lunes, 11 de abril de 2022

VICENTE MARTÍNEZ, INTRODUCTOR DE LA VACUNA DE LA VIRUELA EN NAVARRA Y MÉDICO PERSONAL DE FERNANDO VII

 




Médico vacunando a niño. Imagen tomada del artículo "Viruela, el ángel de la muerte". lavanguardia.com

Al doctor Vicente Martínez Monreal le habría gustado nacer en Cárcar; lo hizo sin embargo en Pamplona el 23 de enero de 1770 pues su padre, Santiago Antonio Martínez Chocarro, que era carcarés y escribano real, había instalado en Pamplona su notaría y se había casado con Juana de Monreal e Iriarte, una joven natural de Irurozqui de familia de médicos.
 
Vista panorámica de Cárcar. Foto: Pedro Castillo

 Y digo que a Vicente le habría gustado nacer en Cárcar, porque aquí conservó hasta su muerte la hacienda familiar y un total de cuatro casas que mantenía al día de tributaciones, además de pagar religiosamente a la parroquia las misas de aniversarios por sus antepasados. En la documentación que tuvo que aportar años después para ingresar en la Orden de Caballeros de Carlos III, será el propio Vicente quien manifieste sin rubor ser natural de Cárcar: “1819 orden de Carlos III, Expediente de pruebas del caballero de la orden de Carlos III, Vicente Martínez y de Monreal Chocarro e Iriarte, natural de Carcar”. (PARES ES 28079.AHN//ESTADO-CARLOS_III.Exp.1779). 

Edificio adosado a la casa Martínez que en su día formó parte de ella. Cárcar. Foto Charo López

Vicente estudió Medicina en la universidad de Zaragoza donde se licencia. Regresa a Pamplona y su primera experiencia como médico la tiene en el Ejército, seguramente en el período de quintas. A continuación pasa a trabajar en la Comunidad de Capuchinos y en la Casa de los Doctrinos de Pamplona. Los Doctrinos eran los niños expósitos que habían salido de la época de crianza y los recogían en esa casa hasta cumplir los doce años, edad en que tenían que salir para defenderse  ya por su cuenta. Fue muy destacada la actuación de Vicente en favor de este colectivo y que tendría presente hasta el final de sus días. En el año 1791 solicita colegiarse en el Real Colegio de Médicos San Cosme y San Damián del Reino de Navarra, institución de la que más tarde será su Vicepresidente y Diputado. Después será Juez y examinador en su Protomedicato. 
 
Comunidad de Capuchinos. Pamplona. Fuente: hermanoscapuchinos.org

Sin embargo, a lo que Vicente aspiraba era a ocupar plaza en el Hospital General de Pamplona. Los dos primeros tanteos resultaron fallidos. Un primero al quedar vacante la plaza que dejaba su primo Martín de Monreal, que se iba a Valladolid, y una segunda al morir el doctor Miguel José de Munarríz y Gaztelu, su suegro, que tampoco consiguió.
 
Y es que Vicente se había casado en el año 1793, en la iglesia de San Saturnio, con Josefa Gila Munárriz y Atáun, hija del citado doctor Munárriz que desgraciadamente muere muy pronto, no sin antes aportar un hijo al matrimonio, Santiago Pascual Ramón Martínez Munárriz, que nace dos años más tarde, y que presumiblemente muere en fecha muy cercana a la de la madre (quizá ambos por alguna epidemia) pues del niño no hay rastro documental y sí constancia de que para el año siguiente el doctor Martínez era ya viudo. Vicente estaba rodeado de colegas médicos en su familia, tanto por la parte del apellido Monreal, como de los  Munárriz y de los Ataun por la parte de su esposa. En ese año 1795 es admitido por fin en el Hospital General de Pamplona, probablemente ya viudo y sin su hijo.

Portada del antiguo Hospital General de Pamplona
 
VICENTE, UN INFLUYENTE MÉDICO DEL HOSPITAL DE PAMPLONA
Se dice de él que procedía del cuerpo de “médicos puros o médicos físicos”. A partir de su ingreso en el Hospital General de Pamplona, las acciones que realice  serán memorables:

-Fue Demostrador público de Anatomía; en ese campo promovió las disecciones anatómicas, así como la necesidad de hacer reuniones y conferencias quincenales entre médicos y cirujanos del hospital.

-Impulsó diferentes reformas para mejorar la vida de los niños expósitos, tan abundantes entonces como desprotegidos, algo que caló en él hondamente.

 -Se mostró muy preocupado, y así lo manifestaba, por las fiebres que presentaban los enfermos una vez ingresados en el hospital y la morbilidad producida por esta causa, cosa que llevó a estudio.

-Por motivos de salubridad, advirtió en un comunicado al Ayuntamiento de Pamplona de la necesidad de enterrar los cadáveres en cementerios al aire libre, en contraposición a la costumbre de hacerlo en el interior de los templos. Iniciativas todas ellas innovadoras para la época que muestran el espíritu abierto de este médico.
 
PIONERO EN LA VACUNACIÓN CONTRA LA VIRUELA EN NAVARRA
No obstante a esto, por lo que verdaderamente destacó el doctor Martínez fue por ser el pionero en la introducción de la vacuna contra la viruela en Navarra, que le llevó a publicar en el año 1802 uno de los primeros tratados españoles sobre el tema. Esta revolucionario método lo había  descubierto en 1796 el británico Edward Jenner y supuso un hito en la historia de la medicina y la salud pública mundial. El virus de la viruela segaba cada año la vida de miles de personas en el mundo (se calcula que fueron más de mil quinientos millones a lo largo de la historia) y el descubrimiento de Jenner se postulaba como el más eficaz remedio contra este azote, en contraposición a anteriores e insuficientes métodos.  A pesar de esto, como cualquier otra innovación que se precie, en sus inicios contó también con escépticos, pero después de rigurosos estudios y ensayos el doctor Martínez lo implantó y lo impulsó con firmeza.
 
El doctor Jenner vacunando. Foto: Publicada en "Le Petit Journal" en 1901. politicaexterior.com 

Las primeras vacunas que llegaron a España entraron por Cataluña, en diciembre de 1800, para pasar enseguida a la Corte de Madrid. Carlos IV estaba muy interesado en el tema de las viruelas ya que desde generaciones este virus había atacado sin piedad a muchos miembros de la familia real. 
Antes de llegar las primeras vacunas a España, el doctor Martínez se había interesado por medio de sus colegas extranjeros sobre los procedimientos a seguir, por lo que en cuanto supo que ya había llegado a España, volvió a escribir tanto a médicos madrileños como parisinos, pidiéndoles detalles y haciendo hincapié en que se le informara de los resultados que se estaban dando. 

Tras conocer las respuestas de los expertos, no se precipitó en publicar nada que se basara solamente en experimentos ajenos: “Si yo me propusiera reproducir en mi obra todo lo que han escrito sobre esta materia los Físicos extranjeros, adquiriría tal vez una mayor consideración, pero no llenaría, ni mi deseo de ser original, ni el de formar la opinión publica…”; siendo consciente además de que “el pueblo se convence más fácilmente por lo que él mismo ve y experimenta que por las noticias que le vienen de países remotos”. Por eso, venciendo su inicial escepticismo y habiendo estudiado, practicado y concluido en dictamen favorable, “me creí obligado a introducir en mi país nativo una inoculación: que debe prevenir, y aún extinguir si se generaliza, las funestas conseqüencias de las viruelas”. Esto le supuso pasar por toda clase de “zelos, rivalidades e indecentes calumnias a que se expone el Inventor o propagador de una práctica nueva aunque sea de una utilidad incontextable”.

 
Joaquín Javier de Uríz y Lasaga. Fuente: Gran Enciclopedia Navarra

Dos colegas médicos del Hospital Militar, los doctores Bizarrón y Osacar, eran escépticos a la vacuna y se encargaron de poner en contra a la opinión pública. A pesar de las evidencias, “aún hoy día niegan las ventajas que reconoce el mundo sabio en la antigua inoculación”. Sin embargo, el doctor Martínez contaba con el apoyo de la Junta del Hospital General, y el de don Joaquín Javier de Úriz y Lasaga, uno de los principales miembros de la Junta del Hospital además de “ilustrado Eclesiástico, Dignidad de esta Catedral, y declarado protector de las vidas de los Niños Expósitos”. Esto le facilitaba a la hora de recibir autorización para tomar alguno de los niños de la Inclusa para iniciar las primeras vacunaciones. Esta práctica sería hoy en día impensable, pero en aquel momento, y debido a la reticencia de los padres en que se vacunaran sus hijos, utilizaron en todos los casos a estos niños, algo que la comunidad científica, y la humanidad entera no podrá agradecer lo suficiente.  
 
PROCEDIMIENTO QUE SIGUIÓ LA VACUNACIÓN
Para septiembre de 1801 ya le había llegado al doctor Martínez, por mediación de los médicos corresponsales de la Junta de París y Madrid, fluido vacuno, que junto con su colega Mateo López procedió a un primer ensayo en los primeros cuatro niños expósitos que, por diversas causas, no funcionó. De aquellos niños se conocen apenas sus nombres: Ciriaco, Petra, Fermina y Luis, todos ellos de edad de cinco años, salvo el último que tenía solo tres.

                                                           Niño con viruela. Grabado. Foto Nobbot

Tras su viaje a Francia para instruirse, Vicente regresa y enseguida tiene noticias de que en San Sebastián se estaban ya poniendo las primeras vacunas; rápidamente traslada a la Junta una petición insólita: que se le permita viajar a la capital guipuzcoana llevando consigo a dos niños “para vacunarlos brazo a brazo”; la Junta dio su autorización “habiéndola puesto en práctica con el mejor suceso”.

