viernes, 24 de junio de 2022

EL QUE A HIERRO MATA A HIERRO TERMINA. Crónica negra de Cárcar.

Un arriero cualquiera transitando por los caminos. elcorreodeextremadura.com

Todos los pueblos arrastran una crónica negra que solivianta por un tiempo la paz habitual de sus vecinos y deja una huella que tarda en borrarse. Cárcar también la tuvo. 

Acababa el siglo XVIII y en Urdiáin, un municipio situado en el valle navarro de la Burunda, el arriero del pueblo se disponía  a preparar su carga. Era bien conocido en la comarca ya que se ganaba la vida comprando y vendiendo género. Conocía bien los caminos por los que transitaba y procuraba llegar con celeridad a su destino, máxime cuando transportaba productos perecederos como era el caso del pescado. Los pueblos alejados del mar valoraban mucho estos alimentos y los lugareños a los que atendía se alegraban cuando le veían venir con su recua de machos. Tres eran los animales que la componían y de los que se valía para su recorrido comercial. Sobre el cuello del zaguero colocaba un collar de campanillas cuyo sonido servía para anunciar su llegada. Además, era también reconocible por su atuendo ya que vestía de forma habitual el típico traje burundés: jubón blanco con mangas y sobre este otro encarnado sin ellas, calzón de paño negro a cuyas piernas se ceñía unas polainas del mismo tejido, zapatos y un cinturón con cartera para llevar papeles.  Encima de los jubones una chupa forrada de paño negro de bolsillos con tapa y botones, y sobre la cabeza una montera de paño negro con ribetes de terciopelo de algodón. Por un por si acaso, también un “capusai” con el que protegerse de la lluvia y el frío, atuendo también habitual en la zona y que guardaba en una de las caballerías. 
 
Hombre vistiendo un capusai

Por la proximidad de Urdiáin con la provincia de Guipúzcoa este hombre acostumbraba a comerciar con pescado, generalmente sardinas, que vendía después en la zona Media y Ribera de Navarra. 

Era una fría mañana del 16 de febrero del año 1799. El arriero cogió dos cargas de sardinas que había adquirido y las introdujo debidamente en los dos primeros machos; ajustó luego en el tercero una carga más, esta de cacao, e introdujo en las alforjas cinco pellejos de vino vacíos para traerlos a la vuelta llenos de buen vino ribero con el que sacarle también algún rendimiento para la economía familiar. Le hacían buen servicio estos pellejos a los que les había grabado sus iniciales para reconocerlos. Con todo listo salió de su casa muy de mañana. 
Su llegada era esperada en ventas y posadas. La gente enseguida advertía su presencia al oír el tintineo de las campanillas. -¡Mirad, ya llega Cascachuri!, se escuchaba a su paso. Ese era el apodo por el que se le conocía, aunque su nombre de pila era Juan Miguel. 

Dos días después de su salida de Urdiáin, el dieciocho, a eso de mediodía, Juan Miguel llegó a Larraga, puso en venta las sardinas en la posada y dejó al posadero “para que se las vendiera a cuia cuenta le dieron un doblón de oro y otro de 20 reales de cordón, porque dijo no tenía moneda menuda”; de ahí se fue a Tafalla con idea de despachar una parte de la carga del cacao. Para el día veinte se encontraba ya en Falces donde ofrece su producto a los comerciantes del pueblo, para recalar horas después en Peralta y seguir haciendo lo propio. Como todavía le quedaban por vender dos fardos de cacao continúa la ruta. En Peralta hace saber de su intención de dirigirse a Lodosa, pero toma sin embargo la carretera que conduce a Lerín. A este tramo se le llamada carretera porque por ella podían transitar carros y carretas pero no dejaba de ser un trazado tortuoso de tierra con abundantes baches que los carreteros se veían obligados a sortear por el peligro cierto de que en cualquiera momento se le acabara rompiendo a la carreta una ballesta.  Aun así, estas “carreteras” permitían transitar con más comodidad que por los llamados "caminos de herradura", que no dejaban de ser poco más que sendas. Era pues ésta una carretera de trazado recto que partía de Peralta y transcurría a través de montículos y laderas sin atravesar ningún pueblo hasta llegar a Lerín.

Sorprende que el arriero no siguiera ruta hacia Andosilla, que le hubiera permitido vender algo más de cacao en la posada, y también en la Venta de Cárcar que estaba de camino, más aún cuando había  manifestado  su intención de tomar ruta hacia Lodosa; por eso llama la atención su cambio de planes, que da a entender que de pronto le entró la prisa, o que algo de su plan se le torció. 

Atravesando pues los términos de Andosilla y Cárcar de esa carretera se adentró en los de Lerín. Caía la tarde por lo que apresuró el paso para alcanzar el pueblo antes de que se le echara la noche encima. 

Por el paso entre Mondiuso y la corraliza de La Sarda, propiedad entonces de Pedro Lozano, había un corral al que llamaban de Calbo, muy próximo a la carretera. A esa altura le abordaron dos hombres que hicieron ademán de acompañarle, a la par que intentaban entretenerlo conversando con él. Estos eran Sebastián y Tadeo, dos individuos de Cárcar de no muy buenas costumbres que le habían interceptado en Peralta y le venían siguiendo los pasos. A pesar de que el arriero reconoció a Tadeo como el hijo de la tabernera de Cárcar, pronto fue consciente de las intenciones de estos sujetos, pero no se sobresaltó de momento. Les dijo que apenas llevaba dinero encima pues había dejado las cargas de sardinas sin terminar de vender en Larraga. Les enseñó papeles que demostraban que vendía muchas veces a fiado por lo que tenía bastantes deudores. Ellos no le creyeron y mientras Sebastián lo entretenía conversando, Tadeo se hizo con las riendas de los animales. Sin atreverse a oponer resistencia, de momento, lo fueron sacando del camino y pasando por la zona de La Baigorrana lo adentraron hacia término de Los Pintaos, alejándolo de la vista de posibles testigos, conduciéndolo finalmente  senda abajo hacia la presa del regadío de Cárcar, todo ello en terreno lerinés. 

Presa de Cárcar. Foto: Charo L. Oscoz

El arriero, sintiéndose acosado y viendo que la cosa se le complicaba se quiso zafar, pero en ese momento Sebastián le propinó un “pastrón” (bofetón) y lo tiró al suelo. Como el desgraciado Cascachuri forcejeaba, sacó Tadeo una navaja grifera y se la clavó hasta en ocho ocasiones entre el cuello y la cabeza, cinco de ellas mortales de necesidad, según declaró días después el médico forense. En el calentón, siguió Tadeo atacando al arriero, esta vez con la culata de un trabuco que traía, hasta dejar al hombre muerto y tendido en el suelo. 

Estos dos sujetos eran de esos que causaban inquietud entre sus vecinos y que particularmente afeaban la buena fama que arrastraba Cárcar en el contorno, de ser gente noble y especialmente honrada. Pero en todas partes cuecen habas y este pueblo tenía también las suyas propias. Hacía mucho que a Tadeo y Sebastián no se les reconocía oficio ni beneficio, pero sí que se les veía sin embargo manejar dinero del que nadie sabía su procedencia. Según el decir de algunos se dedicaban al contrabando y lo cierto es que muchos días no dormían en casa, particularmente Tadeo. Esto hacía que este, unido a su comportamiento, discutiera de manera habitual con Teresa, su mujer, que estaba bastante harta de él. En más de una ocasión, y tras una pelea en la que llegaba a casa “pasado de vino”, el sujeto se había ido a dormir al pajar.  Sebastián, por su parte, estaba casado en segundas nupcias desde hacía apenas un año, pues la primera mujer había  falleció dejándole tres hijos; y no fueron cuatro porque este se malogró en el parto llevándose consigo también a la madre. 

Tadeo, que era más joven, tenía una niña de tres años y a su mujer embarazada y a punto de salir de cuentas. Sebastián se dejaba llevar por su compinche y esa compañía no le reportaba nada bueno; él trabajaba algunos días en el campo, pero cada vez que Tadeo le buscaba para algún asuntillo que implicaba casi siempre trapicheos y contrabando de tabaco, siempre estaba dispuesto a acompañarle. Eso les mantenía ocupados en horas en las que el resto de habitantes del pueblo dormía, por lo que de día se pasaban muchos ratos tumbados mientras los demás trabajaban. En el pueblo se decía de ellos que “eran de conducta sospechosa y no querían aplicarse al trabajo”

Como la madre de Tadeo regentaba la taberna del pueblo, este  era bien conocido por los tratantes que paraban en su establecimiento a repostar. Por eso, cuando se abrieron diligencias por el caso de la muerte del arriero, alguno de estos tratantes dijeron haber visto esos días a Tadeo merodeando por Peralta cuando Cascachuri negociaba la venta de cacao. En ese mundillo mesonero se rumoreaba también que el arriero de Urdiáin llevaba siempre mucho dinero en los bolsillos, y eso Tadeo lo sabía; así que puso en aviso a Sebastián y calculándole los pasos le siguieron. 
 
Cuando vieron que Cascachuri tomaba rumbo a Lerín se adelantaron por atajos y lo abordaron a la altura del corral de Calbo, y allí empezó todo. Ahora tenían ante sí el cuerpo del delito. Ciertamente no habían pensado llegar tan lejos ya que la intención era robarle, pero la cosa se les había ido de las manos y ya no había vuelta atrás; a lo hecho, pecho; lo que urgía ahora era pensar en qué hacer y cómo deshacerse del cuerpo borrando toda huella que los inculpara. 

Como carecían de escrúpulos registraron el cadáver con objeto de quitarle todo lo que llevara encima de valor. En la bolsa del cinturón  guardaba el arriero muchos papeles donde apuntaba las cantidades que le debía la gente, y al parecer era mucho -según después comprobaron ellos mismos-, pero en la cartera que llevaba en el cinturón apenas le encontraron “un solo doblón de cinco pesos y unas cuantas pesetas”. Sin embargo, en el baste de uno de los machos descubrieron que llevaba  escondidos cuatrocientos pesos. De no ser porque el arriero se había resistido, entre ese dinero y el que podrían obtener de la venta del cacao, pensaron que la noche les habría salido redonda; aun así, si conseguían colocar bien ese producto en el mercado negro, este les rentaría unos buenos dineros que compensara el terrible acto que acababan de cometer. Sabían bien donde venderlo y a quien, por lo que de momento  era necesario ponerlo a buen recaudo. Pero primero tenían que hacer desaparecer el cuerpo del delito y los tres machos, así como todos los enseres que les pudieran delatar. Borrar todas las huellas les iba a dar mucho trabajo aquella noche.

Aguas arriba de la  presa. Foto: Charo L. Oscoz

Cargaron el cuerpo del arriero muerto sobre uno de los machos y se encaminaron con la recua hacia la presa de Cárcar, próxima al lugar donde se encontraban, buscando aguas arriba el sitio donde el terreno es más escabroso. Ajustaron bien el cadáver a la caballería, a la que ataron también otros enseres y empujaron fuerte hasta despeñarlos en el río Ega. Con el caudal en ese punto a su favor, este emplazamiento resultaba el más idóneo para hacer desaparecer las pruebas del delito en aquella siniestra noche. Quisieron hacer lo mismo con los otros animales pero estos se resistieron.

