viernes, 17 de abril de 2020

BERNABÉ FORTUÑO (Fortún) y LODOSA. Organista, maestro y... litigante.

Foto: Echosinhache.blogspot.com

Era Bernabé hijo de Diego y de María y nace en Cárcar el día 19 de junio del año 1628. Jacinto, su hermano menor, y que nació en noviembre del año siguiente, se da la circunstancia de que fue antepasado de la autora de esta investigación.

Consultados los catálogos de los Archivos de Navarra y Diocesano de Pamplona encontramos que Bernabé era de profesión organista y maestro de escuela. No sabemos dónde, cómo, o cuándo se formó pero gracias a los muchos pleitos en los que se vio envuelto podemos hacer siquiera una breve semblanza de su vida.

 Para el año 1651, cuando tenía veintitrés años de edad, encontramos a Bernabé residiendo en la localidad navarra de Aibar, donde aparece envuelto en lo que sería su primer pleito civil, y donde ya consta que era organista de la iglesia de San Pedro de esa localidad. Mantuvo al parecer cierto devaneo amoroso con una chica a la que sedujo y que, según, era menor de edad. La joven se llamada Juana de Azcárate. Bien pudo ser que esto fuera cuestión de amores primerizos, o que en realidad el joven se quiso aprovechar de Juana, pero el caso es que el padre de la ofendida, llamado Miguel de Azcárate, acude a los tribunales acusando a Bernabé de estupro y exigiéndole que, o bien  se case con su hija, o bien le resarza con la desorbitada cantidad de doscientos ducados, que servirían para su dote. Al tasar la indemnización en una cifra tan elevada para ser afrontada por un muchacho tan joven se me ocurren dos cosas: que o bien el padre de la chica buscaba verdaderamente forzar a Bernabé a casarse (dando por hecho que éste no podría desembolsar esa cantidad), o esperaba que la familia del chico pudiera perfectamente avalarle y aprovechar así la coyuntura.

Iglesia de san Pedro de Aibar. Foto: romaniconavarra.info

El caso es que no hay constancia de que este matrimonio se llevara a cabo, o de si dejó huella sentimental en el espíritu del organista -que bien pudiera llevarle a componer alguna pieza melancólica de la que buscar rastro-. Nada de esto se puede aventurar; pero lo que sí ocurrió es que Bernabé vuelve a aparecer algunos años más tarde en Mendigorría, contratado por el cabildo, para hacerse cargo de la organistía de su parroquial de San Pedro. Y será en este pueblo donde el carcarés conozca a la que, ahora sí, será su esposa: Francisca de Leóz y Lator, con la que contrae matrimonio hacia el año 1660; esta mujer era viuda y había estado casada anteriormente con un tal Miguel Escribano.


Iglesia de San Pedro.Mendigorría. Foto: lebrelblanco.com

El matrimonio tuvo un hijo: Joaquín, que nació en el año 1663 y que al parecer tomó el estado clerical siendo beneficiado de la parroquia de Mendigorría. Será en ese año de 1663 cuando Bernabé regresa de nuevo a Cárcar, su pueblo, para hacerse cargo de la organistía de la de San Miguel Árcangel.

En esa época el órgano de la parroquia de Cárcar no se ubicaba en el lugar en que lo vemos actualmente, sino en la parte derecha del coro, justo en el lado opuesto. Como desde ese lugar era dificultoso para el organista seguir la liturgia adecuadamente, un puñado de décadas más tarde (1735), se estudió y aprobó la construcción de un nuevo órgano del que fue artífice el maestro organero lerinés, Joseph de Mañeru, y es el que se puede ver en la actualidad, que por cierto no suena.  

Ubicación antigua donde se encontraba el órgano de la iglesia san Miguel de Cárcar. 

Aquí en Cárcar se verá Bernabé envuelto en otro pleito que presentará él mismo ante los tribunales eclesiásticos contra don Felipe López Baylo, uno de los primicieros de la parroquial. Reclamaba el organista un dinero que por lo visto le adeudaban y se retrasaban en el pago.

Órgano de la iglesia de Cárcar en su estado actual. 

Algunos años después, el músico carcarés abandona su pueblo para pasar de nuevo a ocupar la plaza de organista de la iglesia de Mendigorria, y gracias a otro proceso descubrimos un nuevo dato: que Bernabé, además de ostentar el puesto de organista se encargaba también de impartir clases a los niños como maestro de escuela, cosa que por otro lado era bastante habitual en los de su gremio. 

El pleito se inició el año 1665 y venía de la mano de un tal Francisco Mediavilla, vecino de esta localidad y también maestro de escuela, y alegaba que le hacía la competencia. Aseguraba Mediavilla que Bernabé no había sido examinado por la villa para el puesto de maestro sino solamente por los patronos eclesiásticos, por lo que estimaba que ya tenía bastante con su sueldo de organista. 

Pocos años después el año 1671, Bernabé se vuelve a remover y se va a Allo, a su iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Aquí también hará doblete, haciéndose  cargo de la educación de los niños de la escuela. Y de nuevo vuelve a tener problemas con los dineros, ya que en 1672 aparece otra vez pleiteando en los tribunales eclesiásticos con los primicieros de su parroquial, reclamándoles el salario que se le adeudaba, tanto de organista, como de maestro. Él mismo dirá: “siendo un pobre hombre quien no solo se le debe por su ministerio, sino que también por el de maestro de escuela”.

Iglesia de Santa Maria de la Asunción de Allo. Foto: villadeallo.org

Aquí tuvo Bernabé mala suerte ya que hubo cambio de primicieros y los entrantes no querían hacerse cargo de las deudas contraídas por los cesantes. Y como tampoco hubo sentencia, nos quedamos sin saber si consiguió cobrar los dineros pendientes de su salario,  que probablemente fue que no, ya que enseguida se va de Allo y ese mismo año vuelve a ocupar por tercera vez la plaza que dejó vacante en Mendigorria.

No obstante a todo esto, no parece que Bernabé anduviera económicamente mal, ya que enseguida de instalarse en Mendigorría (que como recordaremos era el pueblo de su mujer), un tal Martín de Olaz le pone pleito reclamándole el pago de su salario como criado, lo que avisa de que Bernabé disponía de servicio doméstico. La cantidad reclamada eran veinticuatro ducados, a los que había que añadir el valor de seis cargas de vino. (Mucho reclamaba Bernabé pero él tampoco parece que fuera muy diligente a la hora de pagar).

El organista aportaba su salario para el sostenimiento familiar pero disfrutaban también del usufructo de los bienes que la esposa aportó en su día al matrimonio, fruto de su anterior unión, y así lo vinieron haciendo durante los siguientes quince años después de haber tomado nuevo estado. Esto no debía de parecerle bien a Josefa, la cuñada de su mujer, ya que en 1676 pone pleito al matrimonio Fortuño-y de Leóz, y se presenta ante los tribunales junto con su marido, Joaquín Martínez de Arizala, reclamándoles los bienes que había estado disfrutando su cuñada, y que al parecer legalmente no les correspondía por haber ella contraído nuevas nupcias (llama la atención que esperaran quince años para reclamar). Los querellantes además pedían doscientos ducados como resarcimiento, y para hacer frente a las cargas judiciales. (En este caso parece claro que Bernabé y su mujer tuvieron que renunciar a los bienes del difunto marido de esta).