                 
 Vacunación brazo a brazo. Foto: mujeresenlahistoria.com
 
Feliz por el éxito obtenido, es a partir de este momento cuando verdaderamente empieza a extenderse la vacuna en Navarra y así lo confiesa él mismo: “El fluido vacuno conducido por estos niños es el que primero y con más extensión se ha propagado por varios pueblos de este Reyno y otras provincias de la Monarquía, habiendo procurado espontáneamente transmitirlo con preferencia a los pueblos atacados de las viruelas, entre los quales fue la ciudad de Sangüesa la que más llamó mi atención”.

En vista del alcance del experimento, el doctor Martínez envió una nota a la Gaceta de Madrid para dar noticia del hecho y de la acogida que estaba teniendo en Navarra. A la vez de esto, sigue diciendo Martínez: “propusimos López y yo a la Junta del Hospital general que todo el producto de la vacunación fuese aplicado en beneficio de los Niños Expósitos”. La propuesta no se admitió, “pero justifica a lo menos de la nota de interesados con que algunos mal intencionados han tratado de calumniar nuestro zelo”,  doliéndose de este modo y manifestando los afanes y sufrimientos por los que tuvieron que pasar hasta la culminación del proyecto.
 
Todo lo expuesto en el citado Tratado Histórico-Práctico de la Vacuna demuestra que fueron los trabajos y desvelos del doctor Martínez los precursores de un procedimiento que salvó miles de vidas humanas, no solo en Navarra, sino también en otras regiones. Y añade: “no satisfecho mi amor a la humanidad de haber movido estos resortes, solicité la protección de la Ciudad con el doble objeto de propagar la Vacuna en todo el Reyno y de hacer las contrapruebas con mayor solemnidad, y con acuerdo suyo le presenté un plan para realizar ambos fines”.  Para hacer esto efectivo, se le presentó la ocasión gracias a un soldado del Regimiento de África contagiado de viruelas naturales que estaba ingresado en el Hospital Militar. Pasó rápidamente a verlo y enseguida pidió a la Junta del Hospital General que le dejase algunos de los niños vacunados para hacer las contrapruebas. La Junta accedió y “acompañado de todos los Físicos del Hospital, y con asistencia de los del Militar, se practicasen estos ensayos”, cuyos resultados no pudieron ser más óptimos.

Tras todo lo estudiado y practicado sobre la vacuna, el doctor Martínez se decidió ya a escribir; pidió de nuevo datos y observaciones a todos los Físicos Vacunadores navarros para unirlos a los suyos, y con todo ello elaboró el ya nombrado: Tratado Histórico-Práctico de la Vacuna, de cuya introducción me estoy sirviendo ahora para ilustrar este trabajo. Este tratado se imprimió en Madrid en la Imprenta de Benito Cano en el año 1802. Advertía Vicente de que si se hubiera limitado a escribir, basándose solamente en el estudio teórico de la vacunación,  “hubiera sido mi obra tal vez la primera que hubiera salido al público; pero apartando de mi esta idea pueril, me dediqué primero a formar mi opinión”. Retrasar su publicación hizo que algunos se le adelantaran, o fueran a la par; ese mismo año de 1802 un médico de Puente la Reina (Diego de Bances) publicó también su tratado, aunque en vista de esto, se podría deducir que sus estudios se basaron a partir de la recepción de la vacuna que le había proporcionado el Hospital General gestionada por el propio Vicente.

                             
Portada del importante Tratado de la vacuna contra la viruela que el doctor Martínez escribió y publicó en 1802

El párrafo final del discurso al tratado de Martínez Monreal no puede ser más elocuente al señalar sus motivaciones: “He indicado algunos de los trabajos que me he tomado para ser útil a mis paisanos, y si he llegado a lograrlo, me creeré bien recompensado de mis tareas, puesto que el blanco de mis operaciones ha sido toda mi vida el de ser útil a mi patria”.

Discurso preliminar al Tratado Histórico-Práctico de la Vacuna escrito por Vicente Martínez. 

Tampoco la propagación de la vacuna fue sencilla, ya que  será en ese momento cuando verdaderamente empiecen las dificultades para convencer a los padres de que dejen vacunar a sus hijos. El propio Vicente asegura, que en la zona de la Montaña navarra el éxito fue muy notorio, con un porcentaje de vacunación muy elevado, pero no así en los pueblos grandes de la Ribera donde la acogida fue menor: “La desconfianza, el escepticismo y, lo que es peor, la ignorancia, la envidia y la malevolencia, frenan y retardan el desarrollo y la difusión de la vacuna” (Susana Ramírez Martínez "Dos textos didácticos destinados al adoctrinamiento de la población poblana en favor de la vacuna de la viruela").

Es por eso que en el mismo Tratado, el propio Vicente hace un llamamiento, no solo a los padres sino también al clero, consciente de la influencia que estos ejercían en el pueblo llano. Los términos que emplea son de una contundencia y vehemencia que no deja lugar a dudas: «Y vosotros, Ministros respetables del Altar, vosotros, a quienes los conocimientos que exigen las augustas funciones de vuestro Ministerio, os han puesto en estado de conocer mejor que el Pueblo la importancia de esta materia, emplead vuestras luces y ascendiente en el interesante proyecto de conaturalizar un descubrimiento por todos los aspectos de mayor utilidad. Si vuestros avisos particulares no tienen toda la eficacia para este fin, dadles el carácter público y sagrado que os proporciona la primera obligacion de vuestro destino. Aconsejad la Vacuna y predicadla si es preciso» (Tratado de la Vacuna. pp. 113-114).
 
Se calcula que solo en el siglo XX la viruela causó la muerte a más de trescientos millones de personas en el mundo; estos trabajos iniciales supusieron pues un hito que culminó en la total erradicación del virus en el año 1980. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) lo comunicó al mundo con esta contundente declaración: “Declara solemnemente que el mundo y todos sus habitantes han conseguido librarse de la viruela, enfermedad sumamente devastadora que ha asolado en forma epidémica numerosos países desde los tiempos remotos, dejando un rastro de muerte, ceguera y desfiguración, y que hace tan solo un decenio abundaba en África, Asia y América Latina”. (Organización Mundial de la Salud. 8-5-1980)

Cartel de 1980 en que la OMS anunciaba que la viruela estaba erradicada en el mundo.

Por tanto, siendo Navarra uno de las primeras provincias en adoptar esta vacunación y el papel tan trascendente que jugó Vicente Martínez Monreal en su implantación y divulgación, asombra y ruboriza lo poco que se conoce sobre él.


MÉDICO DE PRESTIGIO
Martínez Monreal fue también socio de la Real Academia de Medicina de Pamplona; en el año 1804 fue nombrado médico del Ejército y de la Ciudadela. Una carrera meteórica la suya que no dejará de ir a más. En febrero de 1808 unos tres mil soldados franceses entraron en Pamplona sin encontrar resistencia. A todos ellos se les debía dar acomodo y comida,  también asistencia médica. Estos soldados ocuparon una parte del Hospital y Vicente obtiene permiso para, en sus horas libres, atender a los que estaban enfermos. Sin embargo, será poco el tiempo que emplee en este cometido, ya que enseguida tiene que abandonar Pamplona. 

Seguramente a consecuencia de su fama, es nombrado en Madrid médico de la Cámara Real de Carlos IV, con la tarea de hacerse cargo de la salud de los infantes Antonio Pascual y Carlos. El infante Antonio era hermano del rey Carlos IV, y el infante Carlos no era otro que Carlos María Isidro, hijo de Carlos IV y hermano del que sería Fernando VII, pretendiente al trono a la muerte de este y causante además del surgimiento de la facción carlista que originó la guerra.

Antonio Pascual de Borbón. Foto: biografiasyvidas.com

Carlos María Isidro. Foto: Museo del Prado

 
VICENTE MARTÍNEZ, MÉDICO DE LA CÁMARA REAL
La fama del doctor Martínez Monreal traspasa pues las fronteras del Viejo Reino, pero lo hace en un momento muy delicado. Napoleón se hace con el trono español y saca a Carlos IV y a su esposa de España y los envía a Bayona. Seguidamente hace lo mismo con el príncipe Fernando y los dos infantes citados, que son conducidos también al mismo lugar. Era el día 10 de abril del año 1808.  Una vez en Bayona, Carlos IV firma el tratado por el cual cede a Napoleón la Corona de España; Fernando por su parte, firma también su renuncia a reclamar su derecho y seguidamente es conducido al castillo de Valençay (en la zona central de Francia), junto con su tío y hermano, acompañados de una pequeña corte de servicio; entre ellos iba el doctor Martínez Monreal en calidad de médico. Al propio tiempo empezaba en España la sublevación del pueblo que acabó años más tarde con la expulsión de las tropas francesas de territorio español
 
Grabado. Iglesia tomada como hospital de campaña. Colección particular de la Sociedad de Amigos de Laguardia. 

Fernando VII. Museo Thyssen

DESTIERRO EN VALENÇAY recluidos huéspedes forzados
Al parecer de algunos, la vida en Valençay a donde fueron conducidos no les era demasiado incómoda; Talleyrand, dueño del palacio que los acogió, escribe así a Napoleón: “los recién llegados se encuentran bien acomodados y distraídos ya que tienen todo lo que pueden desear”. Seguramente los forzados inquilinos no opinaban lo mismo ya que se les fueron recortando paulatinamente las asignaciones económicas prometidas, lo que les obligaba a vivir cada vez más austeramente. Mientras tanto, ni la Junta General de España, ni posteriormente la Regencia, reconocieron a José Bonaparte, impuesto por Napoleón, y en varias ocasiones se intentó rescatar a los príncipes de un exilio en el que estaban estrechamente vigilados.

Castillo de Valençay. Fuente: megaconstrucciones.net
 
Poco a poco y en varias remesas, Napoleón fue apartando y privando a los príncipes de sus más leales colaboradores, colocando en su lugar a personal francés de su confianza, que les espiaban en todas y cada una de sus acciones. En marzo de 1809, Fouché, ministro de Policía, hace salir del castillo al grupo más numeroso, un total de treinta y tres personas entre ayudas de cámara y adjuntos. Entre ellos iba el doctor Vicente Martínez, y también el Marqués de Ayerbe. Este último había estado cumpliendo funciones de Mayordomo Mayor Interino.
 