Escarpado por donde debieron de tirar hasta el río al arriero y al macho. Foto: Miguel Cruz

En vista de que no lo lograban, cargaron el cacao y el resto de enseres del arriero en los dos jumentos que quedaban y buscaron un vado aguas abajo donde pasar al otro lado del río por entre la zona de La Cerrada. En un lugar llamado La Casilla, propiedad de un tal Javier Laserna, ocultaron: los pellejos de vino, una manta, una soga y otros aparejos de los machos; y en otro lugar, que el sumario nombra como La Texería,  las cargas de cacao. Tomaron entonces las caballerías y las intentaron sacar, tanto de terreno de Lerín como de Cárcar, por lo que al llegar a una viña en término de Sesmilla, ya pasada la muga de Sesma, las dejaron atadas a unas cepas.  Con la manta, la chupa y una alforja que les quedaba del arriero, volvieron a cruzar el río en algún punto donde el caudal se lo permitía, ya en terreno de Cárcar, y continuaron aproximándose al pueblo, prestando especial cuidado de no arrimarse demasiado a las inmediaciones de la ermita de la Virgen de Gracia, a la que bordearon. Aquel santuario mariano les acusaba en sus conciencias por la espeluznante acción que acababan de cometer. Pasando la Tierranueva y la Badina llegaron al término del Aguatocho y, allí, en un olivar propiedad de un hermano de Sebastián, cavaron dos hoyos donde depositaron los últimos enseres de Cascachuri. Acabada por fin la nocturna y siniestra acción, se encaminaron hacia el pueblo trataron de llegar sigilosos a sus casas mientras las buenas gentes del lugar, ajenas al terrible acto cometido por sus paisanos, dormían todavía.

Vista parcial de Cárcar. Foto: Avelina Sanz

A la mañana siguiente, día 21, tras la noche de insomnio y con los huesos doloridos por los excesos, Sebastián se dirigió a casa de Tadeo para continuar con el plan. Como la mujer de Tadeo se encontraba presente, le puso la excusa de requerirlo para que le acompañara a tratar unos asuntos en Andosilla. Viendo que Teresa protestaba y no le dejaba ir, Tadeo se tumbó en la cama enfadado y se durmió hasta la hora de comer; tal era el cansancio que arrastraba. Ella pudo considerar después el motivo de tan visible agotamiento. Esa noche del día 21, ya madrugada del 22, Teresa, que estaba a punto de salir de cuentas, ajena a los líos en los que estaba metido su marido, se puso de parto. Tadeo, en lugar de atenderla y quedarse con ella, se marchó bien de madrugada de casa diciendo que tenía que llevar una carta a un amigo. No regresó hasta la noche y para entonces Teresa ya había dado a luz asistida por la partera del pueblo, una señora apodada La Ladina. Ese modo de actuar molestó, o más bien alertó a la mujer, pues a pesar de que el comportamiento de su marido hacia ella no era en general bueno, esto sobrepasaba los límites; aunque en un primer momento no supo a que atenerse. Dos días más tarde los abuelos maternos llevaron al recién nacido a bautizar apadrinándolo ellos mismos y pidiendo para él el nombre de Pedro Josef.
 
Mientras tanto, Tadeo y Sebastián habían alquilado una mula a un señor del pueblo con la que realizaron varios viajes para pasar el cacao “a Castilla” y venderlo en Calahorra. La primera vez lo hicieron desde Sartaguda pasando el Ebro en la barca. Entregaron a la barquera cuatro duros por el servicio, y llegados a Calahorra, ofrecieron la carga a otro traficante que no les pagó de momento. Volvieron a pasar el Ebro el día 28, esta vez por el puente de Lodosa donde sobornaron en arbitrios a un familiar encargado del puesto, y esta vez sí que cobraron. 

Mientras tanto, en la madrugada del día 21 ya se habían encontrado los dos machos abandonados y atados en la viña de Sesmilla, lo que levantó sospechas. 

Remanso de la Presa de Cárcar. Foto: Charo L. Oscoz

El día 25 apareció aguas abajo de la presa, en la playa del Regadío de Cárcar, el macho muerto: “ahogado y trabado con dos ataduras, baste, dos arpilleras, una manta de lana, dos alforjas, dos sobrebastes y un caposay, todo atado con una soga de cerda”, según constaría después en el sumario. Se abrieron enseguida diligencias judiciales y se procedió a inspeccionar el rio por esa parte en busca del dueño de los animales. Como la búsqueda no daba resultados, dos días más tarde se dio aviso a los pescadores de Cárcar para que rastrearan el río, pero tampoco encontraron nada. Pidieron entonces ayuda a los pescadores de Miranda y el día primero de marzo  hallaron el cadáver de Juan Miguel justo en el boquete de la paradera cercana al sitio donde se había encontrado el macho muerto. Rescataron el cuerpo y lo llevaron al Santo Hospital de Lerín donde fue puesto en manos del cirujano local, Manuel de Uxaravi (Ujarabi), que le practicó la autopsia. En el detallado informe forense que presentó este médico se decía que el sujeto no había muerto por ahogamiento, ya que no presentaba signos de líquido en los pulmones y tampoco tenía roces en las yemas de los dedos, signo inequívoco que presentaban los cadáveres en estos casos al tratar de agarrarse a algo en un intento de liberarse de las aguas;  presentaba sin embargo hasta ocho heridas punzantes y signos de haber recibido golpes con instrumento contundente en el cuello, bajo el hueso petroso, laringe, mandíbula inferior y demás detalles que venían a confirmar  que el individuo había muerto de forma violenta antes de ser introducido en el río. 
 
Tocaba ahora pues identificar el cadáver. Por el atuendo enseguida supusieron que venía de la zona norte, por lo que se mandó llamar a los posaderos de Lerín por si alguno aportaba algún indicio, y  “algunos reconocieron el cadáver”  diciendo que era Cascachuri, el arriero de Urdiaín. Hechas las diligencias y el informe forense ese mismo día primero de marzo fue llevado el cadáver “dentro de la parroquial por su cabildo eclesiástico” y después de celebrar sus exequias lo introdujeron “en una sepultura que hay en mitad del cuerpo de la iglesia frente a la puerta del coro”

En la parte inferior de la foto, el lugar donde enterraron al arriero en la iglesia Santa María de Lerín. Foto: Charo L. Oscoz

Quedaba pues reconstruir los hechos y llevar a cabo una exhaustiva investigación que diera con los  culpables. Varias personas de los alrededores fueron detenidas. Entre los sospechosos enseguida se apuntó hacia Sebastián y Tadeo por lo que fueron también a por ellos. El día 5 de marzo se presentó la autoridad en casa de Sebastián y lo apresaron llevándolo a la cárcel de Lerín; para cuando fueron a por  Tadeo éste había huido. Tan huido, que ya no se supo más de él, y como cada vez las pruebas eran más concluyentes, la investigación pericial se centró ya en ellos dos.

Los numerosos testigos llamados a declarar ofrecieron pruebas categóricas y fue el propio Sebastián el que dio algunas pistas al entrevistarse en la cárcel de Lerín con un pariente al que, con sigilo, pidió que borrara las huellas dejadas por ellos bajo los olivos del Aguatocho. Se comprobó este punto y, finalmente, a las siete de la mañana del día 28 de marzo de 1799 se condujo finalmente a Sebastián a las cárceles de Pamplona, siendo custodiado en el trayecto por el alguacil de Lerín y asistido por “varios acompañantes de su confianza”. Fue detenido también y llevado a Pamplona, Antonio, el hijo mayor de Sebastián, un chaval de catorce años al que soltaron en cuanto comprobaron que no había tenido parte en el asunto.

Constan en el sumario más de ciento cincuenta testigos llamados a declarar, desde familiares de los sospechosos hasta la propia mujer y parientes del arriero; y hasta el sastre que confeccionó el traje que Cascachuri llevaba el día de autos. Un total de quinientos cincuenta y siete folios ocupó el sumario, y gracias a las diligencias llevadas a cabo, poco a poco se fueron encontrando las pertenencias del arriero en los distintos puntos donde habían sido escondidas por los malhechores, incluidos los pellejos marcados con sus iniciales. Las exhaustivas indagaciones concluyeron en determinar finalmente que los autores materiales del asesinato del arriero habían sido Sebastián y Tadeo. No obstante a esto, Sebastián, que declaró en repetidas ocasiones, “siempre niega los hechos, por más detalles y testimonios que le presentan, y así firma su inocencia el 31 de julio de 1799”.
 
En la vista del juicio, el fiscal acusó grave y criminalmente a Tadeo (ausente) y a Sebastián de la muerte violenta llevada a cabo en la persona  de Juan Miguel Goicoechea: “y aunque este reo niega con obstinación que fuese él, resulta convencido y demostrado haberlo sido por repetidos indicios tan vehementes y graves que coartan el entendimiento a creerlo así y ponen delante de los ojos con la maior evidencia que ellos y no otros fueron”.  El ministerio fiscal concluye: “y siendo de derecho divino y humano que el que mata a otro con dolo, malicia y alevosía muera por ello, la vindicta pública, la Justicia, la Ley y la sangre inocente del arriero Juan Miguel Goicoechea claman porque a estos dos reos se les separe de la sociedad y condene en la ordinaria de muerte con las qualidades correspondientes a tan atroz y alevosa muerte. Por tantoSuplica a V.M. se sirva condenarles en las maiores y más graves penas criminales y civiles en que han incurrido, conforme a Fuero y Leyes de este Reyno, especialmente en la ordinaria de muerte, mandando que cortándoles la cabeza y mano se fijen en los sitios y parajes que la Corte acordare y puedan contribuir para ejemplo, terror y escarmiento de otros, que así es de Justicia que pide con costas. Pamplona 24 de diciembre de 1799”.

Lerín, plaza de la Constitución. Lugar donde ajusticiaron al reo. Foto: Charo L. Oscoz

El fallo final no se produjo hasta un año después, y venía a ratificar lo que había solicitado el fiscal, por lo que: “debemos condenar y condenamos (…)”. Y  a que “después de conducidos a la Torre y cárcel pública de la villa de Lerín, sean sacados de la misma en cada bestia de baste y una soga al cuello, y llevados por las calles públicas y principales de dicha villa a son de trompeta y voz de pregonero, que publique su delito, hasta una de sus Plazas públicas en donde habrá puesta una horca y en ella serán ahorcados por el Ministro executor de nuestra Alta Justicia, hasta que naturalmente mueran, y nadie se osado quitar sus cuerpos cadáveres sin expresa licencia de nuestra Corte o su comisionado para entender en la execución, pena de que será castigado con el maior rigor”(…) “y a que después de muertos se les corte la cabeza y mano derecha y éstas sean colocadas junto a sitio o paraje del río en que se encontró el cadáver del arriero y dichas cabezas, cerca del Corral de Calbo en el término de Lerín donde lo asaltaron”

Tadeo cargaba sobre sí una sentencia de muerte que por ausencia jamás cumplió, por lo que todo el peso de la ley recayó enteramente en Sebastián que ahora esperaba el momento de su ejecución en la cárcel. Una sentencia que angustiosamente se alargaba a consecuencia de un suplicatorio que se elevó al tribunal y que hizo esperar casi un año más hasta que este resolviera. La sentencia al suplicatorio del Real Consejo se vio el día 10 de noviembre del año 1801, que finalmente confirmaba la anterior, aunque en atención a las alegaciones presentadas por la familia se modificaba la pena ordinaria de horca por la de garrote

Tras ello se cursó notificación al Virrey que dio el visto bueno para que se procediera a cumplir la sentencia. Para llevarla a cabo se proveyó de la asistencia de un sargento, cabo y diez soldados para la custodia y seguridad del reo; del mismo modo se dio orden de que se avisase al ejecutor de la Alta Justicia (verdugo) para que “a las cinco de la mañana se ponga en camino para dicha villa”. Y de este modo se firma finalmente el 10 de noviembre del año 1801. Justo el día 11 sale de Pamplona la comitiva con el reo  llegando a Lerín a las cinco de la tarde. Con todo sigilo es conducido el preso a una casa particular, por no reunir condiciones la cárcel de la villa para pasar la noche en  “capilla” hasta el momento de la ejecución.

