para alumbrar la efigie de Jesucristo. También se celebran del mismo fondo catorce misas cada año y todas se pagan al capellán con la limosna de un real por cada una. Constando esta cofradía de seiscientos cincuenta cofrades y está aprobada y confirmada por el ordinario hasta el año pasado de mil setecientos sesenta y cuatro y ha sido costumbre en esta dicha villa la de nombrar prior y priora con dos mayorales y seis mujeres para que a beneficio de los allegas que anualmente hacían asistiesen al adorno y luminaria de la Madre de Dios del Rosario.

Con este motivo, en el día primero de Pascua de Resurrección tenían su convite a almorzar a los más distinguidos del pueblo con el que al menos se gastaban cincuenta pesos, que la mitad pagaba el prior y la otra mitad los mayordomos; y al mediodía, no pagando la procesión de la mañana, era costumbre dar comida al Cabildo y demás eclesiásticos, incluyendo en ella a los del Regimiento, y otras personas con que se gastarían unos cien reales. Desde dicho año del sesenta y cuatro no se han tenido tales convites, no por prohibición de juez que pudiera, sino contemplando los particulares su demasiada profusión. Bien que no falta quien por las aliegas asista a la luminaria y adorno de la Madre de Dios, según la costumbre observada.

Sin que en esta villa haya establecidas ni fundadas más cofradías ni hermandades y sedes colegiadas, pues, aunque en tiempos pasados estaba establecida la del Patriarca San José, ha llegado el caso de perderse y no hay más memoria que la que dan algunas personas de avanzada edad.

En cuanto en el particular que se nos manda podemos y debemos informar. Cárcar y noviembre de mi ayuntamiento a trece de mil setecientos y setenta y firmando de su mano los que saben, y en fe de ello el escribano= Joaquín Corroza y Conget (alcalde), Javier Díez de Rada, Juan Joseph Chocarro. Ante mi, el escribano Joseph Bernardo Ruiz”.

*-Documento custodiado en el Archivo Histórico Nacional: Es.28079,AHN//CONSEJOS,7096,Exp 18,N.1




miércoles, 1 de julio de 2026

FRANCISCO GARSO, el afrancesado

Recreación de la imagen hecha por IA

Entre los hijos de Cárcar que abrazaron la vida religiosa, pocos reflejarán las tensiones de su tiempo con tanta claridad como fray Francisco Garso Sádaba.

Hijo de Juan José Garso Gorricho, natural de Lerín, y de María Sádaba Mateo, de Cárcar, nace Francisco en Cárcar el 3 de septiembre de 1758. Formaba parte de una familia numerosa en la que no faltaron las vocaciones religiosas: un hermano mayor, Juan Joseph, fue durante años cura beneficiado en su parroquia de Cárcar, mientras que él ingresó en la orden franciscana de Pamplona.

Convento de San Francisco. Viana. Imagen: Amigos del convento de San Francisco de Viana

Tras su formación, desarrolló una carrera destacada dentro de la orden llegando a ser Guardián del convento franciscano de Viana —cargo equivalente al de prior o abad— y ejerció también como Secretario de su provincia, al menos desde 1806. Su presencia aparece documentada en visitas oficiales a conventos como el de San Esteban de los Olmos (Burgos) en 1807 y 1808, en calidad de Secretario de los Visitadores provinciales.

Sin embargo la trayectoria de fray Francisco Garso no puede entenderse sin el contexto en que le tocó vivir. La invasión napoleónica y la instauración del gobierno de José I Bonaparte supusieron para España una profunda transformación política y religiosa, que afectó, no solo a la paz y a la economía, sino también a la fe y las conciencias. Tanto, que alcanzó incluso a las órdenes religiosas, que fueron suprimidas, sus bienes confiscados y los conventos cerrados a fin de obtener dinero y control. Así, muchos frailes se vieron obligados a secularizarse y otros optaron por la resistencia, o incluso el exilio.

El P. Garso, sin embargo, parece que tomó un camino diferente; d
iversos testimonios lo sitúan entre el reducidísimo grupo de religiosos, que no solo aceptaron el nuevo régimen, sino que simpatizaron con él. Ya en marzo de 1809 viajó a Madrid representando a su convento, para prestar juramento de fidelidad a José I. Sin embargo, no tuvo más remedio que abandonar la orden franciscana, al igual que el resto de religiosos, al ser exclaustrados por este nuevo régimen, pasando a ser sacerdote secular. 

Pero él, por las circunstancias que se siguieron, fue además considerado un “afrancesado”, término que designaba a quienes dieron su apoyo a las reformas introducidas por el gobierno josefino; y en su caso, no parece tratarse de una adaptación forzada a las circunstancias, sino de una cierta afinidad ideológica.