INTENTO DE RESTATE A LOS PRÍNCIPES Y MUERTE DEL MARQUES DE AYERBE
La intención de Napoleón para este grupo que salía de Valençay era obligarles a volver a España con el objeto de que apoyaran al rey, su hermano, bajo amenaza de confiscación de sus bienes. Tras salir de Valençay, dieciocho días estuvieron estos treinta y tres individuos retenidos en la ciudad francesa de Auch antes de pasar a España. Una vez aquí, la mayor parte intentaron no dejarse ver demasiado. La inclinación de algunos de estos leales a Fernando era clara: rescatar como fuera al príncipe y a los infantes. Hasta ese momento las tentativas que se habían llevado a cabo no estaban dando resultado, pero ahora lo iba a propiciar también al marqués de Ayerbe, aquel que había salido de la fortaleza gala junto al doctor Martínez. El plan que ideó resultaba para algunos costoso, algo rocambolesco y arriesgado, por lo que encontró dificultades para conseguir apoyos. Para facilitarlos tuvo que alistarse en el ejército y, poco a poco, fue fraguando el plan. Un barco les esperaría en Nantes y se encargarían de recoger a los príncipes que traería de Valençay. Para ayudarle en este cometido, le asignaron un capitán de infantería llamado José Wanastron. y, disfrazados ambos de arrieros y con el soporte de dos mulas y un guía de la zona, emprendieron el temerario proyecto que les haría recorrer abundantes leguas expuestos a toda clase de peligros. El riesgo se acentuaba al tener que llevar consigo una gran cantidad de dinero necesario para el plan; dinero que por otro lado tanto les estaba costando conseguir. La ruta era llegar a Ezcaray y, de aquí, pasando por Cenicero y Mendavia intentar llegar a Sangüesa para, por el Roncal, atravesar la frontera.
 
Pedro María Jordán de Urríes. Marqués de Ayerbe. Foto: Real Academia de la Historia

En este punto da la sensación de que el recorrido resulta algo forzado, pues una vez en Mendavia van a ir a Cárcar para seguir camino hacia Lerín, cuando lo lógico habría sido tomar otra ruta más corta. Y aquí me surge una pregunta: ¿A su vuelta de Francia, había buscado refugio el doctor Martínez en su casa familiar de Cárcar, y el marqués de Ayerbe lo sabía y por eso buscó pasar expresamente por allí con ánimo de entrevistarse con el médico, y conseguir ya de paso una aportación económica para la causa? De ser esto así la ruta elegida cobraría mayor fundamento. Además, de este modo, Cárcar podría resultar un lugar ideal de pernocte pues la casona de Vicente ofrecía máxima intimidad, ya que disponía de un amplio patio de caballos interior donde poder accionar a discreción, ajenos a miradas perturbadoras.
 
¿Tomaron entonces el marqués de Ayerbe y el capitán Wanastron esa ruta a conciencia? Nada de eso dicen las crónicas, pero lo cierto es que los “falsos arrieros”, enseguida de dejar la muga de Cárcar y adentrarse en la de Lerín, fueron interceptados por dos soldados a la altura del corral de Usón (término de Lerín) que, desconfiados, los asaltaron para después matarles y quitarles todo el dinero que llevaban. El guía logró huir pero este tuvo que ser totalmente ajeno a la identidad y la misión de sus acompañantes. Entonces, ¿quién sabía quienes eran estos personajes camuflados que estaban pasando por esos parajes, y poder construir así después una crónica tan precisa como la que se hizo? Porque si se supone que iban camuflados, bien pudieron haber pasado estos hechos totalmente desapercibidos, máxime en tiempos de guerra. Y es complicado que se relatara esta crónica salvo que alguien muy próximo al lugar, y conocedor de todo el entramado, pudiera después haberlo contado; y ese alguien pudo ser perfectamente el doctor Martínez. Las noticias en los pueblos corren rápido y pronto pudo este ser conocedor del suceso y sospechar enseguida de que los dos desgraciados "arrieros" asesinados eran el marques y el oficial que le acompañaba. Incluso pudo acudir sin demora al lugar de los hechos y dar cuenta más tarde del suceso relatándolo con todo lujo de detalles, máxime por su condición de médico.  Sea como fuere, la torre de la iglesia de Cárcar  fue en esa triste tarde la última imagen que el marqués de Ayerbe pudo ver allá en la lejanía antes de morir, y el auxilio en tan trágicos momentos de un amigo, el anhelo de salvación que no llegó.

Monumento al Marqués de Ayerbe en Lerín. Foto: Charo López. Texto de la lápida, casi ilegible por el paso del tiempo: "El S. D. Pedro María Jordan de Urríes marqués de Ayerbe y el capitán José María Wanastron, comisionados de S.M.D. Fernando 7 para liberarlo de su cautiverio en Valençay. Cuando iban a verificarlo fueron en este sitio asesinados el día primero de octubre del año 1810 a media tarde, por una partida armada del exercito que los buscaba con este intento. Sus cenizas fueron trasladadas a Zaragoza en 1813 y el actual marqués del mismo título, hijo primogénito del finado marqués, le consagra este fúnebre monumento". 


SE RESTAURA LA MONARQUIA Y EL DOCTOR MARTÍNEZ ES RECOMPENSADO
Nunca pues se consiguió liberar a Fernando de su destierro en Valençay por estos medios; mientras tanto en España la guerra seguía su curso. El ejército español derrota a los franceses que son expulsados junto a José Bonaparte, el “rey intruso”. Llegados a este punto, Napoleón firma con el príncipe Femando el llamado Tratado de Valençay reconociéndole como rey de España. Era finales del año 1813.   En mayo del año siguiente llega Fernando VII triunfante a España y restaura la monarquía de los borbones. El monarca se apoya entonces en sus más cercanos, y gratifica especialmente a los que le habían sido fieles durante su cautiverio. 

En agosto de 1814 crea expresamente para este grupo la Orden de la Fidelidad en Valençay, una distinción que el doctor Martínez recibió junto a aquel reducido grupo. Este título, en contraposición al carácter general del resto de órdenes, en los que el número de miembros aumenta paulatinamente, menguaría conforme sus miembros se fueran muriendo, hasta llegar a desaparecer con el último de sus exponentes. Los motivos que aduce el decreto del día 23 de agosto de ese 1814 no pueden ser más explícitos: “por los muchos trabajos y tribulaciones de toda especie a que han estado expuestos y sus privaciones y el doloroso estado de sus desamparadas familias” (…) “la confianza que me han merecido y los singulares servicios que me han hecho procurando mi alivio y el de mis amados hermano y tío, los infantes don Carlos y don Antonio, compañeros inseparables míos, en mis desgracias (…). En el deseo de perpetuar el horror a un acontecimiento que siempre será mirado con sorpresa, ha venido en establecer una condecoración con el título de la Lealtad en Valençay para que trasmita a la posteridad ese inaudito suceso y al mismo tiempo para que sirva de testimonio a la declarada fidelidad de los referidos mi vasallos para los cuales exclusivamente se instituye y los que únicamente podrán usar el distintivo que tengo determinado”. Y lo firma el rey el día 23 de agosto del año 1814 (Real Decreto1814)


Medalla a los sufrimientos por la Patria. 

El doctor Martínez fue distinguido también con otras cruces: la Cruz por los Sufrimientos por la Patria, la de los Prisioneros Civiles por la Patria, la de la Flor de Lis de Luis XVIII y algunas otras más que expresa el doble etcétera de los documentos de la época, y que de momento no he podido desentrañar. Todas ellas colgarían de su vestimenta en fiestas, recepciones y en cuantas ocasiones lo exigiera el protocolo.  

A partir de este momento, Vicente adquiriere aún mayor relevancia como médico, y pasa a asumir abundantes cargos políticos relacionados todos ellos con la Medicina. Al proclamarse Fernando VII rey España, recupera todo lo que las Cortes de Cádiz de 1812 habían suprimido y vuelve al régimen anterior. En septiembre de 1814 restablece las Reales Juntas Gubernativas de Medicina, Cirugía y Farmacia, tal y como estaban en 1808. En ese año Vicente ya consta miembro de dicha junta como segundo médico de Cámara.
 
VICENTE CONTRAE SEGUNDAS NUPCIAS  Y OCUPA MAS CARGOS IMPORTANTES
El doctor Martínez continuaba estando viudo pero viendo que la situación política se estabilizaba decide casarse de nuevo. En el encierro de Valençay había entablado amistad con el tesorero particular del infante Antonio Pascual, ya que ambos estaban a su servicio. Este señor se llamaba Felipe Baños Oyarzabal y tenía una hija llamada Petra Prisca Baños Navarrete. Ella era mucho más joven que él, veintiún años les separaban, pero al parecer eso no fue obstáculo para  entrar en relaciones. Es probable que dada la amistad existente entre el médico y Felipe Baños la pareja se hubiera conocido antes de la boda, pero también cabe que el enlace se concertara sin previo conocimiento físico de ambos. La boda tuvo lugar en Madrid en septiembre de 1815. Él tenía 45 años y ella 24. Dos años más tarde nacerá Pedro, el primero de los hijos. 

Guía Político y Militar del año 1821

En noviembre de 1818 Vicente asciende al  primer puesto como médico de la Cámara Real de sus Majestades y sus Altezas Reales, y enseguida es nombrado Presidente de la Junta Superior de Medicina  y de las Reales Juntas Gubernativas de Medicina Cirugía y Farmacia. Representando la especialidad de cirugía estaba también Francisco Javier de Balmis, el médico español que dirigió en 1803 la llamada Expedición Filantrópica de la Vacuna, que se encargó de llevar la vacuna contra la viruela a América, por lo que Balmis y Martínez Monreal, además de colegas y coetáneos, mantenían también contacto profesional. 