Museo Reina Sofia. Título: Garrote vil. Autor: Ramón Casas i Carbó. 1894

A las once de la mañana del día 14 se procedió a ejecutar la sentencia. Un numeroso público se congregó en la plaza de la iglesia; tanto, que se tuvo que echar mano de una partida de soldados de Logroño que se hallaban en ese momento en Lerín al mando de un capitán. Este capitán formó a los soldados en círculo para contener al tumulto. La comitiva avanzaba por la calle Mayor hasta la plaza de la iglesia el donde se encontraba instalado el patíbulo. El pregonero iba delante leyendo la sentencia y los alguaciles custodiaban al preso. Dispuesto el cadalso en el centro de la plaza, el verdugo procedió a aplicarle el garrote vil que terminaba con la vida de Sebastián. Con este acto el reo pagaba ante la ley, según sentencia del juez, por el asesinato con dolo, malicia y alevosía en la persona de Juan Miguel Goicoechea.

Lerín, plaza de la iglesia. Grabado de Nemesio Lagarde. Año 1875

A eso de las tres de la tarde se pasó a cortarle al cadáver la cabeza y mano derecha para ser fijadas en los lugares determinados por el juez. Por ser hora ya tardía esta última acción se dejó para al día siguiente. Mientras tanto, los despojos del ajusticiado fueron entregados a la Cofradía de la Vera Cruz o Caridad de Lerín, que lo condujeron al interior de la iglesia donde el cabildo celebró un funeral solemne, dándole finalmente sepultura en el mismo templo “debajo del agua benditera, entrando por la puerta principal de la  única Plaza de la Picota donde se ejecutó la sentencia, quedando en poder del ejecutor y su criado la cabeza y mano del reo”

A la mañana siguiente se colocó la cabeza en una jaula de hierro, que había hecho para el caso el herrero de Lerín, y se llevó hasta el corral de Calbo donde se fijó sobre un madero. Se hizo lo propio con la mano en las inmediaciones de la Cerrada, junto a la presa de Cárcar. Mil doscientos treinta y seis reales y doce maravedíes fue el montante de gastos que ocasionó la ejecución, entre pagar a los carpinteros que se encargaron de hacer el cadalso y los maderos, al cerrajero que hizo la jaula para contener la cabeza y mano, a los dueños de la casa donde dejaron en capilla al reo, alguaciles, tropa, pregonero, caballerías a jornal, gastos en la posada, papeleo, etcétera, y especialmente al verdugo, que cobró cuatro onzas de oro por sus servicios.

Los dos puntos donde quedaron enterrados el ejecutor del delito (debajo del agua benditera) y la víctima (frente a la puerta del coro) en la iglesia de Lerín. Foto: Charo L. Oscoz

De este modo quedaron expuestas públicamente la cabeza y mano de Sebastián, sin que nadie osara tocarlas ni retirarlas. Nadie, hasta que dos meses más tarde, el día 17 de enero, festividad de San Antón, alguien, aseguran que dos hombres, uno a pie y el otro a caballo, junto a un menor de raza negra, “habían bulcado el madero quitando la red donde se allaba la cabeza y metida aquella en una alforja, se partieron con ella hacia donde estaba colocada la mano del mismo”

Al parecer estos enigmáticos individuos, tras rescatar los miembros del ajusticiado que se exponían para advertencia de las gentes, se volvieron en dirección a Cárcar. Hasta cincuenta testigos declararon en este caso tras la nueva apertura de diligencias y muchos de ellos dijeron haber visto de lejos a estos sujetos, pero no pudieron o no quisieron identificar. 

Aguas abajo de la presa estuvo la mano de Sebastián colgada sobre un poste. Foto: Charo L. Oscoz

¿Quién era aquel individuo vestido de negro que cabalgaba junto al joven de color (probablemente un sirviente), y que se dejaban acompañar por un tercer individuo que caminaba a pie y que les guiaba hasta el lugar? ¿Era tal vez miembro de alguna hermandad de caridad y misericordia con los ajusticiados, que iba por los caminos rescatando los despojos de aquellos que habían perecido bajo el peso de la ley y darles después cristiana sepultura? Es posible, pero no sacando nada en claro, el caso se archivó finalmente el día 25 de abril de 1802. 

Triste suceso que quedó en la memoria colectiva e innombrable de los pueblos de Cárcar y de Lerín durante muchos años. El sumario aporta el dato de que enseguida Josefa, la mujer de Sebastián, “se fue a vivir a un pueblo de Zaragoza”, seguramente para emprender una nueva vida y evitar la estigmatización. Treinta y dos años tenía en aquel momento la mujer. Como era madrastra de los hijos de Sebastián, dejaría a estos en manos de la familia del padre que tuvieron que cargar con la mancha de ser hijos de un ajusticiado. Teresa y sus dos hijos tampoco quedaban en mejores condiciones. De Tadeo, solo Dios sabe que pudo ser de él. 

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Redacción: María Rosario López Oscoz
junio 2022
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Para reconstruir los hechos me he basado principalmente en los testimonios y pruebas del sumario. ES/NA/AGN/F017/023923

Mientras tenían lugar estos hechos, otro paisano, Vicente Martínez Monreal, se desvivía por traer a Navarra la primera vacuna contra la viruela que salvó miles de vidas humanas. (hacer click aquí para ver)

viernes, 3 de junio de 2022

DESIDERIO PAGOLA, INSPECTOR DE OBRAS PÚBLICAS

 

Tampoco podía faltar en Cárcar algún exponente del gremio de ingenieros, como Desiderio Pagola López Gil.

Obra pública de la época en La Rioja. Foto: Alberto Muro

Desiderio nació en Cárcar (Navarra) el día 11 de febrero del año 1864. Sus padres eran Vicente Pagola Sánchez, natural de Cárcar, y María Asunción López Gil y Díaz de Rada, que procedía de El Villar de Álava. A ese pueblo alavés se había trasladado Vicente para casarse con María Asunción en el año 1858. Al mes de la boda se velaba el nuevo matrimonio en Cárcar y aquí se establecieron.

La familia Pagola eran propietarios agrícolas  y tenían además un trujal de aceite en la parte trasera de su gran casona situada en el número 37 de la calle Mayor. Vicente y María Asunción tuvieron varios hijos; los dos primeros murieron al nacer. Tras ellos llegó Desiderio,  que en la pila del bautismo de la iglesia San Miguel de Cárcar recibió el nombre de Desiderio Saturnino. Dos años más tarde llegará Cosme Damián, al que le siguieron Tarsicio Alipio, Josefa Leandra y Severino. De entre ellos, Desiderio y Cosme hicieron carrera universitaria. Cosme se licenció en Derecho Civil, Canónico y Derecho Administrativo, en la Universidad Central de Madrid (hoy Complutense), y Desiderio se decantó por la ingeniería. Estudió en la Facultad de Ciencias, también de la Universidad Central, y se licenció como ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, doctorándose finalmente en el año 1891. 

Los periódicos de la época se hicieron eco de algunos de sus proyectos; estos medios recogían también las críticas a los gobiernos por la demora en llevarlos a cabo; sobre este tema decía el diario La Rioja del día 26 de noviembre de 1898: “hace unos ocho años que el proyecto de carretera provincial de Rincón de Soto a Arnedo, atravesando Aldeanueva, Autol y Quel, pasó al estado; nos han hecho concebir la esperanza de que nuestros justos deseos se llevarían a cabo: últimamente el ilustrado ingeniero don Desiderio Pagola, con personal a sus órdenes hizo trabajos de campo en mayo último, habiendo quien aseguraba por entonces que, debido a altas influencias, para principios de invierno se subastarían las obras pero no lleva trazas de realizarse…”. Aquí ya se advierte que para ese año Desiderio era ya un ingeniero de prestigio.

Gracias a esos rotativos he podido rescatar algunos de los proyectos que llevó a cabo Pagola: entre otros se encuentran el plan que realizó en 1901 para construir un puente sobre el río Oja en la localidad de Santurde de La Rioja, que si bien ese proyecto no se llevó a cabo en su momento, sí que se aprovechó para su posterior construcción.  En el año 1903 hizo otro para construir la carretera vecinal que transcurría desde Calahorra a la Barca de Azagra (OP-C/186/02). En 1920 diseñó el puente de los Baños de Fitero y el anteproyecto de la carretera de que iba de la Venta de la Estrella a Sala de los Infantes.  

Puente de los Baños de Fitero. Foto AGN

El día 19 de diciembre del año 1913 es nombrado Ingeniero Jefe de Administración de cuarta clase, del Cuerpo de Caminos Canales y Puertos, cargo que empezó a desempeñar en Logroño, y donde ya transcurriría toda su vida laboral. 

En 1915 salió a subasta en Logroño el proyecto para acondicionar la nueva sede del local de oficinas de Obras Públicas del Estado, que se debía ubicar en el número 17 de la calle Once de Junio, ocupando el lugar donde anteriormente se encontraba el Gobierno Civil. Se habilitaría para el caso el segundo y tercer piso de la parte derecha del edificio. Gracias a su publicación en la prensa se conoce el número y oficios que desempeñaba el personal de oficinas que Desiderio tenía a su cargo: tres ingenieros, cuatro ayudantes, cuatro sobrestantes, un pagador, dos delineantes, seis oficiales de jefatura y dos ordenanzas.  Fue pues Pagola el responsable del estudió y aprobación de la totalidad de las obras públicas que se acometieron en esos años en la provincia: mejoras y acondicionamiento de firmes de carreteras, nuevos tramos, puentes, etcétera. 

En la página 677 del BOE, del uno de mayo de 1926, se da cuenta del ascenso de Desiderio a Ingeniero Jefe de primera clase, o Director de Obras Públicas

Finalmente, el día 27 de abril del año 1931, Desiderio es nombrado Consejero Inspector General del Cuerpo de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. El nombramiento lo firmaba Niceto Alcalá Zamora en calidad de Presidente del Gobierno provisional de la República. Pagola venía a sustituir a José Luis de Mier y Miura que se jubilaba.  En ese momento Desiderio tenía ya sesenta y siete años por lo que por edad no pudo ejercer el cargo ya por mucho tiempo.