Uno de los episodios más controvertidos de su vida, y que dio pie a esto, tuvo lugar en el convento de Viana. Según recoge el historiador Ignacio Miguéliz, ante la llegada de las tropas francesas, en los conventos trataron de ocultar la plata y otros objetos de valor ya que los "intrusos" se dedicaron a rapiñarlos, con mandato o sin él. 
El sacristán del convento de Viana hizo lo propio y fue detenido por los franceses; este, antes de ser llevado prisionero a Francia habría comunicado al P. Garso (recordad que era el Guardián del convento) el lugar donde había escondido las cosas de valor. Posteriormente, sería el propio Garso quien habría revelado ese escondite a las autoridades francesas. En el proceso judicial que se siguió más tarde, fue esa una carga determinante para alegar que existían “fundados motivos” para sospechar su adhesión a la causa revolucionaria francesa.

Además, su entorno de conocidos tampoco fue ajeno a estas influencias ya que a Garso se le relaciona con figuras como Juan Ángel Latreita, casado con la carcaresa Manuela Mata (la hija del maestro dorador, ya visto en este blog), comerciante en inicio y alto funcionario navarro después, al servicio de la administración josefina y encargado de la gestión de bienes nacionalizados. O con el también carcarés Cristóbal Martínez Monreal, implicado en procesos de desamortización, como igualmente se ha visto aquí en reciente artículo. Asimismo, mantuvo vínculos con personajes destacados del nuevo régimen, como Miguel José de Azanza (virrey de Nuevo Méjico y duque de Santa Fe) o Juan Antonio Llorente, uno de los principales ideólogos del reformismo eclesiástico bajo el corto reinado del Bonaparte, con quien se carteaba.

Gazeta de Madrid nº 53 de 22 de febrero de1812

Mientras el tiempo que duró el reinado de José I esta situación le reportó a Garso algunas prebendas: obtuvo un beneficio presbiteral en su pueblo de Cárcar, un economato en Nájera y un canonicato en la catedral de Tudela; según documento custodiado en el archivo de la Catedral de Tudela, este último nombramiento se formalizó en Madrid en el año 1812 desde el Ministerio de Negocios Eclesiásticos del gobierno josefino, donde aparece firmado por el ya citado Duque de Santa Fe. 

Al parecer todos estos puestos no se creaban para ser ocupados o gestionados, sino para aprovechar las prebendas que les reportaban, ya que, tras la exclaustración, los frailes habían quedado desprotegidos; y a pesar de que se les prometió una pensión económica, ésta no terminaba de llegar. Garso encontró de este modo acomodo y una salida que le permitiera sobrevivir, aún a costa de lo que ello significaba. 

A pesar de que no he encontrado mucha documentación personal sobre él en esas fechas, en 1811 aparece litigando en Pamplona con un francés; el motivo: que le había vendido una caballería y no le había salido buena.

Pero su situación, más o menos holgada, acabó en el año 1814 con la caída del régimen francés.

Restaurado el rey Fernando VII al trono español se iniciaron procesos contra quienes habían colaborado con el gobierno intruso, y Garso fue encausado en el tribunal eclesiástico precisamente por adhesión a ese régimen. Asustado, huyó a Francia en diciembre de ese 1814, quebrantando así las condiciones de su libertad provisional.

Lista de los  huídos a Francia en esa época. Fuente: PARES. Código ES 41091.AGI/18/diversos, 59,N.21 

No obstante, dos años más tarde regresó a España refugiándose en el convento franciscano de Santa Gadea en Burgos, pero en enero de 1818 se le volvió a abrir causa penal desde el Obispado de Pamplona. Y como era de esperar, su huida iba a suponer un agravante de su causa. Esto decía el fiscal: “por delitos de infidencia o adhesión al gobierno intruso durante el tiempo que dominó la España se le formó causa criminal en este Tribunal y quedó pendiente por su fuga al Reyno de Francia, verificada con quebrantamiento de los límites de la libertad que se le concedió vajo de fianzas tan solamente para esta ciudad y sus arrabales y aumentando con tal atentado un nuevo delito que acumulara los demás. El 19 o 20 de diciembre de 1814 se ausentó de Pamplona y se fue a Bayona, de ésta a Dax, después a Gers y otros pueblos del Reyno de Francia donde permaneció hasta el 4 de octubre de 1816, en que regresó a España entrando por Irún a Tolosa y se dirigió al Convento de Recoletos de Santa Gadea de esta provincia de Burgos donde ha existido hasta que con orden superior se presentó en este Convento [San Francisco de Pamplona] donde permanece, añadiendo que la causa de su fuga fue la de verse procesado y temor de sus resultados y por otra parte la vergüenza que padecía viéndose con el vestido de seglar a presencia de sus hermanos religiosos”
De modo que, por este párrafo, conocemos también que para el juicio se le trasladó al restituido convento de franciscanos de Pamplona, que para entonces ya estaba funcionando de nuevo.