En diciembre de ese año de 1818, el rey nombra a Vicente Consejero de la Real Hacienda, y, a un tiempo, Presidente de la Real Academia Médica Matritense (equivalente a la actual Real Academia de Medicina). Para el año 1820 será ya el Decano de las Reales Juntas Gubernativas de Medicina.
 
Ibidem.

Para más abundamiento, Martínez se encargará de presidir el Tribunal de Exámenes de la Real Academia Médica de Madrid, y será a su vez Director del Real Estudio de Medicina Práctica. Por si esto fuera poco, también será nombrado Inspector de los Baños y Aguas Minerales del Reino. ¡Cuántos honores se han acumulado sobre la cabeza de este médico famoso!, dirá entonces maliciosamente un médico francés, inventor de una máquina de baños de vapor y al que no gustó el escaso interés que este artilugio despertó en el doctor Martínez.
 
Ibidem. 

Grabado de Alejandro Blanco, grabador de Cámara y dibujado por José Ribelles, pintor y dibujante. Fuente: Guía Político y Militar de 1821

                                                
CABALLERO DE LA ORDEN DE CARLOS III
                                
Fernando VII. Grabado realizado por Rafael Esteve, grabador de Cámara y pintado por Francisco Lácoma. Guía Político y Militar de 1821

María Josefa Amalia de Sajonia, tercera esposa de Fernando VII


Con motivo del matrimonio de rey con su tercera esposa, María Josefa Amalia de Sajonia, celebrado el 20 de octubre de 1819, concedió el monarca nuevas gracias que iban también a beneficiar al doctor Martínez: “Digo que el Rey nuestro Señor que Dios guarde, se ha dignado agraciarle con la Real y distinguida Orden Española de Carlos Tercero”.

Esta orden nobiliaria, creada por Carlos III, abuelo del rey, aglutinaba a caballeros distinguidos del cuerpo colegiado de la nobleza de Madrid; es decir, la flor y nata de la nobleza española, por lo que no se accedía a dicha élite de cualquier modo, y así se lo expresaban: “Para condecorarse con ella necesita hacer las pruebas correspondientes de nobleza, cristiandad, buenas costumbres, legitimidad y limpieza de sangre y oficios por sí, sus padres, abuelos y bisabuelos paternos y maternos en primera y segunda línea”. A Vicente no le iba a resultar difícil demostrar su ascendencia noble ya que los Martínez de la villa de Cárcar habían defendido su hidalguía y la habían ganado en juicio contradictorio en el año 1517, "y en cuya iglesia parroquial tenían su capilla con sus armas e insignias según uso, fuero y costumbre de las casas nobles de dicho reino" (Nobiliarios de los reino y señoríos de España. Francisco Piferrer. Vol.5. 1859). 

                        
Cruz  de Caballeros de la Orden de Carlos III. Foto: Wikipedia

Pero para tramitarlo estaba todo el engorroso papeleo que necesitaba presentar, por lo que delega en otros ese cometido: “Por tanto, no permitiéndosele sus muchas ocupaciones dedicarse por sí mismo a la práctica de las diligencias conducentes, otorga todo su poder cumplido y tan bastante como legítimamente se requiere a don José López Bailo, vecino de la villa de Cárcar en Navarra, para que en su nombre y representando su propia persona las lleve a cabo”. José López Bailo era un carcarés, también hidalgo, que vivía en la casa armera de la Plazuela (plaza Marín Sola), aquella donde más tarde moriría (contagiada precisamente de viruelas) la hija del general Zumalacárregui que tan explícitamente se ha relatado ya su vida en uno de los post de este blog.
 
Fachada de la Casa Martínez con la piedra armera. Cárcar

Pone pues López Bailo en marcha toda la maquinaria burocrática local. Para llevarla a cabo, convoca al alcalde, juez, párroco y testigos correspondientes, que legalizaría a un tiempo el escribano, licenciado José Corroza. Cada uno de los testigos aseguran conocer a Vicente y a toda su familia: “dice que desde sus primeros años conoció y trató al S. D. Vicente Martínez de Monreal hasta el de 1808 en que pasó a Francia de primer médico de cámara del Rey Nuestro Señor, y sabe que es natural de esta villa, hijo legítimo y natural de…” y siguen diciendo, que tanto Vicente como su hermano Cristóbal “poseen una casa heredada de su padre Santiago y otra de su madre Juana, y se hallan de tiempo que no alcanza la memoria, y sobre las portadas principales sus respectivos escudos de armas e insignias de noblez por sus dos apellidos de Martínez y de Monreal, una en la calle Mayor, de su padre y la otra en la calle Costanilla (Ontanilla?) de su madre”. Tras unir López Bailo toda la documentación, que incluía partidas de nacimiento, matrimonio y testamentos, la envía al doctor Martínez que presenta junto con las consiguientes verificaciones y que culminarán con el visto bueno del Consejo de la Orden.  

 
Firmas y aprobación final como Caballero de la Orden de Carlos III. Portal de Archivos Españoles. ES. 28079.AHN//ESTADO-CARLOS_III. Exp. 1779

Llama bastante la atención algunos errores notables que se cometen en la documentación. Diego Martínez, un antepasado de Vicente por la línea de Cárcar, había sido inquisidor y gobernador del Condado de Lerín, y era cierto que su padre, abuelos y bisabuelos habían estado insaculados en la bolsa de alcaldes y regidores de la villa de Cárcar, y que en su casa de la calle Mayor lucía sobre su fachada (y todavía luce) el escudo de armas de Martínez, "formado en piedra con los lobos andantes, y a suyo pie consta una inscripción en mayúsculas que dice MARTINEZ". Todo eso era cierto, y que todos sus antepasados por línea paterna eran nacidos en Cárcar, pero él había nacido en Pamplona, y los individuos de la familia materna tampoco eran naturales de Cárcar. A pesar de la veracidad de la mayor parte de la documentación, estos errores inducen a pensar que ésta no iba a ser contrastada y que el tiempo apremiaba. Así que, completada y presentada la documentación, el día 20 de octubre del año 1819 Vicente pasa a ser nombrado Caballero Supernumerario de la prestigiosa Orden de Caballeros de Carlos III.
 
Fernando VII con la indumentaria de la Orden de Carlos III. Foto: mis museos

Mucho prestigio fue acumulando este médico en tan complicados y turbulentos años en los que vivió; aunque, por otro lado y visto lo visto, tampoco le debieron faltar méritos. Además, atender la salud de un rey tan complicado como Fernando VII tampoco debió ser nada fácil. Y no hay que olvidar que durante todo ese tiempo el doctor Martínez fue también la máxima autoridad de la Medicina en España, y que sobre sus espaldas recaía no poca responsabilidad en ese campo.
 
JUBILACIÓN DEL DOCTOR MARTÍNEZ
En el año 1820 y tras anteriores intentos de sublevación por parte de algunos generales para derrocar al rey, y los movimientos políticos de las facciones liberales que no cesaban, el marco general empezó a cambiar y el rey se vio obligado a firmar la Constitución de 1812 en lo que se dio en llamar el Trienio Liberal. Tal vez por la edad, pero más probablemente por esos tiempos convulsos que se vivían en la capital, el caso es que en 1821, ostentando Vicente en ese momento todavía los cargos de Presidente de la Academia Médica de Madrid, Director del Estudio Nacional de Medicina Práctica y Presidente de la Suprema Junta de Gobierno del Colegio de Medicina de Madrid, además de como primer médico de la Cámara Real de sus Majestades y Altezas Reales, solicita su jubilación. El expediente se tramitará entre ese año y el siguiente, por lo que para el año 1822 irá poco a poco cesando de todos sus cargos, quedando solo con el de Consejero Honorario del Consejo de Hacienda. 

Tras consumarse el papeleo burocrático de la jubilación, se traslada a vivir con su mujer y su hijo a un lugar tan alejado de la Corte como es Hernani, un pueblo de la provincia de Guipúzcoa que se encuentra situado a escasos cinco kilómetros de San Sebastián; allí nacerá en el año 1827 su segundo hijo, Manuel. Vicente tenía entonces ya cincuenta y siete años.
 
Fernando VII firma la constitución de Cádiz. Foto: Archivo Zabala. Política y vida cotidiana. Pag. 31

Apartado de los vapores e intrigas palaciegas seguiría desde la lejanía las zozobras y acontecimientos que se fueron sucedieron tras su marcha. Fernando VII retoma el poder gracias a la colaboración del ejército francés que entra en España con los llamados Cien Mil Hijos de San Luis, por lo que en 1823 acaba el Trienio Liberal y se restaura de nuevo el régimen absolutista. Tras esta acción, las represalias que se  llevaron a cabo las conoció si acaso Vicente de oídas desde la serenidad de su retiro en Hernani. La noticia de la muerte de Fernando VII, en el año 1833, le debió de afectar también de algún modo, siquiera por la cercanía que mantuvo con el monarca en otro tiempo. Pocos como Vicente conocieron realmente como había sido aquel rey: sus intimidades, su carácter, sus miedos y debilidades, sus cambios de humor que contrastaban con su campechanía a veces, que cautivó a unos, hasta el punto de llamarlo "el deseado", e irritó tremendamente a otros, hasta denominarlo sin tapujos felón, traidor, manipulador y mentiroso.

La guerra por la sucesión al trono que se inició tras la muerte del monarca tampoco dejaría indiferente a Vicente, ya que también del Pretendiente Carlos conocía sus entresijos. Unos años en lo más alto de la picota de la Corte que habían ya quedado atrás. Todos estos puntos le debieron servir de reflexión a la hora de hacer balance recordando los tiempos de su vida palaciega. 
 