Foto tomada del blog: Historias del comercio y la industria riojana https://historiasdelcomercioeindustriariojana.blogspot.com/2018/01/gran-hotel-comercio-logrono.html

Desiderio nunca se casó, fue un solterón empedernido que gozaba al parecer de muy buen humor. Tampoco tenía vivienda propia. Durante su vida laboral se hospedó siempre en el Gran Hotel del Comercio, situado en el número 6 de la entonces calle Tirso Rodrigañez, actual Avenida de La Rioja. Este hotel estaba situado en la mejor zona de Logroño; una de sus fachadas daba al Paseo del Espolón y la otra a la estación del ferrocarril. El local era muy cómodo y satisfacía todas sus necesidades. Además, este establecimiento tenía mucho prestigio (en él se hospedaba la alta nobleza cuando viajaba a Logroño) y era un lugar de mucho devaneo; no pocos médicos dentistas, ópticos y otros gremios pasaban consulta en sus salones. y era también el lugar de hospedaje preferido de los viajantes de toda España, ya que, a decir de los entendidos, el hotel era como una pequeña galería comercial donde se brindaban variedad de servicios. 

En este ambiente vivía Desiderio diariamente y así lo atestiguan los párrafos que que sobre él escribió el famoso catedrático y académico soriano, Clemente Sáenz García, y que apareció en el número 2.757 de la Revista Obras Públicas del año 1945: “a Logroño, donde hacía treinta años, en los recovecos del Hotel Comercio, había montado una cátedra magistral de humorismo ingenieril, que regentaba un jefe sin par, don Desiderio Pagola, solterón empedernido que en los frecuentes cambios de dueño del establecimiento, venía siendo catalogado como un número más en el inventario del traspaso”. Un hombre pues, que según este ingeniero soriano se mantuvo fiel a residir en este establecimiento a pesar de los distintos traspasos. Y un apego tal que hizo que nunca anhelara vivienda propia. La envidiable ubicación del hotel le permitiría dar sus buenos paseos por la Avenida del Espolón y pasar las tardes en el café Comercio de la planta baja del edificio en el que permanentemente se hospedaba, acompañado de colegas y amigos. 

Sobrinos y sobrinos nietos de Desiderio en la berlina familiar, aquella que mandaban a Logroño para recogerle. Foto: Cárcar, impresionses, oficios, anécdotas y fotos. Eduardo Mateo Gambarte. (año 2008) Pag. 131. 

Periódicamente se desplazaba también a Cárcar para ver a su familia. Cuando esto iba a ocurrir, su hermano Tarsicio enviaba a Logroño al cochero a recogerlo con la berlina familiar. El período de verano era el más habitual para verlo pasear por las calles de su pueblo natal donde era recibido con entusiasmo por sus hermanos y sobrinos.  

Falleció en Logroño el día 12 de mayo de 1940, a los setenta y seis años de edad. Entre sus últimas voluntades dejó un dinero destinado al Hospital de Cárcar y al Hospital Provincial, y el encargo de misas gregorianas por su alma.

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Junio de 2022. María Rosario López Oscoz


lunes, 2 de mayo de 2022

CÁRCAR DE 1849 VISTO POR MADOZ

¿Cómo era Cárcar en el año 1849? Así lo describe Pascual Madoz en el Diccionario Geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar. Las fotografías que ilustran el texto son actuales.

Vista parcial de la zona urbana de Cárcar  desde la torre

CÁRCAR, villa con ayuntamiento del Condado de Lerín en la provincia de Navarra, merindad y partido judicial de Estella, diócesis de Pamplona, arciprestazgo de la Solana. 

Situado a la derecha del río Ega, en la falda de un monte, de una legua continúa elevándose hacia el Norte, cuyos aires la combaten  con impetuosidad. Su cielo es despejado y hermoso y el clima saludable, aunque se padecen algunas tercianas, catarros y reumas. 

En la parte derecha se aprecia la zona de cuevas que cayeron al río en la segunda mitad del siglo XX. 

Tiene doscientas cincuenta casas, distribuidas en siete calles y dos plazas. 



Fachadas dieciochescas de Cárcar.

Casa municipal, en cuyo recinto se halla la cárcel; taberna, tiendas de abacería y de otros géneros de consumo, hornos de pan para cocer, escuela de primeras letras, a las que asisten de 60 a 70 niños, cuyo maestro percibe tres mil reales de sueldo anual; otra frecuentada por 20 o 30 niñas y dotada con dos mil trescientos reales, también anuales. Una iglesia parroquial bajo la advocación de San Miguel, servida por un cura llamado vicario y seis beneficiados, y, contiguo a la iglesia, un cementerio bastante capaz y ventilado sin que perjudique a la salud pública.
 
Parte del retablo mayor de la de San Miguel de Cárcar

Confina al término Norte, Sesma (1 legua); Este y Sur, Andosilla (1/2) legua) y Oeste Sartaguda (3/4 de legua), extendiéndose de Norte a Sur una legua, y de Este a Oeste 1 y ¼ de legua. Dentro de la misma, en el paraje llamado de la Adobería, dista 1/8 de legua del pueblo. 

Al Sur del pueblo hay una fuente de aguas purgantes y diuréticas que se aprovechan con buenos resultados, y aunque no se han analizados se cree que contienen magnesia y sulfatos de cal y de hierro. A unos dos mil pasos de la parroquia, sobre la eminencia que por el Norte hemos dicho domina a la villa, se encuentra la ermita titulada de Santa Bárbara, la cual permanece cerrada desde que juntamente con la mencionada parroquia, sirvió de fuerte a las tropas constitucionales durante la última guerra civil, impidiendo ambas fortificaciones que los partidarios de D. Carlos pudiesen penetrar varias veces en la Rioja y Baja Navarra.

Entorno donde anteriormente se ubicaba la ermita de Santa Bárbara.
 
En la misma dirección, y a una hora de la villa, hay otra ermita llamada Nuestra Señora de Gracia a donde concurren en romería los habitantes de los pueblos inmediatos en la Pascua de Pentecostés; antiguamente se titulaba Nuestra Señora del Regadío, por estar cerca de las huertas y en sitio al parecer poblado según los vestigios de fábrica y ajuares caseros que se descubren frecuentemente, pues a corta distancia y en la cima del cerro, se conserva un paraje con el nombre de las Cabas, donde en tiempos remotos hubo gobernador.

Ermita de Nuestra Señora la Virgen de Gracia

Siguiendo la misma línea del Norte, y a doscientos pasos de la mencionada ermita de Santa Bárbara, existe un terreno elevado con el nombre de Villa-vieja, hallándose en lo más alto del cerro varias cuevas de difícil acceso y trabajadas con arte, y se ven sepulcros con otros vestigios que indican, o que allí estaba la anterior villa, cuyo recinto era entonces muy considerable, o que se ha trasladado al sitio que actualmente ocupa.


El terreno participa de monte y llano. En lo general abunda de sulfato calcáreo y de buena calidad que fertiliza el mencionado río Ega, el cual atraviesa el Noreste dando riego a una hermosa y dilatada vega de cuatro mil robos de sembradura, e impulso a un molino harinero. Tiene un puente de madera sin atoques o barandilla en los lados, y en su margen hay algunas alamedas pertenecientes a particulares, pero sirven de recreo para la generalidad del vecindario. 
                                                            

Al extremo de dicha vega se encuentra un barranco que se dirige por el Este, Sur y Oeste, describiendo un semicírculo en cuyo centro queda la población. En lo inculto, y no lejos de la villa, hay una zona de excelentes pastos, los cuales arrienda el ayuntamiento con obligación de abastecer de carne al vecindario, y en varios otros sitios se encuentran distintos terrenos de pastos, dados a censo, cuyos productos son insignificantes. 


Antiguamente estaba el monte poblado de árboles, pero en 1763, por disposición del Consejo y a instancias de los labradores, se repartió entre estos, dando a cada uno tres robadas para que las roturasen y las redujesen a cultivo; sin embargo, dicho monte, a pesar del laboreo, abunda en aliagas, tomillo, romero y espliego, con otra porción de matas bajas.

Los caminos conducen a Lerín, Estella, Sesma, Sartaguda, San Adrián y Andosilla. Son de herradura y se hallan en mediano estado.

El correo se recibe de Lodosa por valijero, tres veces a la semana.

Produce: trigo, cebada, avena, maíz, alubias, patatas, mucho cáñamo, lino, algún aceite, hortalizas, frutas, miel y exquisito vino tinto.

Se cría ganado lanar y cabrío de otros pueblos y en vacuno y mular necesario para las labores. Hay caza de liebres, conejos y perdices y alguna pesca de anguilas, truchas y otros peces.

Comercio: se exporta trigo, cáñamo, lino, alubias y vino y se importan géneros de vestir procedentes de Cataluña.

Población, según datos oficiales: 315 vecinos, 1278 almas.

Riqueza productiva: 575.378 reales.
 
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Copiado por Charo López Oscoz, a quien pertenecen también las fotografías.

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Fuente: Madoz, Pascual (1845-1850), Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, 5 tomo, Madrid: Establecimiento literario-tipográfico de P. Madoz y L. Sagasti.

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Transcurridos 173 años desde entonces se podría fácilmente hacer una comparativa con el momento actual.

lunes, 11 de abril de 2022

VICENTE MARTÍNEZ, INTRODUCTOR DE LA VACUNA DE LA VIRUELA EN NAVARRA Y MÉDICO PERSONAL DE FERNANDO VII

 




Médico vacunando a niño. Imagen tomada del artículo "Viruela, el ángel de la muerte". lavanguardia.com

Al doctor Vicente Martínez Monreal le habría gustado nacer en Cárcar; lo hizo sin embargo en Pamplona el 23 de enero de 1770 pues su padre, Santiago Antonio Martínez Chocarro, que era carcarés y escribano real, había instalado en Pamplona su notaría y se había casado con Juana de Monreal e Iriarte, una joven natural de Irurozqui de familia de médicos.
 
Vista panorámica de Cárcar. Foto: Pedro Castillo

 Y digo que a Vicente le habría gustado nacer en Cárcar, porque aquí conservó hasta su muerte la hacienda familiar y un total de cuatro casas que mantenía al día de tributaciones, además de pagar religiosamente a la parroquia las misas de aniversarios por sus antepasados. En la documentación que tuvo que aportar años después para ingresar en la Orden de Caballeros de Carlos III, será el propio Vicente quien manifieste sin rubor ser natural de Cárcar: “1819 orden de Carlos III, Expediente de pruebas del caballero de la orden de Carlos III, Vicente Martínez y de Monreal Chocarro e Iriarte, natural de Carcar”. (PARES ES 28079.AHN//ESTADO-CARLOS_III.Exp.1779)

Edificio adosado a la casa Martínez que en su día formó parte de ella. Cárcar. Foto Charo López

Vicente estudió Medicina en la universidad de Zaragoza donde se licencia. Regresa a Pamplona y su primera experiencia como médico la tiene en el Ejército, seguramente en el período de quintas. A continuación pasa a trabajar en la Comunidad de Capuchinos y en la Casa de los Doctrinos de Pamplona. Los Doctrinos eran los niños expósitos que habían salido de la época de crianza y los recogían en esa casa hasta cumplir los doce años, edad en que tenían que salir para defenderse  ya por su cuenta. Fue muy destacada la actuación de Vicente en favor de este colectivo y que tendría presente hasta el final de sus días. En el año 1791 solicita colegiarse en el Real Colegio de Médicos San Cosme y San Damián del Reino de Navarra, institución de la que más tarde será su Vicepresidente y Diputado. Después será Juez y examinador en su Protomedicato
 
Comunidad de Capuchinos. Pamplona. Fuente: hermanoscapuchinos.org

Sin embargo, a lo que Vicente aspiraba era a ocupar plaza en el Hospital General de Pamplona. Los dos primeros tanteos resultaron fallidos. Un primero al quedar vacante la plaza que dejaba su primo Martín de Monreal, que se iba a Valladolid, y una segunda al morir el doctor Miguel José de Munarríz y Gaztelu, su suegro, que tampoco consiguió.
 