Dos años después de este último pleito, la familia Fortuño se traslada a la localidad de Dicastillo -situada en las faldas de Montejurra-, probablemente para hacerse cargo del órgano de su iglesia, y seguramente ya en situación algo más delicada económicamente, a tenor de tantas contrariedades. Pero estando en Dicastillo van a recibir citación para un nuevo pleito que le presenta un tal Antonio Azcona, ex mayordomo de la cofradía de Santiago de Mendigorria,  reclamándole cierta cantidad de dinero de dicha Cofradía, y que Bernabé había gestionado.  
Dicastillo. Foto: historiasdetierraestella.blogspot.com

Pleito va, pleito viene, como la maldición del gitano: “pleitos tengas y los ganes”, tuvo Bernabé que emplearse en negocios de otra índole, que le reportaran beneficios adicionales a los de su profesión. De modo que hacia el año 1682 toma el arriendo de la pesca del río por un período de diez años, que a su vez subarrienda por otros cuatro años a dos pescadores vecinos del barrio de la Magdalena de Pamplona, llamados Martín de Orna y Juan de Labiano. Y, como no podía ser de otro modo, estos también se retrasan en el pago algo más de lo debido, por lo que Bernabé, tan acostumbrado como estaba a estas situaciones, pone pleito a estos pescadores sobre pago de treinta y nueve ducados.

Una vida la de este hombre a todas luces nada tranquila, que le llevó de manera constante de un juzgado a otro, y al albur de abogados y procuradores, dejando no obstante por los diversos pueblos navarros por los que pasó una huella intangible, a la vez que valiosa: la de acompañar con el sonido de la música sacra en los oficios litúrgicos y el ejercicio de la enseñanza a los niños.

Trescientos noventa y dos años nos separan desde el nacimiento de este organista y maestro carcarés. Sirva esta aproximación a la vida de Fortuño para conocer el modo de vivir en épocas pasadas, en las que uno se acogía con confianza a la ley a sabiendas de encontrar defensa clara en la justicia.

Investigación y redacción: María Rosario López Oscoz

Fuentes: 
Archivo parroquial de Cárcar.
-Catálogo Archivo de Navarra. Procesos: 146/202009; 135715; 311903; 228511; 135880; 135962.
-Catálogo Archivo Diocesano de Pamplona; 
-familysearch.org;
-ZUDAIRE HUARTE, Claudio. De Organistas y Organeros de Navarra en el Siglo XVII.



lunes, 23 de marzo de 2020

FRANCISCO MARÍN SOLA (el sabio Marín), teólogo dominico de trascendental línea de pensamiento.

FRANCISCO MARÍN SOLA. Álbum familiar Montalvo-Sádaba

Cárcar cuenta entre sus paisanos con un destacadísimo sabio, tanto, que ese fue el apelativo que recibió en vida el personaje que voy a desarrollar. Estando en lo más alto, no obstante, su luz se vio eclipsada y se retiró de la esfera pública en obediencia y humildad. Una vida la suya que fue apasionante y especialmente itinerante. 

Su labor docente le llevó a destacar en algunas de las más prestigiosas universidades de Europa, Asia y América, siendo Filipinas su segundo hogar. En esas islas del Pacífico murió y allí descansan sus restos. 

Quiero que el recuerdo y el reconocimiento a lo largo de esta semblanza sirva de homenaje y salde de algún modo la  deuda que con él tienen contraída sus paisanos, y la propia comunidad científica. Apenas una placa, colocada en el año 1928 sobre su casa natal, nos lo recuerda a día de hoy. Quién era, y cuál fue su legado, es lo que me propongo mostrar a continuación. 


Casa donde nació Marín Sola (solo la parte del cuadro de fachada blanqueada). Foto Enciclopedia Auñamendi

Nacimiento y entorno familiar
Francisco Marín Sola
nace el día 22 de noviembre del año 1873 en Cárcar, un pequeño pueblo de la Ribera alta de Navarra. Era hijo de Remigio Marín Escarza, natural de Calahorra y que había llegado a trabajar a Cárcar como jornalero, y Baldomera Sola Mateo, esta sí, natural de Cárcar, e hija de Félix y de Juana. Francisco empieza pronto a destacar por su precoz inteligencia y su facilidad para el estudio, a pesar de que sus padres no habían sido alfabetizados, como por otra parte era lo habitual en el entorno rural del que procedía la familia; Remigio, su padre, no sabía siquiera plasmar su firma en los documentos, y Baldomera, que había quedado huérfana de madre muy joven, aunque su padre se volvió a casar, tampoco lo tuvo fácil para escolarizarse.


Los padres de Francisco: Remigio y Baldomera. Álbum familiar Montalvo Sádaba

Además de Francisco, el matrimonio tuvo otros cinco hijos más: Casimira, Gregorio, Antera, Elena y Ricarda. Francisco era el tercero  y siendo muy joven vio morir a tres de sus hermanos. Sobrevivieron, él, Casimira y Ricarda. 

A pesar de que en su casa no tienen posibles para su educación completa, Francisco encontrará personas que le respalden y apoyen. Y así, recibe y alcanza ya en Cárcar los habituales conocimientos clásicos perfectos (incluido el latín), seguramente facilitado por algún maestro que se fijó en su precocidad y, sobre todo, gracias al párroco, don Alejo Aranaz, asesorado este sin duda por su hermano Juan Cruz, magistral que fue de Lérida y Zaragoza. Hay que recordar que Juan Cruz fundará dos becas de estudio para chicos de Cárcar, por lo que bien le pudo inspirar a don Alejo el caso del joven Marín.

Ingreso en la orden dominica
Aún a costa de que se iba a ver resentido el núcleo familiar al faltar el único hijo varón sobreviviente (que habría contribuido con su trabajo a la escasa economía familiar), y aconsejado probablemente por sus instructores, en el año 1886, con apenas trece años, se presenta Francisco en el convento de los dominicos de Ocaña (Toledo). Estos religiosos pertenecen a la Provincia del Rosario y su misión evangelizadora abarcaba toda la zona del Extremo Oriente: Filipinas, China, Japón, etcétera.


Convento Santo Domingo. Ocaña. https://vicaresp.dominicos.org/

La edad habitual de ingreso para los aspirantes a novicios eran los catorce años, pero tras hacerle a Francisco los exámenes pertinentes comprobaron que el chaval estaba realmente preparado, por lo que finalmente fue admitido.
 
Formación religiosa y académica
El primer  curso de filosofía lo hará junto con el resto de profesos, todos un año mayores que él. El curso lo defiende sin problemas y toma el hábito el día 9 de diciembre del año 1888. No obstante, Francisco pide voluntariamente repetir ese curso para imponerse mejor en la materia. Dicen sus biógrafos que aun siendo tan joven apreciaba ya la importancia de una primera y sólida cimentación de los conocimientos filosóficos. A su conclusión se traslada al convento de Ávila para estudiar los cursos siguientes de Teología. Aquí hará también los votos perpetuos el 10 de diciembre del año 1892. 