Mientras el tiempo que duró la guerra carlista, y siendo las Vascongadas especial zona de conflicto, se alejaría Vicente con su familia de su residencia de Hernani y buscaría seguridad en la casa que poseía en Bayona. En tiempos de paz, en cambio, su acontecer diario lo alternaría con más serenidad entre una y otra. En Bayona, además de la casa, mantenía también ciertos títulos crediticios que le permitirían vivir su retiro con holgura.  

Del servicio doméstico de su casa se hacían cargo dos jóvenes, las hermanas Alzueta, que procedían del pueblo francés de Ciboure, en los Pirineos Atlánticos. Estas mujeres atendieron a la familia Martínez-Baños y cuidaron especialmente de Vicente hasta su muerte, y a las que este recompensaba generosamente en su legado testamentario, como lo hizo también con la hija de la nodriza de su hijo menor, caso de que casara en el futuro.
 
ULTIMA ETAPA Y VOLUNTADES TESTAMENTARIAS
Vicente mantenía con especial apego su patrimonio de Cárcar “mis cuatro casas y hacienda que poseo en la villa de Cárcar (Navarra)” que había incrementado con el tiempo al menos con dos casa más.

Dada la inestabilidad política de aquellos años, y con objeto de salvaguardar su patrimonio, había dejado en custodia a diferentes personas los títulos de sus posesiones. Los de de Cárcar se los guardaba su hermano Cristóbal, Arcediano de Usún en la Catedral de Pamplona, con quien mantenía estrecha relación. 

A lo largo de su vida y especialmente en su última etapa, Vicente se desplazaría con asiduidad a verle; y  también a Cárcar, el pueblo de sus antepasados, para actualizar las cuentas con su administrador. Seguramente en su primera época de médico en Pamplona, y mientras los años en que Cristóbal fue presbítero en Cárcar, visitaría este pueblo aún con más frecuencia. Cristóbal, tras ejercer unos años en este pueblo como sacerdote, pidió el traslado a Pamplona donde promocionó y vivió todo el jaleo de la guerra, involucrándose quizá demasiado en la causa francesa, cosa que le pudo acarrear a Vicente más de un disgusto.
 
Modo de viajar en la época. Foto: Archivo Zabala. Política y Vida Cotidiana. Pag. 72

Madrid siguió estando en las expectativas del médico, pero ya por otros motivos; mantenía propiedades inmobiliarias en las calles Milaneses y Caballero de Gracia. Aún así, en el año 1836 compró también una casa en gananciales en la calle De Silva, por un valor de veinticinco mil duros, quizá con ánimo de que la ocupara Manuel, su hijo pequeño, mientras su período de formación. Era su deseo y así lo dejó escrito que fuera su tutor Vicente Asuero y Sáez de Cortázar. Este era un afamado médico de la época, catedrático de la Universidad Central y posteriormente médico de Isabel II.
 
Vicente Asuero. Retrato de Eduardo Rosales en 1871. Fuente Wikipedia

Un buen día, sintiéndose enfermo y próximo a morir, Vicente se dispuso a escribir su testamento, que selló después con seis lacres encarnados, legalizándolo más tarde ante el notario y los testigos correspondientes. Empezó a redactarlo, declarando su creencia en la fe católica en la que había vivido y deseaba morir. Enseguida le vinieron a la mente los niños expósitos, aquellos por los que se había desvivido en su primera época de médico y a los que nunca había olvidado. En ese momento se sintió más cerca de ellos que nunca. Así que pensó que para el momento de su muerte no quería  para sí tratamientos de privilegio, dado su estatus, ni tampoco ser acompañado por numerosos sacerdotes en pomposo funeral siguiendo al féretro. No, a su muerte no quería grandezas ni ostentaciones, sino un entierro y un funeral de pobre. Y  en ese funeral y entierro de pobre, quería ser acompañado de veinticuatro pobres hospicianos, o del pueblo, “y caso de no haberlos en el pueblo en que muriere, que lo hagan veinticuatro pobres del pueblo con sus velas, dando mil reales de vellón al Hospicio u Hospital; y no habiendo ni uno ni otro, a los Pobres del pueblo”.
 
Los títulos de la casa de Bayona y las inscripciones a la renta francesa se encontraban custodiados por su administrador, Monsieur Plombin; así mismo, los de las casas de Madrid estaban en manos de su apoderado en la capital. Todo ello, junto con sus posesiones en Cárcar, pasaría a su muerte a manos de su mujer e hijos. Con serenidad y paz concluyó el texto.

Siete meses después de redactar ese testamento, a las once de la mañana del día 11 de octubre del año 1846 moría el doctor Vicente Martínez Monreal en la guipuzcoana localidad de Hernani, a la edad de 76 años.
 
Firma ológrafa del doctor Martínez Monreal

De las cuatro casas de Cárcar solo he logrado identificar la casa familiar o casa armera, donde el escudo de los Martínez se mantiene todavía, aunque bastante deteriorado, expuesto al paso del tiempo y las inclemencias. Más tarde se fraccionó. Sus legatarios con el tiempo la vendieron a un propietario del pueblo y posteriormente fue ocupada por dos congregaciones de religiosas en distintos años, que impartieron enseñanza a los niños del pueblo. En la actualidad son casas aún más fraccionadas. Exteriormente, solo el escudo y la fachada dieciochesca advierten de su historia y antigüedad. De esa casa han salido grandes personajes que poco a poco estoy teniendo la oportunidad de descubrir; el que ocupa este trabajo quizá sea el más relevante. Haber sido el responsable de traer tan tempranamente la vacuna contra la viruela a Navarra, y su posterior propagación supuso para la sanidad de todos los tiempos un logro que las actuales generaciones no pueden ni deben ignorar. Doscientos cincuenta y dos años después su nacimiento ya tocaba descubrirlo y agradecérselo. 
 
(NOTA AL MARGEN)
La autora de esta investigación recibió clases en el edificio donde se ubicaba la casa Martínez, cuando este era ya un colegio de enseñanza. Allí  se nos administraron también las vacunas correspondientes a la edad. He tratado de averiguar si la vacuna contra la viruela pudo ser una de estas; al parecer no fue así, ya que esta la recibimos poco después de abandonar ese colegio. Me habría resultado estimulante haber podido decir que en la propia casa familiar del promotor y propagador de las primeras vacunas contra la viruela en Navarra se habían administrado allí siglos más tarde. Puedo decir además, que Vicente Martínez mantiene con mi persona lejanos pero reales vínculos de consanguinidad: la abuela de mi tatarabuela Simeona Martínez Sádaba era prima carnal de Vicente; por tanto, desvelar la vida de este personaje ha sido de gran estímulo para mí pues de algún modo ha supuesto desvelar una parte de la historia de mis antepasados.
 
Investigación y redacción: María Rosario López Oscoz
a 11 de abril de 2022

Quiero agradecer particularmente a mis amigos José Luis Ona y Cruz Larrañeta por su implicación y colaboración en este artículo de investigación.

Y son tantas y tan diversas las consultas a documentos, libros y páginas web que he precisado hacer para llevar a cabo esta investigación, que citaré de forma sencilla solo las que más me han ayudado a la consecución de mi objetivo:

Archivo diocesano de Guipúzcoa. Portal de Archivos Españoles. 
-Real Academia de Historia. rah.es 
-CADENAS Y VICENT Vicente. Extracto de los expedientes de la Orden de Carlos 3°, 1771-1847. Año 1979.
-CAMPOS DÍEZ María Soledad. El Tribunal del protomedicato castellano, siglos XIV-XIX. 
-FRANCO DE ESPÉS Carlos. Los enigmas de Valençay, Fernando VII y la corte española en el exilio (1808-1814). Prensas de la Universidad de Zaragoza. 2019.
-LOPEZ OSCOZ M. Rosario. López, Retazos de la Historia de Lerín y Cárcar a través de un apellido. (e.a.) 2017.
-MARTÍNEZ Vicente : Tratado histórico-practico de la Vacuna. Imp. de Benito Cano. Madrid. Año 1802. 
- RAMÍREZ MARTÍN Susana. “Dos textos didácticos destinados al adoctrinamiento de la población poblana en favor de la vacuna de la viruela”. Híades. Revista de Historia de la Enfermería. 2008.
-RAMIREZ MARTÍN Susana. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna en la Real Audiencia de Quito. 
-RAMOS MARTÍNEZ Jesús. La Salud Pública y el Hospital General de Pamplona en el Antiguo Régimen (1700 a 1815). Gobierno de Navarra. Departamento de Educación y Cultura. 1989.
-VALVERDE Lola. “La Polémica sobre la inoculación de la vacuna antivariólica en el Hospital General de Pamplona en 1802”.


martes, 8 de marzo de 2022

ANACLETO PARDO ZUÑIGA, un militar en el siglo XIX

 

Piedra armera de los Pardo. Calle Yoldi. Lerín. Foto: José York


Aunque este personaje es lerinés de nacimiento está totalmente vinculado a Cárcar, tanto por vía genealógica como matrimonial. Anacleto fue un alto mando militar cuya vida no ha trascendido fuera del ámbito castrense. Su ficha de oficial aparece en el libro titulado Militares Carlistas Navarros (1833-1849), escrito por Ángel García-Sanz Marcotegui y Javier Ruíz Astiz y publicado por la Universidad Pública de Navarra (Upna) en el año 2017.

Como no tiene una biografía hecha, como ocurre con la mayoría de los personajes que ocupan este blog, será a partir de realizar abundantes búsquedas en el explorador y diferentes consultas a libros y documentos, como he conseguido perfilar un poco su historia. 

Anacleto Manuel Pardo Zúñiga nace en Lerín el día 13 de julio del año 1815 y al día siguiente de nacer es bautizado en su iglesia de Santa María. Eran los Pardo una familia de hidalgos que defendieron su ejecutoria  y colocaron sobre la fachada de su casa, de la lerinesa calle de Yoldi, su escudo de armas familiar. Posteriormente la entrada principal de la casa se ubicó en la calle del Romero, a espaldas del escudo, pero anteriormente no era así.