Y es que Vicente se había casado en el año 1793, en la iglesia de San Saturnio, con Josefa Gila Munárriz y Atáun, hija del citado doctor Munárriz que desgraciadamente muere muy pronto, no sin antes aportar un hijo al matrimonio, Santiago Pascual Ramón Martínez Munárriz, que nace dos años más tarde, y que presumiblemente muere en fecha muy cercana a la de la madre (quizá ambos por alguna epidemia) pues del niño no hay rastro documental y sí constancia de que para el año siguiente el doctor Martínez era ya viudo. Vicente estaba rodeado de colegas médicos en su familia, tanto por la parte del apellido Monreal, como de los  Munárriz y de los Ataun por la parte de su esposa. En ese año 1795 es admitido por fin en el Hospital General de Pamplona, probablemente ya viudo y sin su hijo.

Portada del antiguo Hospital General de Pamplona
 
VICENTE, UN INFLUYENTE MÉDICO DEL HOSPITAL DE PAMPLONA
Se dice de él que procedía del cuerpo de médicos puros o médicos físicos. A partir de su ingreso en el Hospital General de Pamplona, las acciones que realice  serán memorables:

-Fue Demostrador público de Anatomía; en ese campo promovió las disecciones anatómicas, así como la necesidad de hacer reuniones y conferencias quincenales entre médicos y cirujanos del hospital.

-Impulsó diferentes reformas para mejorar la vida de los niños expósitos, tan abundantes entonces como desprotegidos, algo que caló en él hondamente.

 -Se mostró muy preocupado, y así lo manifestaba, por las fiebres que presentaban los enfermos una vez ingresados en el hospital y la morbilidad producida por esta causa, cosa que llevó a estudio.

-Por motivos de salubridad, advirtió en un comunicado al Ayuntamiento de Pamplona de la necesidad de enterrar los cadáveres en cementerios al aire libre, en contraposición a la costumbre de hacerlo en el interior de los templos. Iniciativas todas ellas innovadoras para la época que muestran el espíritu abierto de este médico.
 
PIONERO EN LA VACUNACIÓN CONTRA LA VIRUELA EN NAVARRA
No obstante a esto, por lo que verdaderamente destacó el doctor Martínez fue por ser el pionero en la introducción de la vacuna contra la viruela en Navarra, que le llevó a publicar en el año 1802 uno de los primeros tratados españoles sobre el tema. Esta revolucionario método lo había  descubierto en 1796 el británico Edward Jenner y supuso un hito en la historia de la medicina y la salud pública mundial. El virus de la viruela segaba cada año la vida de miles de personas en el mundo (se calcula que fueron más de mil quinientos millones a lo largo de la historia) y el descubrimiento de Jenner se postulaba como el más eficaz remedio contra este azote, en contraposición a anteriores e insuficientes métodos.  A pesar de esto, como cualquier otra innovación que se precie, en sus inicios contó también con escépticos, pero después de rigurosos estudios y ensayos el doctor Martínez lo implantó y lo impulsó con firmeza.
 
El doctor Jenner vacunando. Foto: Publicada en "Le Petit Journal" en 1901. politicaexterior.com 

Las primeras vacunas que llegaron a España entraron por Cataluña, en diciembre de 1800, para pasar enseguida a la Corte de Madrid. Carlos IV estaba muy interesado en el tema de las viruelas ya que desde generaciones este virus había atacado sin piedad a muchos miembros de la familia real. 
Antes de llegar las primeras vacunas a España, el doctor Martínez se había interesado por medio de sus colegas extranjeros sobre los procedimientos a seguir, por lo que en cuanto supo que ya había llegado a España, volvió a escribir tanto a médicos madrileños como parisinos, pidiéndoles detalles y haciendo hincapié en que se le informara de los resultados que se estaban dando. 

Tras conocer las respuestas de los expertos, no se precipitó en publicar nada que se basara solamente en experimentos ajenos: “Si yo me propusiera reproducir en mi obra todo lo que han escrito sobre esta materia los Físicos extranjeros, adquiriría tal vez una mayor consideración, pero no llenaría, ni mi deseo de ser original, ni el de formar la opinión publica…”; siendo consciente además de que “el pueblo se convence más fácilmente por lo que él mismo ve y experimenta que por las noticias que le vienen de países remotos”. Por eso, venciendo su inicial escepticismo y habiendo estudiado, practicado y concluido en dictamen favorable, “me creí obligado a introducir en mi país nativo una inoculación: que debe prevenir, y aún extinguir si se generaliza, las funestas conseqüencias de las viruelas”. Esto le supuso pasar por toda clase de “zelos, rivalidades e indecentes calumnias a que se expone el Inventor o propagador de una práctica nueva aunque sea de una utilidad incontextable”.

 
Joaquín Javier de Uríz y Lasaga. Fuente: Gran Enciclopedia Navarra

Dos colegas médicos del Hospital Militar, los doctores Bizarrón y Osacar, eran escépticos a la vacuna y se encargaron de poner en contra a la opinión pública. A pesar de las evidencias, “aún hoy día niegan las ventajas que reconoce el mundo sabio en la antigua inoculación”. Sin embargo, el doctor Martínez contaba con el apoyo de la Junta del Hospital General, y el de don Joaquín Javier de Úriz y Lasaga, uno de los principales miembros de la Junta del Hospital además de “ilustrado Eclesiástico, Dignidad de esta Catedral, y declarado protector de las vidas de los Niños Expósitos”. Esto le facilitaba a la hora de recibir autorización para tomar alguno de los niños de la Inclusa para iniciar las primeras vacunaciones. Esta práctica sería hoy en día impensable, pero en aquel momento, y debido a la reticencia de los padres en que se vacunaran sus hijos, utilizaron en todos los casos a estos niños, algo que la comunidad científica, y la humanidad entera no podrá agradecer lo suficiente.  
 
PROCEDIMIENTO QUE SIGUIÓ LA VACUNACIÓN
Para septiembre de 1801 ya le había llegado al doctor Martínez, por mediación de los médicos corresponsales de la Junta de París y Madrid, fluido vacuno, que junto con su colega Mateo López procedió a un primer ensayo en los primeros cuatro niños expósitos que, por diversas causas, no funcionó. De aquellos niños se conocen apenas sus nombres: Ciriaco, Petra, Fermina y Luis, todos ellos de edad de cinco años, salvo el último que tenía solo tres.

                                                           Niño con viruela. Grabado. Foto Nobbot

Tras su viaje a Francia para instruirse, Vicente regresa y enseguida tiene noticias de que en San Sebastián se estaban ya poniendo las primeras vacunas; rápidamente traslada a la Junta una petición insólita: que se le permita viajar a la capital guipuzcoana llevando consigo a dos niños “para vacunarlos brazo a brazo”; la Junta dio su autorización “habiéndola puesto en práctica con el mejor suceso”.

                 
 Vacunación brazo a brazo. Foto: mujeresenlahistoria.com
 
Feliz por el éxito obtenido, es a partir de este momento cuando verdaderamente empieza a extenderse la vacuna en Navarra y así lo confiesa él mismo: “El fluido vacuno conducido por estos niños es el que primero y con más extensión se ha propagado por varios pueblos de este Reyno y otras provincias de la Monarquía, habiendo procurado espontáneamente transmitirlo con preferencia a los pueblos atacados de las viruelas, entre los quales fue la ciudad de Sangüesa la que más llamó mi atención”.

En vista del alcance del experimento, el doctor Martínez envió una nota a la Gaceta de Madrid para dar noticia del hecho y de la acogida que estaba teniendo en Navarra. A la vez de esto, sigue diciendo Martínez: “propusimos López y yo a la Junta del Hospital general que todo el producto de la vacunación fuese aplicado en beneficio de los Niños Expósitos”. La propuesta no se admitió, “pero justifica a lo menos de la nota de interesados con que algunos mal intencionados han tratado de calumniar nuestro zelo”,  doliéndose de este modo y manifestando los afanes y sufrimientos por los que tuvieron que pasar hasta la culminación del proyecto.
 
Todo lo expuesto en el citado Tratado Histórico-Práctico de la Vacuna demuestra que fueron los trabajos y desvelos del doctor Martínez los precursores de un procedimiento que salvó miles de vidas humanas, no solo en Navarra, sino también en otras regiones. Y añade: “no satisfecho mi amor a la humanidad de haber movido estos resortes, solicité la protección de la Ciudad con el doble objeto de propagar la Vacuna en todo el Reyno y de hacer las contrapruebas con mayor solemnidad, y con acuerdo suyo le presenté un plan para realizar ambos fines”.  Para hacer esto efectivo, se le presentó la ocasión gracias a un soldado del Regimiento de África contagiado de viruelas naturales que estaba ingresado en el Hospital Militar. Pasó rápidamente a verlo y enseguida pidió a la Junta del Hospital General que le dejase algunos de los niños vacunados para hacer las contrapruebas. La Junta accedió y “acompañado de todos los Físicos del Hospital, y con asistencia de los del Militar, se practicasen estos ensayos”, cuyos resultados no pudieron ser más óptimos.

Tras todo lo estudiado y practicado sobre la vacuna, el doctor Martínez se decidió ya a escribir; pidió de nuevo datos y observaciones a todos los Físicos Vacunadores navarros para unirlos a los suyos, y con todo ello elaboró el ya nombrado: Tratado Histórico-Práctico de la Vacuna, de cuya introducción me estoy sirviendo ahora para ilustrar este trabajo. Este tratado se imprimió en Madrid en la Imprenta de Benito Cano en el año 1802. Advertía Vicente de que si se hubiera limitado a escribir, basándose solamente en el estudio teórico de la vacunación,  “hubiera sido mi obra tal vez la primera que hubiera salido al público; pero apartando de mi esta idea pueril, me dediqué primero a formar mi opinión”. Retrasar su publicación hizo que algunos se le adelantaran, o fueran a la par; ese mismo año de 1802 un médico de Puente la Reina (Diego de Bances) publicó también su tratado, aunque en vista de esto, se podría deducir que sus estudios se basaron a partir de la recepción de la vacuna que le había proporcionado el Hospital General gestionada por el propio Vicente.

                             
Portada del importante Tratado de la vacuna contra la viruela que el doctor Martínez escribió y publicó en 1802

El párrafo final del discurso al tratado de Martínez Monreal no puede ser más elocuente al señalar sus motivaciones: “He indicado algunos de los trabajos que me he tomado para ser útil a mis paisanos, y si he llegado a lograrlo, me creeré bien recompensado de mis tareas, puesto que el blanco de mis operaciones ha sido toda mi vida el de ser útil a mi patria”.

Discurso preliminar al Tratado Histórico-Práctico de la Vacuna escrito por Vicente Martínez. 