Ese mismo año le sobreviene una enfermedad grave y los médicos le recomiendan para su recuperación trasladarse al convento que los dominicos tienen en Padrón (La Coruña), y así lo hace. Este contratiempo le supuso perder el tercer curso de teología, por lo que al regresar a Ávila, ya repuesto, pide ser examinado separadamente de las asignaturas de tercero y cuarto curso, aprobando ambas con resultados extraordinarios.

Convento Santo Tomás. Ávila. https://vicaresp.dominicos.org/

Llegada a Filipinas
En el año 1897, terminados los estudios convencionales y siendo todavía diácono,  Francisco es enviado junto con otros quince religiosos a Manila. 

Los dominicos de la Provincia del Santísimo Rosario realizaban su actividad desde hacía tiempo en esa zona del Extremo Oriente, como ya he apuntado. En septiembre de ese año es ordenado sacerdote en ese convento de Santo Tomás de Manila y allí celebró su primera misa. 

De nuevo su salud se verá resentida por lo que los médicos le recomiendan trasladarse a la provincia de Cagayán, situada al norte de la isla de Luzón, y así lo hizo a principios del año 1898. Se instaló en una población llamada Amulung, apoyando pastoralmente al párroco. Ya aquí se dejaron ver sus dotes para los idiomas; en pocos meses aprendió a hablar en lengua ibanag, propia del lugar. 

En agosto de ese mismo año va a tener lugar la insurrección del pueblo tagalo que habitaba esas tierras. El Padre Marín, junto con otros religiosos se refugia en una población cercana llamada Enrile, pero son apresados. Dieciséis meses duró la cautividad donde sufrieron maltrato, no solo físico -que él acusará en el futuro-, sino también psicológico y emocional. Tras el penoso cautiverio son liberados y regresan a Manila el 1 de enero del 1900, “mal vestidos, peor calzados y con aspecto demacrado”. Como quedará dicho y registrado.

Emblema de los frailes dominicos. Fachada convento de San Esteban. Salamanca

Inicio de su vida docente
Consiguió reponerse, y el 15 de junio de ese mismo año le nombran profesor en el colegio San Juan de Letrán de la ciudad de Manila. Aquí inicia su vida docente que no abandonará hasta su muerte. 
San Juan de Letrán era entonces el centro de enseñanza más famoso y acreditado del extremo Oriente.
Con toda la formación humanística acabada dará clases de Matemáticas, Algebra y Geometría. Pero él seguía estudiando; al año siguiente (1901), este fraile carcarés se examinará en la Universidad de Santo Tomás de Manila en Lectorado y en Sagrada Teología, siendo aprobado como "brillantísimo" y continúa dando clases en san Juan de Letrán.

Actividad periodística
En 1902 entra a formar parte de la redacción del diario Libertas, un periódico creado y regentado desde esa universidad. Desde aquí escribe y  publica brillantes y polémicos artículos doctrinales -que simultaneaba con su labor docente-, con el título general de “Catolicismo y protestantismo”, que vieron la luz entre los años 1902 y 1903. 

El momento era providencial, ya que, en apenas dos años Filipinas había pasado de ser española a pertenecer a los Estados Unidos de América. La nueva comunidad protestante estaba empezando a abrir iglesias y capillas y los católicos necesitaban en esos momentos y más que nunca de una orientación solvente.

Universidad Santo Tomás. Manila. Holyrosaryprovince.org

En el diario Libertas, no solo escribían los propios frailes (que solían hacerlo bajo seudónimos) sino que también escribían eminentes periodistas e intelectuales, lo que lo convertía en un periódico muy influyente. El P. Marín firmaba muchos de sus artículos utilizando distintos seudónimos. Se dice que llegó a emplear hasta veintidós sobrenombres diferentes. Los que más usaba eran: Quicoy y Euripio.

Acceso al claustro y regreso a España
Para el año 1904 Marín Sola será llamado a formar parte del claustro de profesores de la Universidad de Santo Tomás, haciéndose cargo de la cátedra de Filosofía; pero como sus dotes de pedagogo eran tan excepcionales se consideró más útil enviarlo a formar a los profesos dominicos que se preparaban en España para ser destinados a Oriente, y, aprovechando el Capítulo Provincial que se celebraba en Ocaña en 1906, Marín Sola viene a Ávila como profesor en la asignatura Lugares Teológicos y también como predicador del Real Colegio de Santo Tomás; posteriormente también impartirá  Sagrada Escritura. 

Consolidación como pensador
Asentado ya en España pasó por Madrid para predicar el sermón de Santo Tomás de Aquino en la solemne fiesta anual que reunía a los catedráticos de la Universidad Central (hoy Complutense), revelándose ya como profundo pensador. Aquí empieza ya a perfilarse su obra monumental. El modernismo al que atacaba, y la obra de Melchor Cano en la que encontraba armas de defensa, serán dos de los elementos que no hay que perder de vista al tratar la génesis de toda la obra "marinsoliana".

Aunque el P. Marín Sola había completado ya su formación eclesiástica, necesitaba un formalismo que le permitiera enseñar en la universidad: el doctorado. Es por eso que en 1908 vuelve a Manila y consigue la licenciatura y el doctorado en Sagrada Teología con las calificaciones de “meritissimus”. A su llegada a Manila, se le nombra director del diario Libertas, de cuya redacción había formado parte anteriormente y desde donde había publicado multitud de artículos.

Etapa americana y prestigio creciente
En el Capitulo Provincial de 1910 es enviado de nuevo a España, al convento de Santo Tomás de Ávila, para ocupar la cátedra de Teología. Y es que desde la Provincia dominicana de Filipinas, a la que él pertenecía, se dieron cuenta de la necesidad de que sus estudiantes se defendieran también en lengua inglesa, a fin de ejercer mejor su apostolado en la zona Oriental; ello hará también que los dominicos trasladen el Estudio General de Ávila a Rosaryville, en la ciudad estadounidense de Nueva Orleans, en el estado de Luisiana. 

A finales del año 1911 Marín Sola será destinado a la Universidad Católica de Notre Dame, en el estado de Indiana, donde permanecerá dos años dando clases de Filosofía y perfeccionando la lengua inglesa.

Lugar donde descansan en Cárcar los restos de Remigio, el padre de Marín Sola. En 1915 el teólogo se encontraba en América por lo que no pudo celebrar el funeral de su padre. Foto: Charo López

Influencia académica y eclesiástica
Entre los años 1913 y 1918, Marín Sola se hará cargo de la asignatura de Teología Dogmática en la citada universidad de Rosaryville. Estando aquí es elegido vocal, por lo que acudió a Manila para el Capítulo de 1914, siendo aquí elegido Definidor. A su conclusión, vuelve a los Estados Unidos para incorporarse de nuevo a su cátedra y a las clases de teología dogmática que con tanto interés recibían sus alumnos. 