Sus padres se llamaban Francisco Pardo Remírez de Ripa y Manuela de Zúñiga Ruiz, ésta, natural de Cárcar. Sus abuelos paternos se llamaban Joaquín Pardo Adán y Juliana Remírez de Ripa (de Lerín) y los maternos Miguel Ángel de Zúñiga y Martínez de Cárcar (de Mendaza) y María Joaquina Ruíz y Teruel, ésta, al igual que su hija, de Cárcar. Este último matrimonio se habían casado en Cárcar el día 27 de marzo de 1776; Miguel Ángel  se había asentado en el pueblo de su mujer y había conseguido también defender su hidalguía en el año 1799 colocando sobre la fachada de su casa, de la calle Ontanilla, su correspondiente escudo heráldico.

 
Escudo de armas de los Zúñiga. Calle Ontanilla. Cárcar. 

Los padres de Anacleto hicieron una matrimonio seguramente concertado, como acostumbraban a serlo entonces muchos de ellos, atendiendo a su estatus social. Sin embargo, el matrimonio se debió de avenir muy bien ya que tuvieron una larga descendencia; catorce hijos, todos ellos nacidos en Lerín entre los años 1805 y 1827. Estos fueron: Ildefonsa, Dionisia Joaquina Francisca Manuela, Ángela, Pedro, María Dolores, Pablo, Anacleto, Juliana, Francisco, Irene Joaquina, Sabas, Tomasa, Policarpo e Ildefonso Pardo y de Zúñiga. Al menos diez de ellos contrajeron matrimonio y, de estos, cuatro lo hicieron con jóvenes de Cárcar, siendo además dos de ellas hermanas entre sí y sobrinas carnales de sus respectivos cónyuges; uno de estos matrimonios será el de Anacleto, que se casará con su sobrina Eleuteria Fortún Pardo, carcaresa, e hija de su hermana Ángela y de Juan Antonio Fortún Soto. Un hermano de este último, Fortunato Fortún, fue diputado foral en varias legislaturas. 

Diputados navarros posando. Fortunato Fortún, de pie, segundo por la izquierda. Foto: navarra.es

Anacleto eligió la carrera militar. En el año 1834, cuando contaba diecinueve años, ingresó como cadete. Luchó en la primera guerra carlista en el Segundo Batallón Navarra del bando carlista. En el año 1836 resultó herido en combate en Estella junto con otros setenta y nueve soldados más, cuando las tropas liberales intentaban entrar en la ciudad del Ega. Por tal motivo fue condecorado con la Cruz de San Fernando con categoría de primera clase.
 
En el frente de batalla. Foto wikiwand

Al acabar esa guerra, año 1839, era ya teniente coronel. Se acogió al Convenio de Vergara, eligiendo la opción de continuar en el ejército conservando su grado, como había quedado estipulado en el citado convenio, por lo que fue trasladado al depósito de oficiales de Burgos; en el año 1841 tomó parte en el llamado Alzamiento de O´Donnell, también conocido como  “La Octubrada”, una sublevación iniciada por Leopoldo O´Donnell contra el general Espartero que fracasó, por lo que Anacleto tuvo que retirarse junto con otros compañeros a Francia donde permaneció por un período de tres años. 

En el año 1843 regresa a España gracias a una amnistía. Estuvo durante un tiempo en situación de reemplazo, momento que debió  aprovechar para venir a Lerín y casarse en Cárcar con su sobrina Eleuteria Fortún, como ya he apuntado anteriormente. Anacleto era veinte años mayor que la chica y parece ser que no tuvieron descendencia. 


"El Abrazo de Bergara". Foto: Zumalakarregui museoa

En el año 1844 Pardo Zuñiga es destinado a los regimientos de Algeciras y Ceuta, donde permanecerá hasta el año 1850. Apuntan García-Sanz Marcotegui y Ruíz Astiz, que esto lo descartaría como integrante en la insurrección montemolinista (Segunda Guerra Carlista).  Al año siguiente, Pardo Zúñiga es condecorado con la Cruz de Isabel la Católica. En el año 1852 Anacleto embarca en Cádiz con destino a La Habana donde permanece hasta el año 1861. En Cuba fue Comandante Mayor del primer batallón de su Regimiento. 

En el ejercicio de su cargo le correspondió ejercer como juez fiscal, donde, revisando la documentación, se le puede ver en el año 1858 impartir alguna sentencia. Una vez en España fue teniente coronel graduado en Ceuta hasta 1863; tres años más tarde se le ve ya como coronel, y con este rango desempeñó cargos en Melilla, Granada y Valencia.
 
Foto historiarrinconados

Antes de eso, y ya con la idea de retirarse, aprovecha uno de los permisos para  regresa a Lerín. Eleuteria, su esposa, había muerto en algún momento no especificado, por lo que Anacleto, viudo ya, concierta matrimonio con una joven de Valtierra llamada Josefa Carasusan Larraga, veintiséis años más joven que él, con la que se casará en esa localidad el día 5 de marzo del año 1867. 

Anacleto se reincorporará de nuevo al ejército en Valencia, para causar baja como oficial retirado en julio de 1868, año y cuatro meses después de contraer segundas nupcias, recibiendo como colofón a su carrera la Cruz al Mérito Militar con rango de segunda clase. Tenía cincuenta y tres años. Solicita entonces su traslado a Pamplona, aunque enseguida se va a Valtierra, el pueblo de su mujer, donde se retira ya definitivamente.  Será en Valtierra donde nazcan también sus tres hijos: María Manuela, Francisco y José Anacleto Pardo Carasusán. Este último fue médico cirujano en Zaragoza y falleció el día 20 de enero del año 1907, a los treinta años de edad. El segundo de los hijos varones, Francisco, fue como su padre militar y capitán de caballería del Regimiento de Lanceros del Rey. Falleció en Zaragoza el 8 de mayo de 1912. Finalmente estaba María Manuela, que en Valtierra era conocida como “La Coronela” (sin duda por el grado militar de su padre). De esta mujer he encontrado que falleció el día 7 de enero del año 1940 y que en su testamento dejó unos terrenos para la construcción de una residencia de ancianos, la llamada Residencia San José. La fundación que la gestiona se llama en su honor Fundación Manuela Pardo Carasusán.

Residencia San José. Valtierra

Anacleto fallece en Valtierra el año 1881, a los sesenta y seis años de edad.

Esta escueta biografía me va a dar pie para hacer una pequeña reflexión a propósito del apellido Pardo, extrapolable también a tantos otros apellidos de largo recorrido en Lerín en los últimos siglos (Solano, Cruz, Tabar, Sánchez, Alonso, Octavio…). Todos ellos fueron familias de larga descendencia, como por otra parte lo eran la mayoría de ellas hasta hace tan solo un par de generaciones atrás. Este apellido Pardo se extendió además por buena parte de los pueblos vecinos, pudiéndose pensar que sobreviviría sin problemas a los envites de la caída actual de natalidad; no parece que vaya a ser así, Este y el resto de apellidos citados se encuentran en Lerín, a día de hoy, algunos de ellos extintos y otros en serio peligro de estarlo. A la vía femenina y la soltería, algo con lo que ya se contaba también en generaciones anteriores, se ha unido también la actual despoblación y el drástico descenso de la natalidad, lo que ha provocado que estos apellidos tan longevos hayan desaparecido o sean ya solo un reducto a punto de hacerlo. 

El apellido Pardo en Cárcar (que desciende precisamente de un hermano de Anacleto) se propagó generosamente en este pueblo hasta justo mi generación. A día de hoy y en un pequeño recorrido mental se advierte también cierta tendencia a su paulatina desaparición. 


Investigación y redacción: María Rosario López Oscoz

martes, 8 de febrero de 2022

LA MADRE ISIDORA. ISIDORA PÉREZ ARRÓNIZ.

 

Esta era la imagen de Isidora Pérez en el año 1876. Foto: tomada del folleto Siglo Futuro, publicado en el año 1928

Cuando llegas a la plaza de los Fueros, o plaza mayor de Cárcar, llama la atención una placa sobre la fachada del ayuntamiento en la que se indica, que además de dedicarse esa plaza a los fueros navarros, lo hace también a una monja llamada Madre Isidora.  Es posible que algunos conozcan su vida y quien era esta mujer, pero es más probable que la inmensa mayoría lo desconozca y, esto, hay que remediarlo. 

Isidora Pérez Arróniz  (Madre Isidora del Corazón de María), nace en Cárcar el día 4 de abril del año 1856. Era hija de Martín Pérez Gómez y María Eugenia Arróniz Ruiz y nieta, por parte paterna, de Miguel Pérez y María Ángela Gómez y por la parte materna de Blas Arróniz y Valentina Ruíz. El padre de Isidora bien pudo ser el alguacil del pueblo, o quizá el secretario, ya que la niña nace en la propia casa consistorial, teniendo la entrada a la vivienda por la calle Monte. Era la quinta de un total de nueve hermanos.
 
Casa Consistorial al poco de colocar las placas de 1928. Foto: librito homenaje.

Fue Isidora una guapa y recatada joven, adornada también de gran modestia, de quien se enamoró  un apuesto militar que había llegado a Cárcar mientras esta población estaba ocupada por los liberales durante la tercera guerra carlista, y con la cual se casó. El joven militar se llamaba José López Sanz y había llegado desde el levante valenciano. Éste había nacido en la ciudad de Valencia en el año 1852. Sus padres se llamaban Domingo López, que era natural de Orense, y Josefa Sanz, de Vinaroz.
 