Tampoco la propagación de la vacuna fue sencilla, ya que  será en ese momento cuando verdaderamente empiecen las dificultades para convencer a los padres de que dejen vacunar a sus hijos. El propio Vicente asegura, que en la zona de la Montaña navarra el éxito fue muy notorio, con un porcentaje de vacunación muy elevado, pero no así en los pueblos grandes de la Ribera donde la acogida fue menor: “La desconfianza, el escepticismo y, lo que es peor, la ignorancia, la envidia y la malevolencia, frenan y retardan el desarrollo y la difusión de la vacuna” (Susana Ramírez Martínez "Dos textos didácticos destinados al adoctrinamiento de la población poblana en favor de la vacuna de la viruela").

Es por eso que en el mismo Tratado, el propio Vicente hace un llamamiento, no solo a los padres sino también al clero, consciente de la influencia que estos ejercían en el pueblo llano. Los términos que emplea son de una contundencia y vehemencia que no deja lugar a dudas: «Y vosotros, Ministros respetables del Altar, vosotros, a quienes los conocimientos que exigen las augustas funciones de vuestro Ministerio, os han puesto en estado de conocer mejor que el Pueblo la importancia de esta materia, emplead vuestras luces y ascendiente en el interesante proyecto de conaturalizar un descubrimiento por todos los aspectos de mayor utilidad. Si vuestros avisos particulares no tienen toda la eficacia para este fin, dadles el carácter público y sagrado que os proporciona la primera obligacion de vuestro destino. Aconsejad la Vacuna y predicadla si es preciso» (Tratado de la Vacuna. pp. 113-114).
 
Se calcula que solo en el siglo XX la viruela causó la muerte a más de trescientos millones de personas en el mundo; estos trabajos iniciales supusieron pues un hito que culminó en la total erradicación del virus en el año 1980. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) lo comunicó al mundo con esta contundente declaración: “Declara solemnemente que el mundo y todos sus habitantes han conseguido librarse de la viruela, enfermedad sumamente devastadora que ha asolado en forma epidémica numerosos países desde los tiempos remotos, dejando un rastro de muerte, ceguera y desfiguración, y que hace tan solo un decenio abundaba en África, Asia y América Latina”. (Organización Mundial de la Salud. 8-5-1980)

Cartel de 1980 en que la OMS anunciaba que la viruela estaba erradicada en el mundo.

Por tanto, siendo Navarra uno de las primeras provincias en adoptar esta vacunación y el papel tan trascendente que jugó Vicente Martínez Monreal en su implantación y divulgación, asombra y ruboriza lo poco que se conoce sobre él.


MÉDICO DE PRESTIGIO
Martínez Monreal fue también socio de la Real Academia de Medicina de Pamplona; en el año 1804 fue nombrado médico del Ejército y de la Ciudadela. Una carrera meteórica la suya que no dejará de ir a más. En febrero de 1808 unos tres mil soldados franceses entraron en Pamplona sin encontrar resistencia. A todos ellos se les debía dar acomodo y comida,  también asistencia médica. Estos soldados ocuparon una parte del Hospital y Vicente obtiene permiso para, en sus horas libres, atender a los que estaban enfermos. Sin embargo, será poco el tiempo que emplee en este cometido, ya que enseguida tiene que abandonar Pamplona. 

Seguramente a consecuencia de su fama, es nombrado en Madrid médico de la Cámara Real de Carlos IV, con la tarea de hacerse cargo de la salud de los infantes Antonio Pascual y Carlos. El infante Antonio era hermano del rey Carlos IV, y el infante Carlos no era otro que Carlos María Isidro, hijo de Carlos IV y hermano del que sería Fernando VII, pretendiente al trono a la muerte de este y causante además del surgimiento de la facción carlista que originó la guerra.

Antonio Pascual de Borbón. Foto: biografiasyvidas.com

Carlos María Isidro. Foto: Museo del Prado

 
VICENTE MARTÍNEZ, MÉDICO DE LA CÁMARA REAL
La fama del doctor Martínez Monreal traspasa pues las fronteras del Viejo Reino, pero lo hace en un momento muy delicado. Napoleón se hace con el trono español y saca a Carlos IV y a su esposa de España y los envía a Bayona. Seguidamente hace lo mismo con el príncipe Fernando y los dos infantes citados, que son conducidos también al mismo lugar. Era el día 10 de abril del año 1808.  Una vez en Bayona, Carlos IV firma el tratado por el cual cede a Napoleón la Corona de España; Fernando por su parte, firma también su renuncia a reclamar su derecho y seguidamente es conducido al castillo de Valençay (en la zona central de Francia), junto con su tío y hermano, acompañados de una pequeña corte de servicio; entre ellos iba el doctor Martínez Monreal en calidad de médico. Al propio tiempo empezaba en España la sublevación del pueblo que acabó años más tarde con la expulsión de las tropas francesas de territorio español
 
Grabado. Iglesia tomada como hospital de campaña. Colección particular de la Sociedad de Amigos de Laguardia. 

Fernando VII. Museo Thyssen

DESTIERRO EN VALENÇAY recluidos huéspedes forzados
Al parecer de algunos, la vida en Valençay a donde fueron conducidos no les era demasiado incómoda; Talleyrand, dueño del palacio que los acogió, escribe así a Napoleón: “los recién llegados se encuentran bien acomodados y distraídos ya que tienen todo lo que pueden desear”. Seguramente los forzados inquilinos no opinaban lo mismo ya que se les fueron recortando paulatinamente las asignaciones económicas prometidas, lo que les obligaba a vivir cada vez más austeramente. Mientras tanto, ni la Junta General de España, ni posteriormente la Regencia, reconocieron a José Bonaparte, impuesto por Napoleón, y en varias ocasiones se intentó rescatar a los príncipes de un exilio en el que estaban estrechamente vigilados.

Castillo de Valençay. Fuente: megaconstrucciones.net
 
Poco a poco y en varias remesas, Napoleón fue apartando y privando a los príncipes de sus más leales colaboradores, colocando en su lugar a personal francés de su confianza, que les espiaban en todas y cada una de sus acciones. En marzo de 1809, Fouché, ministro de Policía, hace salir del castillo al grupo más numeroso, un total de treinta y tres personas entre ayudas de cámara y adjuntos. Entre ellos iba el doctor Vicente Martínez, y también el Marqués de Ayerbe. Este último había estado cumpliendo funciones de Mayordomo Mayor Interino.
 

INTENTO DE RESTATE A LOS PRÍNCIPES Y MUERTE DEL MARQUES DE AYERBE
La intención de Napoleón para este grupo que salía de Valençay era obligarles a volver a España con el objeto de que apoyaran al rey, su hermano, bajo amenaza de confiscación de sus bienes. Tras salir de Valençay, dieciocho días estuvieron estos treinta y tres individuos retenidos en la ciudad francesa de Auch antes de pasar a España. Una vez aquí, la mayor parte intentaron no dejarse ver demasiado. La inclinación de algunos de estos leales a Fernando era clara: rescatar como fuera al príncipe y a los infantes. Hasta ese momento las tentativas que se habían llevado a cabo no estaban dando resultado, pero ahora lo iba a propiciar también al marqués de Ayerbe, aquel que había salido de la fortaleza gala junto al doctor Martínez. El plan que ideó resultaba para algunos costoso, algo rocambolesco y arriesgado, por lo que encontró dificultades para conseguir apoyos. Para facilitarlos tuvo que alistarse en el ejército y, poco a poco, fue fraguando el plan. Un barco les esperaría en Nantes y se encargarían de recoger a los príncipes que traería de Valençay. Para ayudarle en este cometido, le asignaron un capitán de infantería llamado José Wanastron. y, disfrazados ambos de arrieros y con el soporte de dos mulas y un guía de la zona, emprendieron el temerario proyecto que les haría recorrer abundantes leguas expuestos a toda clase de peligros. El riesgo se acentuaba al tener que llevar consigo una gran cantidad de dinero necesario para el plan; dinero que por otro lado tanto les estaba costando conseguir. La ruta era llegar a Ezcaray y, de aquí, pasando por Cenicero y Mendavia intentar llegar a Sangüesa para, por el Roncal, atravesar la frontera.
 
Pedro María Jordán de Urríes. Marqués de Ayerbe. Foto: Real Academia de la Historia

En este punto da la sensación de que el recorrido resulta algo forzado, pues una vez en Mendavia van a ir a Cárcar para seguir camino hacia Lerín, cuando lo lógico habría sido tomar otra ruta más corta. Y aquí me surge una pregunta: ¿A su vuelta de Francia, había buscado refugio el doctor Martínez en su casa familiar de Cárcar, y el marqués de Ayerbe lo sabía y por eso buscó pasar expresamente por allí con ánimo de entrevistarse con el médico, y conseguir ya de paso una aportación económica para la causa? De ser esto así la ruta elegida cobraría mayor fundamento. Además, de este modo, Cárcar podría resultar un lugar ideal de pernocte pues la casona de Vicente ofrecía máxima intimidad, ya que disponía de un amplio patio de caballos interior donde poder accionar a discreción, ajenos a miradas perturbadoras.
 
¿Tomaron entonces el marqués de Ayerbe y el capitán Wanastron esa ruta a conciencia? Nada de eso dicen las crónicas, pero lo cierto es que los “falsos arrieros”, enseguida de dejar la muga de Cárcar y adentrarse en la de Lerín, fueron interceptados por dos soldados a la altura del corral de Usón (término de Lerín) que, desconfiados, los asaltaron para después matarles y quitarles todo el dinero que llevaban. El guía logró huir pero este tuvo que ser totalmente ajeno a la identidad y la misión de sus acompañantes. Entonces, ¿quién sabía quienes eran estos personajes camuflados que estaban pasando por esos parajes, y poder construir así después una crónica tan precisa como la que se hizo? Porque si se supone que iban camuflados, bien pudieron haber pasado estos hechos totalmente desapercibidos, máxime en tiempos de guerra. Y es complicado que se relatara esta crónica salvo que alguien muy próximo al lugar, y conocedor de todo el entramado, pudiera después haberlo contado; y ese alguien pudo ser perfectamente el doctor Martínez. Las noticias en los pueblos corren rápido y pronto pudo este ser conocedor del suceso y sospechar enseguida de que los dos desgraciados "arrieros" asesinados eran el marques y el oficial que le acompañaba. Incluso pudo acudir sin demora al lugar de los hechos y dar cuenta más tarde del suceso relatándolo con todo lujo de detalles, máxime por su condición de médico.  Sea como fuere, la torre de la iglesia de Cárcar  fue en esa triste tarde la última imagen que el marqués de Ayerbe pudo ver allá en la lejanía antes de morir, y el auxilio en tan trágicos momentos de un amigo, el anhelo de salvación que no llegó.

Monumento al Marqués de Ayerbe en Lerín. Foto: Charo López. Texto de la lápida, casi ilegible por el paso del tiempo: "El S. D. Pedro María Jordan de Urríes marqués de Ayerbe y el capitán José María Wanastron, comisionados de S.M.D. Fernando 7 para liberarlo de su cautiverio en Valençay. Cuando iban a verificarlo fueron en este sitio asesinados el día primero de octubre del año 1810 a media tarde, por una partida armada del exercito que los buscaba con este intento. Sus cenizas fueron trasladadas a Zaragoza en 1813 y el actual marqués del mismo título, hijo primogénito del finado marqués, le consagra este fúnebre monumento"


SE RESTAURA LA MONARQUIA Y EL DOCTOR MARTÍNEZ ES RECOMPENSADO
Nunca pues se consiguió liberar a Fernando de su destierro en Valençay por estos medios; mientras tanto en España la guerra seguía su curso. El ejército español derrota a los franceses que son expulsados junto a José Bonaparte, el “rey intruso”. Llegados a este punto, Napoleón firma con el príncipe Femando el llamado Tratado de Valençay reconociéndole como rey de España. Era finales del año 1813.   En mayo del año siguiente llega Fernando VII triunfante a España y restaura la monarquía de los borbones. El monarca se apoya entonces en sus más cercanos, y gratifica especialmente a los que le habían sido fieles durante su cautiverio. 