Sus biógrafos aseguran que  el P. Marín ejercía entre los estudiantes un poder fascinador: “la elocuencia vibrante y la simpatía personal, todo le favorecía, pues, para hacerse entender por sus alumnos”. Aseguran, que a los problemas teológicos tan complicados de entender y a veces de explicar, el fraile carcarés sabía darles inusitado interés “o bien porque lo tenía en sí, o bien porque él sabía dárselo”.

P. Marín Sola. Lienzo. https://obrascatolicas.blogspot.com/2019/06/padre-francisco-marin-sola.html

Quizá fue por eso que el arzobispo de Nueva Orleans, monseñor James Hubert Blenk, que había sido Delegado Apostólico en Filipinas, se fijó en él y lo nombró su consultor y confidente entre los años 1913 y 1918. En ese tiempo Marín Sola resolvió todos los gravosos asuntos de la archidiócesis, adquiriendo renombre en Norteamérica como prestigioso teólogo y canonista: “por la solidez y acierto que presidían los informes que el arzobispado mandaba a la delegación apostólica de Washington y a Roma”, y también por la resolución de ciertos casos graves de la archidiócesis que el dominico carcarés resolvió con brillantez.  Al leer uno de los informes emitidos por el P. Marín, será el propio delegado apostólico en Washington quien declare que no había recibido nunca un informe tan bien razonado. 

Arrastrado por su fama le nombran secretario de la Junta de obispos de la provincia eclesiástica de Nueva Orleans, siendo el encargado de revisar en secreto (por orden de Roma) la nueva codificación canónica que había propuesto el Papa Pio X. Sesenta y tres fueron los cánones aprobados por la Junta y redactados por el P. Marín, y tal cual él los escribió se incluyeron en el nuevo Código Canónico.

El día 12 de junio del año 1916 le fue concedido el título de doctor “honoris causa” de Derecho Civil por la Universidad de Notre Dame, de la que había sido profesor. El Rector manifestaba que "con ello deseaba honrarle por el recuerdo imborrable que había dejado en dicha Universidad y por los grandes méritos que enaltecían su persona".

Cátedra en Friburgo y consagración intelectual
En julio del año 1918 fallece el teólogo P. Norberto del Prado, quedando vacante esa cátedra de Teología en la Universidad de Friburgo (Suiza). En ese momento el maestro general de la orden, el holandés P. Luis Theissling, llama al P. Marín Sola para que ocupe esa cátedra, que tomará el 30 de enero del año siguiente. Marín Sola es nombrado pues Maestro en Sagrada Teología por el mismo Padre Theissling y ocupará su cátedra en la universidad suiza durante ocho años seguidos, consagrándose definitivamente como gran pensador e investigador, además de ser considerado grandísimo expositor y pedagogo

Pero esa notable erudición le hizo también ser un gran polemista, tocándole vivir los días álgidos del llamado modernismo, al que atacó. 

En los ámbitos intelectuales se le conocía con el sobrenombre de "El Sabio Marín", y en palabras del Padre Emilio Sauras O.P. (que hizo la introducción a la tercera edición de la monumental obra de Marín Sola en1952): si la sabiduría es conocimiento por razones supremas él era un verdadero sabio; como teólogo y filósofo de nervio prefería el estudio de las verdades a la luz de las causas superiores.

En esta etapa en Friburgo continuó publicando sus artículos sobre la Evolución del dogma. Continúa el P. Sauras: “El interés que despertaban sus escritos dan una idea del interés que despertaban sus lecciones”. Sus alumnos aseguraban que era imposible olvidar las maravillosas explicaciones que les daba desde su cátedra, que recordaron durante mucho tiempo. 

Los misterios más sublimes de la teología y el dogma adquirían en sus explicaciones una luz atrayente y fascinadora, hasta el punto de reconocérsele que “ejercía un poder fascinador sobre sus alumnos ya que poseía un claridad de exposición y una elocuencia vibrante que acompañaba con una gran simpatía personal”; en definitiva, que era un hombre dotado de gran carisma. 

Publicación de su obra principal
Sus artículos publicados en el diario Libertas, y defendidos en toda su expresión, los reunió en una monumental obra que vio la luz el año 1923 y a la que tituló La Evolución Homogénea del Dogma Católico. Esta monumental obra que abarca más de seiscientas páginas, está catalogada por los expertos como la obra más asombrosa de erudición que jamás se haya escrito sobre esa cuestión.  

Este libro fue el primero que publicó la Biblioteca de Tomistas Españoles. En ella, y según los expertos, el P. Marín Sola hace un estudio que abarca la escuela de Salamanca y toda la teología postridentina. El teólogo, P. Santiago Ramírez, dice que el estudio que hace Marín Sola sobre los numerosos autores de este periodo es perfecto e invulnerable, y expresa la verdadera mente de Santo Tomás y de la teología tradicional y, por lo tanto, definitiva. Tanto es así que no duda en catalogarla como obra clásica.

Posteriormente se publicó en Friburgo una edición, dividida en dos volúmenes, en idioma francés. "Algunos críticos consideran a esta obra como la respuesta más contundente al modernismo. Y aunque obra teológica, sus más firmes pilares son filosóficos" (Venancio D. Carro). 

En 1952, La Evolución homogénea del dogma fue editada también por la BAC (Biblioteca de Autores Católicos; correspondía al número 84 de esa editorial y se vendió al precio de sesenta pesetas.

La obra más importante editada del P. Marín Sola. Foto: libros Alcaná

Como se ha dicho, todos los artículos que el P. Marín Sola escribía los había antes contrastado y estudiado en profundidad. Nada exponía a otros hasta no haberlo comprendido él perfectamente. 

En ese sentido hay que decir que el padre Marín fue “un autentico investigador de la verdad en sus dos vertientes: como investigador especulativo, que busca la verdad de los problemas en los principios, e investigador positivo, porque busca la verdad en los datos de la tradición teológica”.

El dominico, P. Salvador Velasco, dice de Marín Sola que fue “caudillo de las juventudes católicas de estudiantes de la universidad de Friburgo, y que en su persona pareció revivir el espíritu de Francisco de Vitoria”.

La Libertó de Friburgo afirmaba que “el P. Marín añadía a una ciencia teológica tan vasta como profunda toda las cualidades necesarias para hacer que la enseñanza sea atrayente y eficaz: claridad y lógica en la exposición, originalidad y seguridad en la expresión, dominio, ardor y elocuencia en la palabra; con un espíritu amplio y abierto al que no era ajeno nada de cuanto es humano y moderno en las múltiples manifestaciones de la vida intelectual”.