Del matrimonio entre Isidora y José nacieron cuatro hijos, pero solo uno sobrevivió, Francisco. Este niño había nacido el día 10 de octubre del año 1877, al poco de acabar la guerra. En su partida de nacimiento se destaca que vivían en la calle Monte número 4, o sea, la casa de la Villa, o casa consistorial, lo que se entiende que vivían con los padres de Isidora, probablemente de modo circunstancial. Como nota curiosa apuntar que en el ayuntamiento dieron fe del nacimiento de Francisco dos testigos: Estanislao Irisarri Mendoza, que era sastre, y el zapatero Vicente Iturriaga, a los que se les solía llamar habitualmente para estos menesteres ya que siempre estaban en buena disposición y sabían firmar.
 
Otra vista del Ayuntamiento en una segunda remodelación todavía con las placas conmemorativas originales. Foto tomada del libro: Cárcar, Impresiones, Oficios, Anécdotas y Fotos. Eduardo Mateo. Pag. 46

José, el marido de Isidora, participó militarmente mientras la guerra en las batallas que se dieron en Lacar, Lorca, Somorrostro y Elgueta, y al parecer lo hizo de forma heroica ya que recibió condecoraciones por ello.
 
 La guerra terminó pero trajo también sus secuelas que llevaron a José a enfermar y  morir a edad temprana; tan solo tenía treinta y cinco años cuando fallece. Era el año 1887.  Viuda quedaba Isidora y huérfano de padre  Francisco con solo once años. En esta difícil situación, a tan solo cinco meses de morir José, manda Isidora a su hijo a la Congregación de los Misioneros del Corazón de María (claretianos) donde ingresa. Seis años más tarde, tras larga meditación y después de rechazar interesantes propuestas de matrimonio, encuentra de nuevo Isidora su vocación y profesa como novicia en la Congregación de las Religiosas Oblatas del Santísimo Redentor de Cienpozuelos (Madrid). Era el 7 de noviembre del año 1893. Tenía treinta y siete años. El convento de Cienpozuelos era la casa madre de la Congregación de las Hermanas Oblatas y en ese momento todavía vivía en él la Madre Fundadora, Antonia María Oviedo y Schöntahal (Lausana 1822, Cienpozuelos 1898) por lo que Isidora y Madre Antonia, no solo se conocieron, sino que pudieron convivir durante todo el período de formación de la novicia carcaresa. El carisma de estas religiosas es el de acogimiento y hospitalidad, especialmente dirigido hacia las mujeres víctimas de la prostitución y/o la exclusión social. 
 
Madre Antonia Oviedo. Foto: oblatassr.org

Se da la circunstancia que en este mes de marzo de 2022 se cumplirán los doscientos años del nacimiento de Madre Antonia, mujer que por sus méritos y carismas ha sido reconocida por la Iglesia como Venerable.
 
En el convento de Cienpozuelos hizo la Hermana Isidora Pérez su primera formación, como era lo habitual, hasta la toma de hábito y primera profesión. La toma de hábito tuvo lugar el día 15 de julio del año 1894 y la Profesión temporal el 22 de julio de 1895, ante la atenta mirada de la Fundadora a la que Isidora vería morir tres años después. Los votos perpetuos, sin embargo, los hizo Isidora en Vitoria el día 22 de agosto del año 1900.  Adoptó para sí el nombre religioso de Isidora del Corazón de María. 
 
 
Madre Isidora. Fotografía extraída del librito homenaje de 1928

Tras quedar  totalmente consagrada al carisma de las Oblatas, que según ellas mismas aseguran: “está al lado de las mujeres inmersas en contextos de prostitución, recorriendo juntas caminos de redención y liberación” su labor se prolongó por un período de treinta y cinco años  que culminó con su muerte. Durante ese tiempo será Isidora Madre Superiora en todos los centros a donde fue destinada: los dos primeros en la Casa Sucursal de Barcelona, ocho en la de Santander, seguido de la de Zaragoza donde dedicó dieciocho años de su vida, con un intervalo donde estuvo también en la Casa de Vitoria.
 
Edificio de las Oblatas de Cienpozuelos. Composición hecha para la conmemoración de 2018. 

La figura de Madre Isidora otorgaba un porte distinguido, pero destacó sin embargo por su caridad y humildad a través de su trabajo; trato bondadoso con marcado amor de madre, gran inteligencia y exquisita amabilidad, a la que se unía una gran delicadeza, tanto para con las Hermanas como para con las jóvenes allí acogidas, lo que hacía que arrebatara a todo el que la trataba. Oblata de cuerpo entero, dirían con énfasis algunos.
 
Resumiendo, Madre Isidora destacó por su gran piedad para con Dios, amor de madre para con sus subordinadas y acogidas, y corazón obediente como el de una niña para quienes debía obediencia. Murió en Zaragoza en olor de santidad el día 9 de enero de 1928. Dos meses más tarde, el Ayuntamiento de Cárcar, presidido entonces por Veremundo Ágreda, acordó por unanimidad hacerle un homenaje junto a otros tres hijos ilustres del pueblo, ya vistos todos ellos en este blog: Juan Cruz Aranáz, Salvador Ordoñez y el P.Marín Sola, y ponen en funcionamiento toda la maquinaria para llevarlo a cabo.
 
El párroco, Gracián Goicoechandía, se prestó gustosamente a colaborar en la tarea de preparativos y organización y se cursan las invitaciones. La impresionante fiesta que se llevó a cabo quedó reflejada en un librito conmemorativo donde se dan todos los detalles y se fijan los discursos. La representación oficial se culmina con un ramillete de autoridades: representaciones de los obispos de  Pamplona y Zaragoza, gobernadores civiles de las mismas, un general de artillería, un jefe político, un abogado de Madrid y hasta el jefe de la sección de loterías del Ministerio de Hacienda que hará las funciones de taquígrafo.
 
Por la parte de la familia de Madre Isidora se invitaron, entre otros, al hijo de Madre Isidora, el P. Francisco López, que era en ese momento el Superior de los claretianos de Zaragoza, y la prima carnal de este, Eugenia Pérez, en ese momento también Superiora General de las Oblatas, así como familiares del difunto esposo de la monja, venidos expresamente de Valencia.
 
El 22 de abril de ese año 1928, era el día señalado y comenzó la fiesta donde los panegíricos se sucedieron por parte de rutilantes hijos del pueblo que dieron lo mejor de sí en sus discursos. Las adhesiones al acto se sucedieron abundantemente enviando cartas y telegramas: los cardenales arzobispos de Toledo, Sevilla y Granada, y los obispos de Cuenca y Barbastro, así como el Presidente del Consejo de Ministros y el Director General de Comunicaciones, entre otras, destacando especialmente la carta que envió el Catedrático de Medicina legal y Toxicóloga de la Universidad de Zaragoza, el carcarés Juan Bastero Lerga (ya estudiado también en este blog) que además era primo segundo de la homenajeada. La carta que dirigió este personaje supone en sí un tesoro por los elogios y alabanzas a su pueblo y a sus paisanos al llevar a cabo ese acto: “los pueblos como Cárcar, que saben hacer la justicia de honrar y perpetuar la memoria de sus hijos selectos por sus virtudes y gran saber, merecen figurar a la cabeza de los pueblos más civilizados…”. “Gloria a la Villa de Cárcar, que con este acto pone de relieve la grandeza de su alma colectiva y la más selecta espiritualidad, base de los grandes valores morales que atesora y que en justicia le hacen acreedor al más elevado concepto social”.  
 
Portada del librito homenaje

La lectura del libro homenaje supone en su totalidad un tesoro digno de preservar por la cantidad de nombres y detallado despliegue de medios que aporta.
Eulogio Martínez, carcarés y párroco de Andosilla se expresó también con un largo poema de su cosecha y del que extraeré solo unos versos: “No es extraño que de ti (Cárcar)/ salgan hijos como éstos,/ y que si ahora son cuatro/ sean luego cuatrocientos/ y que recíproco sea/ el cariño y el afecto,/ tú… dedicándoles calles/ gratitud y honra, ellos”.
 
Ese día de abril de aquel año, 1928, además de las placas que se colocaron en honor a los otros tres homenajeados, dos de ellas lucieron sobre la fachada de la Casa Consistorial, lugar en el que había nacido Isidora, perpetuando así la memoria de esta destacada mujer. A partir de ese momento la secularmente llamada Plaza de los Fueros pasó a denominarse también "y de la Madre Isidora". El texto de una de esas placas dice así:  
 
A la memoria de la Madre Isidora del Corazón de María –
Superiora de las Oblatas del Santísimo Redentor
Modelo de virtudes cristianas y religiosas
Heroína de la Caridad.
Nació en esta Casa en 4 de Abril de 1856.
Pasó por el mundo haciendo bien a todos.
Murió en olor de santidad en Zaragoza a 9 de Enero de 1928.
La Villa de Cárcar a su Hija esclarecida.
Las Religiosas Oblatas a su Madre incomparable dedican este recuerdo
en 22 de Abril de 1928.
 
Honda debió ser la huella que dejó esta mujer a juzgar por tan grandes elogios que recibió. A pesar de que el homenaje era extensivo a los citados cuatro hijos de Cárcar, será sin embargo a Madre Isidora a quien expresamente vayan dirigidos la mayor parte de las menciones y alabanzas.
 
Vista parcial del Ayuntamiento en la actualidad, donde se aprecia una de las placas conmemorativas a Madre Isidora

Pero no solo la figura de Madre Isidora la que destacó entre las Hermanas Oblatas en la familia Pérez de Cárcar; también lo hizo y de modo fulgurante una de sus sobrinas, María Eugenia Pérez Ilzabe (María Eugenia del Dulce Nombre de Jesús) que era hija de Jenaro, el hermano de Madre Isidora, y de Antonia Ilzarbe Zabalza, natural esta de Irurre.