Durante el proceso, el P. Garso mostró arrepentimiento y trató de justificar su conducta afirmando que él no celebraba las victorias francesas sino que se limitaba a comentarlas, y que nunca habló contra los españoles. Sin embargo los testimonios apuntaban en otra dirección, señalando incluso su gusto por leer las “gazetas” del gobierno francés y su aparente simpatía por sus reformas. 
 
La sentencia, que se produjo el 17 de abril del año 1818, no fue del todo severa al mostrar el enjuiciado arrepentimiento: “Fallamos (...) en atención al sincero arrepentimiento y sumisión que manifiesta el expresado Fr. Francisco Garso de todos sus extravíos (...) de su errada adhesión al gobierno intruso durante su dominación condenamos al mismo (...) a que en el término de diez días siguientes a la notificación, (...) se dirija vía recta al de Recoletos, sito en la Villa de Santa Gadea en la Provincia de Burgos, a donde se refugió a la vuelta de Francia y permanezca recluso dentro de los claustros de el, por término de un año entero, vajo las ordenes de su Prelado, haciendo en el mismo exercicios espirituales por espacio de diez días, quedando después de cumplido el referido año de reclusión en su libertad y destino a disposición de sus Prelados regulares (...) con tal que sea fuera de este Reyno; y le inhabilitamos para el uso de las licencias de confesar y predicar durante su vida y solamente usará de las de celebrar [misa] después de hechos los indicados exercicios (...)”

Es decir, que se le condenaba a un año de reclusión en el convento de Santa Gadea donde tendría que hacer diez día de ejercicios espirituales, inhabilitación de por vida para predicar y confesar, permitiéndosele únicamente celebrar misa, y una vez cumplida la condena ponerse en manos de sus superiores que le darían destino, siempre fuera de Navarra. 

Asegura San Martín Casí, que de cuatro mil clérigos que había en aquel tiempo en Navarra solo a trece se les procesó y de ellos apenas tres fueron sentenciados (dos condenados y uno amonestado). Si tenemos en cuenta que uno de esos dos condenados fue Francisco Garso, se puede entender la pesar y sufrimiento que le supuso la sentencia. Tal es así que,
 según el mismo autor, morirá al año siguiente (1819), a la edad de sesenta y un años. 

San Martín Casi concluye en su estudio, que tras haber analizado buena parte de los procesos, no se podría concluir que hubiera un clero afrancesado en Navarra como tal, sino "una ínfima minoría de clérigos colaboracionistas e infidentes", entre los que se encontraba precisamente el carcarés. 

La historia de Francisco Garso refleja, no solo la vida de un simple religioso que se adaptó a las tensiones de la época, sino la de un hombre que por convicción o por cálculo tomó partido en uno de los momentos más complejos de la historia de España, quedando su existencia conectada con los grandes conflictos de su tiempo, y dejando tras de sí una biografía marcada por difíciles decisiones que trajeron consecuencias y una memoria que aún hoy invita a la reflexión.

María Rosario López Oscoz

Agradezco la colaboración de Héctor Arratibel y Agustín Garnica, que han consultado en mi lugar en los archivos ciertos datos para el caso. 

Bibliografía: 
-MIQUÉLIZ VALCARLOS Ignacio. Pérdida de las alhajas de plata en la iglesia navarra (ADP, caja 2.073, doc. n.º 12.
-MIRANDA RUBIO Francisco. El clero de la diócesis de Pamplona entre la revolución liberal y la reacción absolutista (1820-1830). 1966. Pagina 293
-ORMAECHEA Ignacio O.F.M. Un Plantel de Seráfica Santidad en las afueras de Burgos - San Esteban de los Olmos (1458-1836). pg. 583.
-SAN MARTÍN CASI Roberto. El Clero Afrancesado en Navarra (1809-18 14) a través de los procesos del Archivo.... 
 -Gazeta de Madrid del sábado 22 de febrero de 1812. Núm. 53. pág.. 209
https://www.navarra.es/home_es/Temas/Turismo+ocio+y+cultura/Archivos/Programas/Archivo+Abierto/Documentos/FRANCISCO-GARSO-contra-JUAN-BAUTISTA-CARTIER_j2pBVuLlYeQx1EAxRR8wow