Nuevas publicaciones y controversias
Entre los años 1925-26 publicó otra serie de artículos en la revista Ciencia Tomista, como: "Respuesta a algunas objeciones acerca del sistema tomista sobre la moción divina" (Madrid, 1926), "Nuevas objeciones acerca del sistema tomista"“Concordia tomista sobre la moción divina y la libertad creada”, etcétera; pero no pudo exponer totalmente su pensamiento, ya que, como en su desarrollo estos artículos estaban centrados en la llamada predestinación, generaron gran polémica, promovida esta principalmente por el dominico francés Reginal Garrigou-Lagrange, que la llegó a calificarla como “semipelagiana, congruista, cuando no molinista”. Esto desató tal polvareda que Marín Sola intentó contrarrestar las críticas. Escribía: “A los adversarios, si existen, no les pediríamos más que un poco de paciencia y otro poco de amplitud de criterio. De paciencia, para no dejarse arrebatar por las impresiones de uno o dos artículos, y darnos tiempo para desarrollar todo nuestro pensamiento en artículos sucesivos. De amplitud de criterio, para no calificar de falsa una afirmación por el solo hecho de parecer nueva o extraña, y mucho más para no calificarla de antitomista por el hecho de ir contra uno, varios o muchos tomistas, cuando hay otros tomistas de verdadera talla que la apoyan”.

La réplicas del dominico carcarés fueron siempre ejemplares; jamás salió de su pluma ni de su boca una palabra dura que redundara en perjuicio de su contrincante, sino todo lo contrario, siempre lo hacía de modo fino, suave y elegante. Y pedía que: “respecto a la escuela tomista, como respecto a la doctrina católica, debe guardarse la unidad en cuanto a las cosas necesarias o evidentes; pero no menos debe guardarse la libertad en cuanto a las cosas dudosas; y mucho más debe guardarse la caridad en cuanto a todas las cosas”.


Portada del libro de Michael D. Torre sobre el P. Marín


Como polemista que era se enfrentó dialécticamente con este adversario aludido y a todos los que se le opusieron, ya que era un auténtico luchador: “una auténtica figura de vigor navarro”, como diría el P. Sauras. Continúa este dominico (que conocía bien al P. Marín por haber sido alumno suyo), que “el espíritu de lucha era innato en él. Nunca supo desprenderse de ese vigor que gustaba manifestarse en la pelea, aunque en esa pelea era caritativo y elegante por naturaleza y por virtud”

Conflicto y renuncia a la cátedra
En esta lucha de titanes al Padre Marín le tocó la peor parte, ya que Garrigou fue respaldado por Roma. Visto lo visto, en 1927 el Padre Maestro de la Orden de los dominicos, en ese momento, P. Buenaventura García de Paredes, instó al P. Marín Sola a que renunciara a la cátedra de Friburgo, cosa que humildemente hizo. Esta decisión produjo gran disgusto en la propia universidad donde el erudito carcarés era considerado como un auténtico genio teológico y un gran profesor. Tan es así, que el propio ministro suizo de instrucción pública le hizo llegar al P. García de Paredes las quejas de la Universidad y las suyas propias por esa decisión. Sin embargo, el P. Marín la aceptó humildemente y se retiró a su primitivo convento de Santo Domingo en Ocaña.

Regreso a Filipinas y reconocimiento en su Cárcar natal
Agotado en sus fuerzas físicas y morales, a consecuencia de esta polémica, unido a su mermada salud (resentida siempre desde su etapa de cautividad en Filipinas), el P. Marín Sola regresó a Manila a finales del año 1928. 

Es lo más plausible pensar que antes de emprender aquel largo viaje hacia su vital etapa final, se llegó por última vez a su pueblo natal para despedirse de su familia. Allí, en el mes de abril de aquel mismo año, había sido honrado por su Ayuntamiento nombrándole hijo predilecto y poniendo  su nombre a la plaza donde estaba su casa natal. Una placa de neolita guarda todavía su memoria. Esta dice así: 
Plaza de Fray Francisco Marín Sola
In Perpetuam Rei Memoriam. 
“En esta casa nació Fray Francisco Marín Sola, que por talento de sabio al pueblo colmó de gloria. Es escritor eminente, es teólogo profundo, sacerdote dominico y maravilla del mundo”. 
Cárcar dedica esta plaza / al Padre que tanto brilla / y lo proclama hijo ilustre / predilecto de la villa. 
Febrero 19 y abril 22 del año 1928.

Últimos años de docencia
Este detalle de reconocimiento, venido desde sus propios paisanos, vendría a dar un poco de sosiego a su alma maltrecha. Al llegar a Manila, el P. Marín ocupará de nuevo la cátedra de Teología Dogmática en la Universidad de Santo Tomás, siendo nombrado Consejero de la Provincia del Rosario, a la que pertenecía. En su calidad de Consejero, asistió, ya por última vez, al Capitulo celebrado en el año 1933 en Manila. En este Capítulo fue elegido Definidor además de ser confirmado en el cargo de Consejero. A pesar de su quebrada salud, siguió al pie de su cátedra. La muerte le sobrevino trabajando en la gran obra teológica que se traía entre manos: “Concordia Tomista entre la Moción Divina y la Libertad Creada” (4 volúmenes) que quedó inédita. Se sabe que una copia de este libro estuvo en poder de fray Quintín Turiel (1933-2005). 

Muerte e influencia posterior
Francisco Marín Sola morirá el día 5 de junio del año 1932, a la edad de 59 años, sin haber visto publicado su último tratado, y dejando tras de sí una ingente obra teológica. Su influencia se dejó notar en el pensamiento de filósofos de la talla de Jacques Maritain y Francisco Muñiz

Sus textos son todavía estudiados por diferentes expertos en el tema, como: Michael D. Torre, Enrique Miret Magdalena, Eudaldo Forment, Néstor Martínez y muchos más.

Un estudio sobre Marín Sola del Michael D. Torre: "No te resistas a la llamada del Espíritu". Foto Amazon

Consideración final
La obra canónica del P. Marín Sola “La Evolución Homogénea del Dogma Católico” fue publicada en español y francés, y más tarde traducida también a la lengua inglesa. En su tercera edición del año 1952, el P. Emilio Sauras presenta, en la parte final de la introducción a esta obra, un alegato al dominico carcarés que no puedo dejar de incluir en esta semblanza: “El P. Marín renovó los tiempo clásicos en que los religiosos ejercían una influencia decisiva en las masas universitarias; revivían en él los días en que el maestro Jordán de Sajonia era el encanto de las juventudes estudiosas, y las ganaba; y los días en que Santo Tomás de Aquino conversaba con sus discípulos de la Sorbona, a orillas del Sena, manifestándose el mejor amigo de quienes horas antes se había manifestado en la cátedra el mejor maestro”.

Los restos de este insigne fraile reposan, tal vez olvidados, en el cementerio que los dominicos tienen en su convento de Manila, allá en las antípodas de su tierra natural. En Cárcar, su pueblo, la placa que luce en el frontispicio de la fachada de su casa es casi el último vestigio que queda de su memoria. Traerlo aquí ahora, es un modo de renovar su recuerdo y refrescar el nuestro.