Eugenia había nacido en Etayo el día 12 de febrero del año 1885 ya que su padre se encontraba destinado en este pueblo de la merindad de Estella. Durante 25 años fue la Superiora General de las Oblatas y también la responsable de que estas se instalaran en Pamplona en el año 1948, en el edificio construido al efecto por el arquitecto pamplonés Eugenio Arrainza Vilella. Desde entonces, a este conjunto se le denomina comúnmente como el edificio de Oblatas. Se daba la circunstancia de que el noviciado de Zaragoza amenazaba ruina y María Eugenia apostó por Pamplona para traerlo aquí dadas las buenas perspectivas que ofrecía Navarra en cuanto a vocaciones. Ya existía en la capital navarra una pequeña comunidad de Oblatas, desde 1912, pero esto supuso un impulso considerable para la Congregación.

Edificio de Oblatas de Pamplona. Foto: Diario de Noticias de Navarra de fecha 29-11-2015
Los estudiosos aseguran que en los más de ciento diez años de recorrido en Pamplona, desde que se asentaran las Oblatas, han visto nacer en su seno más de trescientas cincuenta vocaciones navarras, y por sus manos han pasado más de mil mujeres marginadas de la sociedad a las que han asistido y acogido de forma familiar, sacándolas de la exclusión y dándoles dignidad y formación.
   
En cuanto al hijo de Madre Isidora, Francisco López Pérez,  fue, como se ha visto, Superior de la Orden de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María, comúnmente llamados claretianos, y Delegado oficial del Gobierno General de la Congregación. En las diferentes búsquedas que he hecho para encontrar información sobre Francisco (con poco éxito de momento, la verdad) he podido encontrar que en 1938 se encontraría en Burgos atendiendo, entre otros menesteres, espiritualmente en el confesonario y donde uno de los penitentes sería al parecer san Josemaría Escrivá de Balaguer. Seguro que futuras investigaciones permitirán ampliar su trayectoria pastoral.
 
He tratado de recuperar a grandes rasgos la vida y virtudes de un nuevo personaje de Cárcar, que me ha sido especialmente grato al tratarse por fin de una figura femenina. Concluyo  echando mano de las palabras que empleó Gregorio Roldán, encargado de hacer la oración fúnebre en el homenaje de 1928 a los cuatro hijos de Cárcar: “No hay pueblo que no derrame lágrimas sobre la tumba de sus héroes, que no conmemore las hazañas de sus hijos ilustres, cuidando de transmitir a la posteridad el precioso legado de sus acciones virtuosas, para que sirvan de ejemplo, estímulo y acicate a los demás hijos”.
 
Investigación y redacción: María Rosario López Oscoz
 
Fuentes:
-Archivo municipal de Cárcar
-Archivo General de las Oblatas en Cienpozuelos (Madrid). 
-Diario de Navarra. Calles y Barrios: "Las Oblatas al descubierto". A.O. Pamplona. 1-10-2014
-Diario de Noticias de Navarra. Artículo de Manuel María Sagües Lacasa. 29-11-2015.
-familysearch.org
-Folleto Siglo Futuro 21-1-1928
-Librito homenaje a Madre Isidora. Taquigrafiado por Enrique Quijada Villapadierna. Talleres de Artes Gráficas Sobrino de Tomás Blasco. Ecce Homo, 9. Zaragoza.


Quiero agradecer particularmente a Ana María Barandiarán, Oblata del S.R., responsable del Archivo General en la casa madre de Cienpozuelos (Madrid) por su colaboración al facilitarme información que consta en sus archivos sobre Madre Isidora, y adicional, y por su amabilidad y diligencia. Así como a Nieves Asurmendi, lerinesa de la misma congregación por facilitarme el contacto con Ana María.

martes, 11 de enero de 2022

MANUEL DE ALBENIZ EL ORGANISTA


Ensayo al órgano. Matías Moreno. Museo del Prado. Fuente: Wikipedia

MANUEL DE ALBENIZ Y SENOSIAIN, fue uno de los primeros organistas, si no el primero, que tuvo la parroquia de San Miguel de Cárcar desde que se construyera el nuevo órgano, obra de Joseph de Mañeru. Este lucía en una nueva ubicación, en contraposición al anterior que había estado justo enfrente. Fue Manuel el organista de Cárcar al menos desde el año 1772 hasta un período no inferior a veintiocho años, o, lo que es lo mismo, durante toda su carrera profesional. Tras pasar el examen previo, llegó Manuel con su familia a Cárcar procedente de Estella, donde había nacido el día 16 de julio del año 1740. Al día siguiente de nacer fue bautizado en la iglesia de San Juan Bautista y se le impuso el nombre de Manuel Antonio. Su padre era Matheo de Albéniz y de Olaberri y su madre Manuela Senosiain y Sotes.

Órgano de la iglesia San Miguel de Cárcar. Foto: J.L. Echechipía

Había empezado Manuel su andadura profesional en la parroquial de San Pedro de la Rúa de la capital del Ega, como así se ve en los documentos del año 1768. Un año antes, el día 21 de abril de 1767, se había casado en la iglesia de San Miguel de esa ciudad con una joven llamada  Francisca Xaviera de Goñi y Galdeano, hija de Rafael y María Josefa. Manuel y Javiera vivieron al principio en Estella donde el día 6 de diciembre del año 1769 tuvieron su primera hija, a la que bautizaron en la iglesia de San Pedro y le pusieron el nombre de María Vicenta Nicolasa. Más tarde, y tras previo examen, Manuel consigue plaza como organista en la parroquial de Cárcar, y será ya en esta población donde nazca el 18 de enero de 1772 la segunda de las hijas, a la que pondrán el nombre de Petra Josefa. Después nacerán (también en Cárcar) Xavier Balthasar y María Ramona Manuela, en los años 1775 y 1779, respectivamente.

Detalle del órgano

 En 1782 sigue figurando Manuel entre los pagos de las cuentas de la parroquial de Cárcar; en ese año recibe del ecónomo la cantidad de ciento cincuenta y dos reales fuertes en concepto de salario: “Entregué al organista D. Manuel de Albeniz 152 reales fuertes a cuenta de su salario”. En el sueldo iba incluida también la enseñanza de música a los infantes y la formación y mantenimiento del coro; el cabildo se hacía cargo del calzado del organista, y era el zapatero local el encargado de hacerle los zapatos nuevos. 

Debió estar a gusto el organista, así como su familia. Este era un oficio muy respetado y sin duda que serían bien aceptados, y también el cabildo satisfecho del trabajo del artista. Había mucha faena en Cárcar. Ocho o diez presbíteros, incluido el párroco, componían el cabildo parroquial. Muchas misas solemnes en las que tocar y muchos funerales. Ensayos, clases de canto para formar y mantener el coro. El órgano sonaba maravillosamente y el cabildo deseaba sacarle partido al flamante "Mañeru" . No se conformaba con los cantores locales, quería un coro de prestigio del que se hablara en el contorno. Así que llegó Celestino.  
 
Detalle del órgano

Ligado en Cárcar a Manuel de Albéniz estaba CELESTINO VILLALÓN MUGARTEGUI; este había nacido en el Casco Antiguo de Bilbao siendo bautizado en la Iglesia catedral de Santiago el día 6 de abril de 1783; hijo de Fernando Ramón y María Vicenta, se destacó como contralto o contratenor para música de capilla. Según asegura Fernando Abaunza en el Diccionario de músicos vascos, Celestino ejerció su profesión en iglesias de La Rioja y Navarra, pero no especifica en cuáles. En la parte navarra se refiere sin duda a Cárcar, ya que Celestino se casa en esta localidad el día 26 de octubre del año 1800 con la hija mayor del organista, Manuel de Albéniz.

Llama la atención que Vicenta tenía en ese momento treinta y un años de edad y Celestino tan solo diecisiete; una respetable diferencia de catorce años, siendo además él el más joven, cosa poco habitual que daría para manejar más de una hipótesis. 

Sillería del coro y facistol. Cárcar

El nuevo matrimonio seguirá viviendo en Cárcar, lo que indicaría que Celestino se afianzó en el pueblo y en su coral parroquial. ¿Había efectivamente llegado anteriormente contratado como cantor por la parroquia? ¿Se encontraba en casa del organista estudiando canto y se enamoró de la hija mayor? ¿Hubo una fuerza mayor que le obligó a casarse con la joven a pesar de la diferencia de edad? Nada de eso se podrá saber sin duda, pero lo cierto es que en Cárcar nacerán los dos primeros hijos del nuevo matrimonio Villalón Albéniz: Lorenzo, el día 18 de agosto del año 1801 y Manuel Severino que lo hará el día 8 de enero de 1803. Una tercera hija, María Thomasa Ramona, nacerá sin embargo en Santa Cruz de Campezo, el día 19 de septiembre del año 1804, lo que indicaría que Celestino luchó por promocionarse en su profesión y trabajó en otros diferentes lugares. Por fin, en el año 1807, obtiene la plaza de contralto en la capilla de música de la iglesia Catedral de Santiago de Bilbao, su tierra natural. Hay indicios de que Celestino muere joven, pero no son datos que pueda de momento contrastar.

Catedral de Santiago. Bilbao. Imagen: Barceló.com

En los pueblos de aquella época, por pequeños que estos fueran, pujaban por no quedarse atrás y todos se afanaban en conseguir para su parroquia, órganos, organistas y corales competentes, y a poder ser de relumbrón. Cárcar no fue una excepción, y a los datos me remito. Los organistas se fueron sucediendo y el órgano siguió sonando año tras año tañido por sus distintos maestros organistas, hasta quedar un día mudo. Y mudo sigue a pesar de los esfuerzos por rehabilitarlo por parte de asociaciones especializadas que sueñan con verlo restaurado, dado su valor artístico. Y no solo ellos, también a muchos del común de los mortales que nos gustaría escuchar extasiados el sonido que sale de sus tubos y trompetería; un magnífico sonido que durante siglos se propagó por todos los rincones de esa hermosa iglesia parroquial y cuyos ecos se fueron apagando poco a poco hasta quedar ahogados por el silencio. 
 
María Rosario López Oscoz
enero de 2022