En agosto de 1814 crea expresamente para este grupo la Orden de la Fidelidad en Valençay, una distinción que el doctor Martínez recibió junto a aquel reducido grupo. Este título, en contraposición al carácter general del resto de órdenes, en los que el número de miembros aumenta paulatinamente, menguaría conforme sus miembros se fueran muriendo, hasta llegar a desaparecer con el último de sus exponentes. Los motivos que aduce el decreto del día 23 de agosto de ese 1814 no pueden ser más explícitos: “por los muchos trabajos y tribulaciones de toda especie a que han estado expuestos y sus privaciones y el doloroso estado de sus desamparadas familias” (…) “la confianza que me han merecido y los singulares servicios que me han hecho procurando mi alivio y el de mis amados hermano y tío, los infantes don Carlos y don Antonio, compañeros inseparables míos, en mis desgracias (…). En el deseo de perpetuar el horror a un acontecimiento que siempre será mirado con sorpresa, ha venido en establecer una condecoración con el título de la Lealtad en Valençay para que trasmita a la posteridad ese inaudito suceso y al mismo tiempo para que sirva de testimonio a la declarada fidelidad de los referidos mi vasallos para los cuales exclusivamente se instituye y los que únicamente podrán usar el distintivo que tengo determinado”. Y lo firma el rey el día 23 de agosto del año 1814 (Real Decreto1814)


Medalla a los sufrimientos por la Patria. 

El doctor Martínez fue distinguido también con otras cruces: la Cruz por los Sufrimientos por la Patria, la de los Prisioneros Civiles por la Patria, la de la Flor de Lis de Luis XVIII y algunas otras más que expresa el doble etcétera de los documentos de la época, y que de momento no he podido desentrañar. Todas ellas colgarían de su vestimenta en fiestas, recepciones y en cuantas ocasiones lo exigiera el protocolo.  

A partir de este momento, Vicente adquiriere aún mayor relevancia como médico, y pasa a asumir abundantes cargos políticos relacionados todos ellos con la Medicina. Al proclamarse Fernando VII rey España, recupera todo lo que las Cortes de Cádiz de 1812 habían suprimido y vuelve al régimen anterior. En septiembre de 1814 restablece las Reales Juntas Gubernativas de Medicina, Cirugía y Farmacia, tal y como estaban en 1808. En ese año Vicente ya consta miembro de dicha junta como segundo médico de Cámara.
 
VICENTE CONTRAE SEGUNDAS NUPCIAS  Y OCUPA MAS CARGOS IMPORTANTES
El doctor Martínez continuaba estando viudo pero viendo que la situación política se estabilizaba decide casarse de nuevo. En el encierro de Valençay había entablado amistad con el tesorero particular del infante Antonio Pascual, ya que ambos estaban a su servicio. Este señor se llamaba Felipe Baños Oyarzabal y tenía una hija llamada Petra Prisca Baños Navarrete. Ella era mucho más joven que él, veintiún años les separaban, pero al parecer eso no fue obstáculo para  entrar en relaciones. Es probable que dada la amistad existente entre el médico y Felipe Baños la pareja se hubiera conocido antes de la boda, pero también cabe que el enlace se concertara sin previo conocimiento físico de ambos. La boda tuvo lugar en Madrid en septiembre de 1815. Él tenía 45 años y ella 24. Dos años más tarde nacerá Pedro, el primero de los hijos. 

Guía Político y Militar del año 1821

En noviembre de 1818 Vicente asciende al  primer puesto como médico de la Cámara Real de sus Majestades y sus Altezas Reales, y enseguida es nombrado Presidente de la Junta Superior de Medicina  y de las Reales Juntas Gubernativas de Medicina Cirugía y Farmacia. Representando la especialidad de cirugía estaba también Francisco Javier de Balmis, el médico español que dirigió en 1803 la llamada Expedición Filantrópica de la Vacuna, que se encargó de llevar la vacuna contra la viruela a América, por lo que Balmis y Martínez Monreal, además de colegas y coetáneos, mantenían también contacto profesional. 

En diciembre de ese año de 1818, el rey nombra a Vicente Consejero de la Real Hacienda, y, a un tiempo, Presidente de la Real Academia Médica Matritense (equivalente a la actual Real Academia de Medicina). Para el año 1820 será ya el Decano de las Reales Juntas Gubernativas de Medicina.
 
Ibidem.

Para más abundamiento, Martínez se encargará de presidir el Tribunal de Exámenes de la Real Academia Médica de Madrid, y será a su vez Director del Real Estudio de Medicina Práctica. Por si esto fuera poco, también será nombrado Inspector de los Baños y Aguas Minerales del Reino. ¡Cuántos honores se han acumulado sobre la cabeza de este médico famoso!, dirá entonces maliciosamente un médico francés, inventor de una máquina de baños de vapor y al que no gustó el escaso interés que este artilugio despertó en el doctor Martínez.
 
Ibidem. 

Grabado de Alejandro Blanco, grabador de Cámara y dibujado por José Ribelles, pintor y dibujante. Fuente: Guía Político y Militar de 1821

                                                
CABALLERO DE LA ORDEN DE CARLOS III
                                
Fernando VII. Grabado realizado por Rafael Esteve, grabador de Cámara y pintado por Francisco Lácoma. Guía Político y Militar de 1821

María Josefa Amalia de Sajonia, tercera esposa de Fernando VII


Con motivo del matrimonio de rey con su tercera esposa, María Josefa Amalia de Sajonia, celebrado el 20 de octubre de 1819, concedió el monarca nuevas gracias que iban también a beneficiar al doctor Martínez: “Digo que el Rey nuestro Señor que Dios guarde, se ha dignado agraciarle con la Real y distinguida Orden Española de Carlos Tercero”.

Esta orden nobiliaria, creada por Carlos III, abuelo del rey, aglutinaba a caballeros distinguidos del cuerpo colegiado de la nobleza de Madrid; es decir, la flor y nata de la nobleza española, por lo que no se accedía a dicha élite de cualquier modo, y así se lo expresaban: “Para condecorarse con ella necesita hacer las pruebas correspondientes de nobleza, cristiandad, buenas costumbres, legitimidad y limpieza de sangre y oficios por sí, sus padres, abuelos y bisabuelos paternos y maternos en primera y segunda línea”. A Vicente no le iba a resultar difícil demostrar su ascendencia noble ya que los Martínez de la villa de Cárcar habían defendido su hidalguía y la habían ganado en juicio contradictorio en el año 1517, "y en cuya iglesia parroquial tenían su capilla con sus armas e insignias según uso, fuero y costumbre de las casas nobles de dicho reino" (Nobiliarios de los reino y señoríos de España. Francisco Piferrer. Vol.5. 1859)

                        
Cruz  de Caballeros de la Orden de Carlos III. Foto: Wikipedia

Pero para tramitarlo estaba todo el engorroso papeleo que necesitaba presentar, por lo que delega en otros ese cometido: “Por tanto, no permitiéndosele sus muchas ocupaciones dedicarse por sí mismo a la práctica de las diligencias conducentes, otorga todo su poder cumplido y tan bastante como legítimamente se requiere a don José López Bailo, vecino de la villa de Cárcar en Navarra, para que en su nombre y representando su propia persona las lleve a cabo”. José López Bailo era un carcarés, también hidalgo, que vivía en la casa armera de la Plazuela (plaza Marín Sola), aquella donde más tarde moriría (contagiada precisamente de viruelas) la hija del general Zumalacárregui que tan explícitamente se ha relatado ya su vida en uno de los post de este blog.
 
Fachada de la Casa Martínez con la piedra armera. Cárcar

Pone pues López Bailo en marcha toda la maquinaria burocrática local. Para llevarla a cabo, convoca al alcalde, juez, párroco y testigos correspondientes, que legalizaría a un tiempo el escribano, licenciado José Corroza. Cada uno de los testigos aseguran conocer a Vicente y a toda su familia: “dice que desde sus primeros años conoció y trató al S. D. Vicente Martínez de Monreal hasta el de 1808 en que pasó a Francia de primer médico de cámara del Rey Nuestro Señor, y sabe que es natural de esta villa, hijo legítimo y natural de…” y siguen diciendo, que tanto Vicente como su hermano Cristóbal “poseen una casa heredada de su padre Santiago y otra de su madre Juana, y se hallan de tiempo que no alcanza la memoria, y sobre las portadas principales sus respectivos escudos de armas e insignias de noblez por sus dos apellidos de Martínez y de Monreal, una en la calle Mayor, de su padre y la otra en la calle Costanilla (Ontanilla?) de su madre”. Tras unir López Bailo toda la documentación, que incluía partidas de nacimiento, matrimonio y testamentos, la envía al doctor Martínez que presenta junto con las consiguientes verificaciones y que culminarán con el visto bueno del Consejo de la Orden.  

 
Firmas y aprobación final como Caballero de la Orden de Carlos III. Portal de Archivos Españoles. ES. 28079.AHN//ESTADO-CARLOS_III. Exp. 1779

Llama bastante la atención algunos errores notables que se cometen en la documentación. Diego Martínez, un antepasado de Vicente por la línea de Cárcar, había sido inquisidor y gobernador del Condado de Lerín, y era cierto que su padre, abuelos y bisabuelos habían estado insaculados en la bolsa de alcaldes y regidores de la villa de Cárcar, y que en su casa de la calle Mayor lucía sobre su fachada (y todavía luce) el escudo de armas de Martínez, "formado en piedra con los lobos andantes, y a suyo pie consta una inscripción en mayúsculas que dice MARTINEZ". Todo eso era cierto, y que todos sus antepasados por línea paterna eran nacidos en Cárcar, pero él había nacido en Pamplona, y los individuos de la familia materna tampoco eran naturales de Cárcar. A pesar de la veracidad de la mayor parte de la documentación, estos errores inducen a pensar que ésta no iba a ser contrastada y que el tiempo apremiaba. Así que, completada y presentada la documentación, el día 20 de octubre del año 1819 Vicente pasa a ser nombrado Caballero Supernumerario de la prestigiosa Orden de Caballeros de Carlos III.
 
Fernando VII con la indumentaria de la Orden de Carlos III. Foto: mis museos

Mucho prestigio fue acumulando este médico en tan complicados y turbulentos años en los que vivió; aunque, por otro lado y visto lo visto, tampoco le debieron faltar méritos. Además, atender la salud de un rey tan complicado como Fernando VII tampoco debió ser nada fácil. Y no hay que olvidar que durante todo ese tiempo el doctor Martínez fue también la máxima autoridad de la Medicina en España, y que sobre sus espaldas recaía no poca responsabilidad en ese campo.
 