Investigación y redacción: María Rosario López Oscoz
Bibliografía:
-Archivo Ayuntamiento de Cárcar.
-Familysearch.com
-Neira, Eladio; OCIO, Hilario; AMÁIZ, Gregorio. Misioneros Dominicos en el extremo Oriente (1836-1940). Pags. 311-12. Misión 115 (1897)
-E. Sauras, “Introducción” en F. Marín Sola, Evolución Homogénea del Dogma Católico. Biblioteca de Autores Cristianos. 3ª Edición. Alcaná Libros. Madríd. 1952. Pags. 3-127.
-IBARRA, Javier. Biografías de los Ilustres Navarros del Siglo XIX y parte del XX. Tomo 4º. Imprenta Jesus García. Año 1953. Pamplona.
-GONZALEZ GARCÍA, Teodoro, O.P. Francisco Marín Sola. Rah (Real Academia de la Historia)
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Agradezco el interés mostrado y la información recibida por parte de los padres archiveros de los conventos dominicos de Ávila, Ocaña y Salamanca.



martes, 25 de febrero de 2020

CÁRCAR Y LA TRÁGICA HISTORIA DE LA HIJA DEL GENERAL ZUMALACÁRREGUI

Micaela Zumalacárregui, Fuente: Museo Zumalakarregi. Procede a su vez del monográfico "Los hermanos y descendientes del General Zumalacárregui", escrito por Florencio Amador Carrandi. Retoques de foto: Cruz Larrañeta


MICAELA ZUMALACÁRREGUI Y OLLO

Siempre supimos en Cárcar que una hija del General Zumalacárregui, llamada Micaela, había muerto aquí y aquí se le había dado sepultura, pero nunca supimos los motivos por los que esta mujer se hallaba en este pueblo ni cuáles fueron las causas de su muerte. Hasta hoy.

Vicenta Micaela era la más pequeña de las hijas de Tomas de Zumalacárregui, fruto de su matrimonio con Pancracia de Ollo y de Mata.  No fue fácil la vida de esta joven a pesar de ostentar (herencia de su padre) los títulos de duquesa de la Victoria y condesa de Zumalacárregui. Precisamente por ser hija de quien era tuvo que pasar por grandes dificultades que le impidieron llevar una vida tranquila y sosegada.

Nace Micaela un 19 de abril del año 1833 en el número 25 de la calle del Carmen de la ciudad de Pamplona. Reinaba en España el rey Fernando VII, pero andaba próximo a morir ya que fallece en septiembre de ese año. Tomás, el padre de Micaela, reconocido militar que había luchado brillantemente en la Guerra de la Independencia y era famoso por sus hazañas bélicas, a la muerte de Fernando VII toma las armas para defender la legitimidad de la corona en la persona de Carlos María Isidro, hermano del monarca y heredero al trono según la Ley Sálica. El rey, poco antes de morir había derogado esta pragmática para que su hija Isabel, niña aún, no encontrara obstáculo a su sucesión. Ante esta eventualidad, Zumalacárregui, por propia convicción y persuadido de algún modo por Ángel Sagaseta de Ilurdoz, síndico de las Cortes de Navarra y primo político (las esposas de ambos eran primas carnales, nietas a su vez del carcarés y destacado pintor y dorador de retablos, Andrés de Mata y Martínez), sale un día por el llamado Portal de Francia, próximo a su casa, y tomando las armas se pone al frente del ejército carlista desatándose así la que se dio en llamar Primera Guerra Carlista.

Tomás de Zumalacárregui. Museo Zumalacárregui.

Pancracia de Ollo y de Mata, esposa de Zumalacárregui y madre de Micaela. Museo Zumalacárregui.

Apostadas a ese Portal de Francia, llamado después "de Zumalacárregui", lo vieron marchar su mujer y sus hijas para nunca más regresar.


Puerta de Francia o Portal de Zumalacárregui. Pamplona

Carlistas e isabelinos se enzarzan entonces en una lucha sin cuartel de la que surgirán tres brotes a lo largo del siglo XIX. Al ser Zumalacárregui tan destacado militar, en represalia, el bando enemigo le confisca sus bienes y detiene a su familia. Pancracia y las dos hijas mayores son recluidas en el convento de clausura de las Agustinas de Pamplona, y a la pequeña Micaela la retienen durante nueve meses en la Casa Inclusa de Villava. Tras un tiempo encerradas, esposa e hijas son sacadas del convento para ser exiliadas a Francia. La pequeña Micaela será rescatada más tarde por su tío Miguel, hermano de su padre, que servía en el bando contrario, y la lleva a Ormáiztegui, el pueblo natal del padre para ponerla bajo custodia del Padre Eusebio, sacerdote y hermano también de Tomás. Poco después consiguen entregarla a la madre que se encontraba en Burdeos junto con sus otras dos hijas.

Estando aquí, se queja Pancracia del mal trato del que son objeto por parte de las autoridades francesas, y así se lo hace saber por carta a su amiga Leopoldina de las Heras, esposa del general O`donell: “en ninguna nación han perseguido a las señoras; siempre han sido respetadas. Pues aquí, yo especialmente he sufrido una porción e atropellos, bajezas y humillaciones sin más que por ser esposa de Z. Dios me da bastante espíritu y serenidad para manifestarme con carácter a la canalla de los empleados de policía”.

Madre e hijas pasan de Burdeos a Libourne y en esta ciudad reciben la terrible noticia de la muerte de Tomás de Zumalacárregui, esposo y padre, a consecuencia de la herida producida por una bala perdida que le atravesó la pierna cuando el militar buscaba el mejor modo de tomar Bilbao. Ante la inminencia del fatal desenlace dicen que un notario preguntó al moribundo: 

-¿Qué deja usted, cual es su última voluntad?
-Dejo mi mujer y mis hijas, únicos bienes que poseo; no tengo más para dejar y todo lo poco que tengo es de ellas.

Catalejo de Tomás de Zumalacárregui que se conserva en el Museo Zumalakarregi de Ormáiztegui

Poco fue aquello, apenas algunos enseres personales de su condición de militar: tres caballos y una mula, alguna pistola, el sable, una espada, un catalejo, regalo de un general amigo, y poco más. Varios de esos objetos se conservan en el Museo que lleva su nombre, ubicado en Ormáiztegui, su pueblo natal.


Traslado de Zumalacárregui herido. Museo Zumalakarregi

A partir de entonces, la mujer e hijas del general sobreviven merced al auxilio económico de una suscripción promovida por personas afines a la causa carlista. El principal promotor fue un sacerdote de Tolosa llamado Francisco Antonio de Legorburu que consiguió además traerlas a esa ciudad guipuzcoana y alojarlas en una casa de la calle Correo. Madre e hijas pisaban por fin suelo español; emocionadas, no paraban de agradecer la ayuda a sus benefactores y así lo manifiestaba Pancracia por carta a Esteban Larrión, apodado El Majo, un señor de Abárzuza que residía en Estella, proveedor de los ejércitos carlistas de esa zona navarra. Esteban Larrión había mantenido buena relación con Zumalacárregui y en más de una ocasión  este se había alojado en su casa.

Y así, gracias a esas cartas dirigidas a El Majo sabemos que este le hacía llegar a Pancracia cestos con legumbres y otros alimentos. Esta correspondencia se guarda en el Museo del Carlismo de Estella.

Las dos hijas mayores tenían poca salud. En el año 1851, estando en Tolosa, muere Josefa, la segunda de las hijas y,  justo un año después, Ignacia, la mayor, ambas sin haber llegado siquiera a cumplir los treinta años.

Los títulos nobiliarios que conservaba Pancracia le daban cierto prestigio y contribuían a mantener vivo el  espíritu del mito que surgió tras la muerte de su marido, pero dinero no les reportaba. Las penalidades y angustias que arrastraban tampoco ayudaban a mantener el espíritu elevado. Solo la gran fe que depositaban en la religión católica las mantuvo serenas, como dejaban claro en las cartas que intercambiaban con amigos y conocidos. Y será esa relación epistolar lo que las mantenga de algún modo en sociedad. Buena parte de esta correspondencia se custodia en el Museo Zumalakarregi de Ormaiztegui.

Y así, sin poder superar del todo la desgracia de perder en solo dos años a las dos hijas mayores, se traslada Pancracia con Micaela a Vitoria, a vivir a casa de su hermano Joaquín, sacerdote y canónigo de su catedral. Años más tarde, Pancracia, que padecía de asma, muere en 1865 a consecuencia de esta enfermedad pulmonar a la edad de sesenta y seis años quedando ya Micaela huérfana. 

En la carta de condolencia que le remitió la princesa María Teresa de Braganza, esposa del pretendiente Carlos María Isidro, le ofrece a la joven un puesto de dama de honor que esta rechazó al haberse comprometido a cuidar de su tío Joaquín.
Se podría decir que es en este momento cuando Micaela quema sus últimos cartuchos, dejando pasar una oportunidad real de mejorar su estatus social en aras de asumir su responsabilidad familiar.

Quedaba pues Micaela, a sus treinta y dos años en Vitoria, una pequeña ciudad de provincias sin más aliciente que la correspondencia epistolar que mantiene con parientes y amigos y la compañía de su tío. A la muerte de éste queda ya sola, con la sola compañía de Florentina, su criada.

En momentos de apuro económico, acudía Micaela a un primo segundo llamado Eusebio Zubizarreta Dorronsoro, hijo de una prima carnal de su padre, que le prestaba gustoso lo que esta necesitaba, aunque le mantenía en deuda con él. A Eusebio lo nombran corredor de Comercio en la ciudad de La Habana y desde allí se cartean con asiduidad, dando repetidas muestras de sentido afecto familiar.

Eusebio Zubizarreta Dorronsoro. Museo Zumalacárregui.

En el año 1872 se desata la Tercera Guerra Carlista y, Micaela, recordando terribles tiempos pasados, se siente tan expuesta, que para asegurarse protección se traslada a Cárcar, el pueblo de su abuela materna. En Pamplona tenía también abundantes parientes por esa misma rama; el mismo Serafín de Mata y Oneca era primo segundo suyo; este, que entre otros muchos cargos era decano del Colegio de Abogados y secretario de la Diputación, seguramente se habría prestado gustoso a darle protección, dada la gran estima que sentía hacia el tío Tomás, pero Micaela concluye que es en Cárcar donde encontrará un plus de amparo y anonimato. A Cárcar, el pueblo de la familia materna de su madre, había acudido en no pocas ocasiones a visitar a sus parientes, principalmente a su tía Ambrosia, prima carnal de Pancracia, su madre.

Ambrosia López Bailo estaba casada con Francisco Jáuregui, de profesión prestamista; este señor, se podría entender que sería  de ideología liberal, dados los ascendientes de su entorno familiar, sin embargo todo indica que comulgaba con las tesis carlistas, pues en su casa acogía a personajes de esa ideología, como se verá en próximos artículos.  Su sobrino, Luis María Jáuregui Aristiguieta mantenía vínculo con la familia real española, al haberse casado con la nieta de María Cristina de Borbón Dos-Sicilias, viuda de Fernando VII.

El matrimonio Jáuregui  no tenía hijos y vivía tranquilamente en Cárcar en la casona de los antepasados de Ambrosia, situada en la Plazuela (hoy plaza Marín Sola) y  gustosamente acogieron a Micaela mientras existiera peligro para la joven de  ser perseguida por el bando liberal Y aquí se quedó con sus tíos durante un buen puñado de meses.


La llamada Casa Jaúregui, en la actualidad Plaza Marín Sola. Cárcar

Micaela se trajo de Vitoria a Cárcar solo sus pertenencias más personales, incluidas las joyas, además de la compañía de Florentina, su criada. Sus tíos eran ya mayores pero sus amigos carcareses estaban siempre pendientes de ella. Estos eran la familia Aranaz, los hijos del organista de la parroquia. Mantenía Micaela muy buena relación con ellos, especialmente con dos de las hijas, Victoria y Venancia, especialmente con esta última; estas jóvenes iban a buscarla a la hora de misa y daban largos paseos por los alrededores de la iglesia. Por las tardes Micaela se acercaba hasta la casa de sus amigas y pasaban horas charlando. También cuando venía de vacaciones Juan Cruz, uno de los hermanos varones, podía Micaela despacharse a gusto ya que colmaba de sobra su intelecto. Juan Cruz había cursado estudios eclesiásticos en Salamanca y Zaragoza. Se había doctorado en Teología y en aquel momento era catedrático del Seminario Conciliar de Pamplona. Cuando murió Pancracia, fue Juan Cruz el que se desplazó a Vitoria y se encargó de todo el papeleo testamentario, además de aconsejar a Micaela sobre los bienes que esta heredaba. Ella le llamaba cariñosamente “mi secretario”.

Placa dedicada a Juan Cruz Aranaz. Cárcar

Y luego estaba Alejo, don Alejo, otro de los hermanos Aranaz que era además el párroco del pueblo y en quien Micaela descargaba todas sus preocupaciones pues mientras ella residió en este pueblo navarro era él su confesor y director espiritual. Se podría decir que la estancia en Cárcar supuso para Micaela un tiempo de serenidad y sosiego, a pesar de estar muy pendiente de las noticias que llegaban de la guerra. Además, parece ser que un joven que estaba en el frente le quitaba el sueño, máxime cuando este se encontraba herido en un hospital de campaña. Se llamaba Ángel Santidrian, y por lo que le cuenta en las cartas a su primo Eusebio, parece dar a entender que estaba ocupando su corazón: “ya te decía en otras cartas que es un joven de mérito y de buena familia”.

En octubre del año 1873 muere la tía Ambrosia. El primer día de febrero del año siguiente Micaela escribe a la ciudad de La Habana a su primo Eusebio dándole cuenta  de este fallecimiento, de su situación actual y de su intención de quedarse un tiempo más con el tío Francisco: “aquí estoy todavía sin saber cómo ni cuándo  volveré a casa”. Y reitera: “aquí sigo con el tío hasta que se despeje algo lo de estas provincias”. Ella misma manifiesta pues el motivo que la retiene.