JUBILACIÓN DEL DOCTOR MARTÍNEZ
En el año 1820 y tras anteriores intentos de sublevación por parte de algunos generales para derrocar al rey, y los movimientos políticos de las facciones liberales que no cesaban, el marco general empezó a cambiar y el rey se vio obligado a firmar la Constitución de 1812 en lo que se dio en llamar el Trienio Liberal. Tal vez por la edad, pero más probablemente por esos tiempos convulsos que se vivían en la capital, el caso es que en 1821, ostentando Vicente en ese momento todavía los cargos de Presidente de la Academia Médica de Madrid, Director del Estudio Nacional de Medicina Práctica y Presidente de la Suprema Junta de Gobierno del Colegio de Medicina de Madrid, además de como primer médico de la Cámara Real de sus Majestades y Altezas Reales, solicita su jubilación. El expediente se tramitará entre ese año y el siguiente, por lo que para el año 1822 irá poco a poco cesando de todos sus cargos, quedando solo con el de Consejero Honorario del Consejo de Hacienda

Tras consumarse el papeleo burocrático de la jubilación, se traslada a vivir con su mujer y su hijo a un lugar tan alejado de la Corte como es Hernani, un pueblo de la provincia de Guipúzcoa que se encuentra situado a escasos cinco kilómetros de San Sebastián; allí nacerá en el año 1827 su segundo hijo, Manuel. Vicente tenía entonces ya cincuenta y siete años.
 
Fernando VII firma la constitución de Cádiz. Foto: Archivo Zabala. Política y vida cotidiana. Pag. 31

Apartado de los vapores e intrigas palaciegas seguiría desde la lejanía las zozobras y acontecimientos que se fueron sucedieron tras su marcha. Fernando VII retoma el poder gracias a la colaboración del ejército francés que entra en España con los llamados Cien Mil Hijos de San Luis, por lo que en 1823 acaba el Trienio Liberal y se restaura de nuevo el régimen absolutista. Tras esta acción, las represalias que se  llevaron a cabo las conoció si acaso Vicente de oídas desde la serenidad de su retiro en Hernani. La noticia de la muerte de Fernando VII, en el año 1833, le debió de afectar también de algún modo, siquiera por la cercanía que mantuvo con el monarca en otro tiempo. Pocos como Vicente conocieron realmente como había sido aquel rey: sus intimidades, su carácter, sus miedos y debilidades, sus cambios de humor que contrastaban con su campechanía a veces, que cautivó a unos, hasta el punto de llamarlo "el deseado", e irritó tremendamente a otros, hasta denominarlo sin tapujos felón, traidor, manipulador y mentiroso.

La guerra por la sucesión al trono que se inició tras la muerte del monarca tampoco dejaría indiferente a Vicente, ya que también del Pretendiente Carlos conocía sus entresijos. Unos años en lo más alto de la picota de la Corte que habían ya quedado atrás. Todos estos puntos le debieron servir de reflexión a la hora de hacer balance recordando los tiempos de su vida palaciega. 
 
Mientras el tiempo que duró la guerra carlista, y siendo las Vascongadas especial zona de conflicto, se alejaría Vicente con su familia de su residencia de Hernani y buscaría seguridad en la casa que poseía en Bayona. En tiempos de paz, en cambio, su acontecer diario lo alternaría con más serenidad entre una y otra. En Bayona, además de la casa, mantenía también ciertos títulos crediticios que le permitirían vivir su retiro con holgura.  

Del servicio doméstico de su casa se hacían cargo dos jóvenes, las hermanas Alzueta, que procedían del pueblo francés de Ciboure, en los Pirineos Atlánticos. Estas mujeres atendieron a la familia Martínez-Baños y cuidaron especialmente de Vicente hasta su muerte, y a las que este recompensaba generosamente en su legado testamentario, como lo hizo también con la hija de la nodriza de su hijo menor, caso de que casara en el futuro.
 
ULTIMA ETAPA Y VOLUNTADES TESTAMENTARIAS
Vicente mantenía con especial apego su patrimonio de Cárcar “mis cuatro casas y hacienda que poseo en la villa de Cárcar (Navarra)” que había incrementado con el tiempo al menos con dos casa más.

Dada la inestabilidad política de aquellos años, y con objeto de salvaguardar su patrimonio, había dejado en custodia a diferentes personas los títulos de sus posesiones. Los de de Cárcar se los guardaba su hermano Cristóbal, Arcediano de Usún en la Catedral de Pamplona, con quien mantenía estrecha relación. 

A lo largo de su vida y especialmente en su última etapa, Vicente se desplazaría con asiduidad a verle; y  también a Cárcar, el pueblo de sus antepasados, para actualizar las cuentas con su administrador. Seguramente en su primera época de médico en Pamplona, y mientras los años en que Cristóbal fue presbítero en Cárcar, visitaría este pueblo aún con más frecuencia. Cristóbal, tras ejercer unos años en este pueblo como sacerdote, pidió el traslado a Pamplona donde promocionó y vivió todo el jaleo de la guerra, involucrándose quizá demasiado en la causa francesa, cosa que le pudo acarrear a Vicente más de un disgusto.
 
Modo de viajar en la época. Foto: Archivo Zabala. Política y Vida Cotidiana. Pag. 72

Madrid siguió estando en las expectativas del médico, pero ya por otros motivos; mantenía propiedades inmobiliarias en las calles Milaneses y Caballero de Gracia. Aún así, en el año 1836 compró también una casa en gananciales en la calle De Silva, por un valor de veinticinco mil duros, quizá con ánimo de que la ocupara Manuel, su hijo pequeño, mientras su período de formación. Era su deseo y así lo dejó escrito que fuera su tutor Vicente Asuero y Sáez de Cortázar. Este era un afamado médico de la época, catedrático de la Universidad Central y posteriormente médico de Isabel II.
 
Vicente Asuero. Retrato de Eduardo Rosales en 1871. Fuente Wikipedia

Un buen día, sintiéndose enfermo y próximo a morir, Vicente se dispuso a escribir su testamento, que selló después con seis lacres encarnados, legalizándolo más tarde ante el notario y los testigos correspondientes. Empezó a redactarlo, declarando su creencia en la fe católica en la que había vivido y deseaba morir. Enseguida le vinieron a la mente los niños expósitos, aquellos por los que se había desvivido en su primera época de médico y a los que nunca había olvidado. En ese momento se sintió más cerca de ellos que nunca. Así que pensó que para el momento de su muerte no quería  para sí tratamientos de privilegio, dado su estatus, ni tampoco ser acompañado por numerosos sacerdotes en pomposo funeral siguiendo al féretro. No, a su muerte no quería grandezas ni ostentaciones, sino un entierro y un funeral de pobre. Y  en ese funeral y entierro de pobre, quería ser acompañado de veinticuatro pobres hospicianos, o del pueblo, “y caso de no haberlos en el pueblo en que muriere, que lo hagan veinticuatro pobres del pueblo con sus velas, dando mil reales de vellón al Hospicio u Hospital; y no habiendo ni uno ni otro, a los Pobres del pueblo”.
 
Los títulos de la casa de Bayona y las inscripciones a la renta francesa se encontraban custodiados por su administrador, Monsieur Plombin; así mismo, los de las casas de Madrid estaban en manos de su apoderado en la capital. Todo ello, junto con sus posesiones en Cárcar, pasaría a su muerte a manos de su mujer e hijos. Con serenidad y paz concluyó el texto.

Siete meses después de redactar ese testamento, a las once de la mañana del día 11 de octubre del año 1846 moría el doctor Vicente Martínez Monreal en la guipuzcoana localidad de Hernani, a la edad de 76 años.
 
Firma ológrafa del doctor Martínez Monreal

De las cuatro casas de Cárcar solo he logrado identificar la casa familiar o casa armera, donde el escudo de los Martínez se mantiene todavía, aunque bastante deteriorado, expuesto al paso del tiempo y las inclemencias. Más tarde se fraccionó. Sus legatarios con el tiempo la vendieron a un propietario del pueblo y posteriormente fue ocupada por dos congregaciones de religiosas en distintos años, que impartieron enseñanza a los niños del pueblo. En la actualidad son casas aún más fraccionadas. Exteriormente, solo el escudo y la fachada dieciochesca advierten de su historia y antigüedad. De esa casa han salido grandes personajes que poco a poco estoy teniendo la oportunidad de descubrir; el que ocupa este trabajo quizá sea el más relevante. Haber sido el responsable de traer tan tempranamente la vacuna contra la viruela a Navarra, y su posterior propagación supuso para la sanidad de todos los tiempos un logro que las actuales generaciones no pueden ni deben ignorar. Doscientos cincuenta y dos años después su nacimiento ya tocaba descubrirlo y agradecérselo. 
 
(NOTA AL MARGEN)
La autora de esta investigación recibió clases en el edificio donde se ubicaba la casa Martínez, cuando este era ya un colegio de enseñanza. Allí  se nos administraron también las vacunas correspondientes a la edad. He tratado de averiguar si la vacuna contra la viruela pudo ser una de estas; al parecer no fue así, ya que esta la recibimos poco después de abandonar ese colegio. Me habría resultado estimulante haber podido decir que en la propia casa familiar del promotor y propagador de las primeras vacunas contra la viruela en Navarra se habían administrado allí siglos más tarde. Puedo decir además, que Vicente Martínez mantiene con mi persona lejanos pero reales vínculos de consanguinidad: la abuela de mi tatarabuela Simeona Martínez Sádaba era prima carnal de Vicente; por tanto, desvelar la vida de este personaje ha sido de gran estímulo para mí pues de algún modo ha supuesto desvelar una parte de la historia de mis antepasados.
 
Investigación y redacción: María Rosario López Oscoz
a 11 de abril de 2022

Quiero agradecer particularmente a mis amigos José Luis Ona y Cruz Larrañeta por su implicación y colaboración en este artículo de investigación.

Y son tantas y tan diversas las consultas a documentos, libros y páginas web que he precisado hacer para llevar a cabo esta investigación, que citaré de forma sencilla solo las que más me han ayudado a la consecución de mi objetivo:

Archivo diocesano de Guipúzcoa. Portal de Archivos Españoles. 
-Real Academia de Historia. rah.es 
-CADENAS Y VICENT Vicente. Extracto de los expedientes de la Orden de Carlos 3°, 1771-1847. Año 1979.
-CAMPOS DÍEZ María Soledad. El Tribunal del protomedicato castellano, siglos XIV-XIX. 
-FRANCO DE ESPÉS Carlos. Los enigmas de Valençay, Fernando VII y la corte española en el exilio (1808-1814). Prensas de la Universidad de Zaragoza. 2019.
-LOPEZ OSCOZ M. Rosario. López, Retazos de la Historia de Lerín y Cárcar a través de un apellido. (e.a.) 2017.
-MARTÍNEZ Vicente : Tratado histórico-practico de la Vacuna. Imp. de Benito Cano. Madrid. Año 1802. 
- RAMÍREZ MARTÍN Susana. “Dos textos didácticos destinados al adoctrinamiento de la población poblana en favor de la vacuna de la viruela”. Híades. Revista de Historia de la Enfermería. 2008.
-RAMIREZ MARTÍN Susana. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna en la Real Audiencia de Quito. 
-RAMOS MARTÍNEZ Jesús. La Salud Pública y el Hospital General de Pamplona en el Antiguo Régimen (1700 a 1815). Gobierno de Navarra. Departamento de Educación y Cultura. 1989.
-VALVERDE Lola. “La Polémica sobre la inoculación de la vacuna antivariólica en el Hospital General de Pamplona en 1802”.