La mañana del día 22 de ese mes de febrero del año 1874, al ir a levantarse comprueba Micaela que no se encuentra bien. Enseguida advierte una erupción de pequeños puntitos por todo el cuerpo que el médico local no se atreve a diagnosticar, de momento. El tío Francisco delega en manos de don Alejo el manejo del asunto. Éste pide una segunda opinión médica y, al final, ambos galenos concluyen que se trata de un brote de viruela maligna, pero que al parecer no reviste gravedad, ya que con el paso de las horas no se aprecian complicaciones. Sin embargo, cuatro días más tarde y por lo que pudiera pasar, Micaela se decide a testar; lo hace ante el notario local don Manuel Ona. En dicho testamento se hace constar que nombra  cabezalero o albacea a don Alejo, y a su primo Eusebio, con quien se sentía en deuda, heredero universal de sus bienes. Al párroco le da las indicaciones oportunas para hacer el inventario de bienes y determina, caso de fallecer, ser enterrada en el mismo camposanto de Cárcar.

Tres días más tarde seguían manteniendo esperanzas, sin embargo, en la madrugada del día primero de marzo, asistida con impotencia por los médicos que nada pudieron hacer, y espiritualmente por don Alejo el párroco, muere Micaela en Cárcar a consecuencia de un brote de viruela a la edad cuarenta años.

Su cuerpo fue depositado en un ataúd de cinc y a hombros de voluntarios carlistas conducido el féretro, calle Mayor arriba, hasta la iglesia parroquial donde se oficiaron los funerales por su alma. Antes de ser depositado el cadáver en su sepultura se le rindieron honores militares con salvas, dada su condición de hija de oficial de tan alta graduación. Dicen que al sepelio acudió el General Concha, adversario de su padre. La sepultura se preparó concienzudamente de obra y con ladrillos macizos. Al poco se colocó sobre su tumba una lápida que costó 640 reales.

Sus últimas voluntades estuvieron gestionadas con precisión por el párroco don Alejo, quien con minuciosidad comunicó por carta al heredero los pasos que se iban dando hasta hacerle llegar los bienes de la finada. En uno de los últimos viajes que el cura hizo a Vitoria, siendo ya el año 1876, se encontró con una sorpresa inesperada; al revisar una vez más el baúl que contenía las pertenencias de Zumalacárregui, y que habían estado custodiando su esposa e hijas durante toda su vida, descubrieron que bajo una tela que cubría el fondo se encontraba cierta cantidad de onzas y medias onzas de oro de las que al parecer Micaela ignoraba su existencia. De haber tenido en vida conocimiento de poseer ese “tesoro”, probablemente no habría necesitado acudir al amparo económico de su primo.

Baúl de Tomás y Pancracia que Micaela conservaba de sus padres. Actualmente forma parte de la exposición permanente del Museo Zumalakarregi 

Este hallazgo dejó perplejo a don Alejo que no salía de su asombro, y así se lo manifiesta al heredero: “¡La Micaela tan curiosa, tan diligente en ver hasta lo último de su casita, y no ver aquella tela! ¿Y si la vio, si sabía su contenido, no decírmelo? ¿Y la madre no manifestarlo a su querida hija? pues señor, no lo comprendo, no lo entiendo y ved por qué os he dicho que mi viaje  (a Vitoria) me ha causado sensibles al par que gratas sensaciones. La primera porque estoy cierto que mi amiga ignoraba el tesoro que tenía, y lo segundo porque en parte se habrá cumplido su voluntad de pagar a su primo Eusebio”.

Algunos de los parientes intentaron conseguir algún recuerdo que había pertenecido al “tío Tomás”; este es el caso del anteriormente citado Serafín de Mata. Le pidió expresamente a don Alejo que persuadiera a Eusebio. Es por eso que el sacerdote le sugería a este que existía una cadena de oro del reloj de Zumalacárregui partida en dos, y la posibilidad de entregar a Serafín una de las dos mitades. Como no se conserva la carta de vuelta no sabemos si esa parte llegó finalmente a manos del famoso abogado.

Lo que sí sabemos es que Eusebio dispuso que se tomaran de esta herencia mil pesetas para misas en sufragio del alma de Micaela en Cárcar, y otras mil para repartir entre los pobres del mismo pueblo.

Lugar, detrás de la iglesia, donde estuvo ubicado el cementerio, y donde reposa Micaela Zumalacárregui.

El Camposanto de Cárcar, que se hallaba situado justo detrás de la iglesia, había sido construido en el año 1839 y se mantuvo allí hasta mediados del siglo XX, que por normas de salubridad pasó a ubicarse en el extrarradio del pueblo. Es entonces cuando se procedió a su desmantelamiento y saneamiento. Quien esto escribe ha indagado y consultado a personas que asistieron o trabajaron en las exhumaciones. La versión más creíble, por ser de algún modo la más oficial, refiere que entre otras, apareció una tumba de obra de ladrillo macizo sobre la que se encontraba un féretro de cinc, y en su interior el cadáver de una mujer envuelta en un vistoso mantón  de Manila y larga cabellera, y que tras la inspección, y en vistas de que la tumba ofrecía resistencia a su demolición, se optó por echar tierra encima y dejarla tal cual la habían encontrado, no así el resto de tumbas de las que recuperaron los restos y depositaron en un lateral de dicho camposanto. De ser como se asegura, los restos mortales de Micaela continúan en el mismo lugar en que fue depositada en el momento de su muerte, allá por el año 1874. Un jardín cubre a día de hoy el antiguo campo santo y bajo el parterre la triste historia de esta mujer, a la vez que las historias anónimas de cuantos con ella fueron enterrados a lo largo de los años en los que este cementerio estuvo vigente. 

Que este trabajo sirva para dejar que todos ellos ocupen su parte de la historia de este pueblo.
               Investigación y redacción: María Rosario López Oscoz 

Nota: para saber más sobre la ascendencia carcaresa de Micaela Zumalacárregui ver mi libro "López. Retazos de la Historia de Lerín y Cárcar a través de un apellido". (e.a.)2017.
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Para llevar a cabo este trabajo he necesitado consultar un buen puñado de documentos y páginas web, pero especialmente me he valido de: 
-Los archivos parroquiales y municipales de Cárcar. 
-Las cartas custodiadas en el Museo Zumalacárregui de Ormáiztegui y en el Museo del Carlismo de Estella.
Los libros: 
-“Mariano Benlliure o Recuerdos de una Familia. O`Donnell, Tuero, Benlliure”, de Pilar Tuero O`Donnell. 1962.
-“Zumalacárregui”, Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Madrid. 1898.
-“25 Cartas para una Guerra” de Arantzazu Amezaga Iribarren. -“Diccionario Biográfico de los Diputados Forales de Navarra (1840-1931)” de Ángel García-Sanz Marcotegui.
-“Revista Ilustrada de Banca, Ferrocarriles, Industria y Seguros”, dirigida por V. Rankin Díaz.

Agradezco también las atenciones y buena disposición de los directores de archivo de los dos museos mencionados, Mikel Alberdi y Silvia Lizarraga, respectivamente.