lunes, 27 de noviembre de 2023

ILDEFONSO DE ARBIZU, ARQUITECTO CARCARÉS-LERINÉS

 

Grabado alegórico de la arquitectura

De la serie de arquitectos de Cárcar faltaba por destacar a Ildefonso Arbizu Quintana. Con él concluyo una lista de arquitectos, retablistas, escultores y doradores que surgieron en Cárcar a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Ya destaqué en anteriores trabajos a Tomás Martínez de Puelles y a sus hijos Tomás Antonio y Adrián, tío y primos respectivamente de Ildefonso, y también a Antonio de Izaguirre, tío a su vez de los Martínez de Puelles; también a Pedro Busou, escultor de Cámara de Carlos IV, y, más inicialmente, a Andrés de Mata, dorador de retablos, pintor y estofador. Un elenco de artistas que dejaron sus obras repartidas por buena parte del territorio navarro y español.

Ahora me detendré en Ildefonso de Arbizu. Este nace en Cárcar el 29 de enero del año 1740. Hijo del maestro carpintero Joseph de Arbizu y Bravo y Ana María Quintana y Sádaba fue el primogénito de siete hermanos, y se movió, como digo, en un ambiente y en un momento artístico sin precedentes en Cárcar. Él vio tallar a su padre la caja del órgano que construyó el maestro lerinés Joseph de Mañeru para la iglesia de Cárcar, y vio también como cincelaba  la inmensa puerta de cancela por la que se accede al templo parroquial. 

Caja del órgano y puerta de cancela que talló Joseph de Arbizu, padre de Ildefonso en Cárcar

Observó a los maestros calahorranos esculpir la sillería del coro y conoció de primera mano las destacadas obras barrocas que realizaba su tío Tomás Martínez de Puelles. Es posible que aprendiera a manos de éste el oficio de arquitecto, pero también cabe la posibilidad de que su padre lo mandara a estudiar a alguna escuela de arquitectura. El caso es que empezó a hacer sus primeros trabajos en Lerín y aquí conoció a la que sería su mujer:  Teresa de Tarazona y López de Velasco. Teresa era hija del importante maestro organero Lucas de Tarazona, y de Josepha López de Velasco. Todos los hermanos de Teresa eran, como el padre, constructores de órganos, así que ella se movió en un ambiente, digamos, muy musical. Seguramente su padre le haría un órgano portativo para que aprendiera a tocar en casa, como hiciera más tarde su sobrina María Luisa de Tarazona y Beunza, organista del convento de las monjas clarisas de Arizcun. 

Ildefonso y Teresa cumplimentaron la ceremonia de velación en Cárcar el año 1764, ya que era aquí donde iban a vivir los primeros años. Dos de los hijos del matrimonio nacieron en Cárcar: María Micaela y Manuel Francisco pero para el año 1771 la familia Arbizu-Tarazona ya estaba residiendo en Lerín donde nació Javier Antonio, último de los hijos. Este se casará después con Ramona, su prima carnal, e hija de Julián de Tarazona, uno de sus tíos organeros.

Es evidente que Teresa tenía querencia por Lerín y atrajo a Ildefonso hacia esta población vecina; aquí estaba toda su familia materna que eran gente de prestigio; la madre de Teresa era nieta, nada menos que de Clemente López de Velasco, promotor fiscal del estado y condado de Lerín y escribano real. Además, Lerín ofrecía mayores posibilidades para trabajar en lo suyo por tener una población mayor y ser cabeza del condado del mismo nombre.

Estando residiendo en Lerín, es requerido Ildefonso para trabajar en Sartaguda donde realizo el retablo mayor de la iglesia y desmontó y recompuso el chapitel de la torre. Enseguida le aprobaron un proyecto para Lerín. En 1779 se hace cargo del derribo del coro antiguo de la iglesia y la construcción de uno nuevo, proyecto aprobado por Santos Ángel de Ochandátegui, prestigioso arquitecto de la época. Esta construcción constará de “arco de medio punto entre pilastras y sotocoro con bóveda de medio cañón y lunetos” (Ricardo Fernández Gracia). 

Fotografía actual de la obra del coro de Lerín que hizo Ildefonso de Arbizu

En el informe que presentó Ochandátegui, y que recoge María Josefa Tarifa en un artículo contenido en el libro Lerín, Historia, Naturaleza, Arte. A. Garnica, J.L. Ona (coord.) 2010, se habla también de  “la existencia de dos trazas con objeto de reformar la capilla mayor, una presentada por Vicente Arizu y otra del citado Arbizu, siendo ésta en opinión del experto la más acertada”. Advierte Ochandátegui, que viendo la solidez, seriedad, sencillez y hermosura de dicha capilla mayor se deberá llevar a cabo la obra con el mayor cuidado y delicadeza “siguiendo la ordinacion de la planta con puntualidad y esmerándose en imitar con mucha propiedad y simetria el delicado gusto que manifiesta dicha capilla mayor (…) sin necesidad de alterar ni retocar otra cosa que los capiteles por estar estos mal esculpidos por la mala inteligencia del escultor o tallista que los abrio”. Es de suponer que dada la potente opinión del afamado Ochandátegui el trabajo del arquitecto carcarés fue aprobado con nota.

Retablo mayor visto desde la capilla del coro que hizo Arbizu. Lerín


Bóveda sobre la que se asienta el coro. Obra de Ildefonso de Arbizu 

Pero hizo Ildefonso otras actuaciones en la iglesia de Lerín. En el interior del templo y a los pies del presbiterio se encontraba desde el año 1616 el mausoleo de los condes de Lerín. Este monumento fue un encargo de don Luis de Beaumont y Navarra (segundo conde de Lerín y Condestable a su vez de Navarra), a Gil Morlanes el Viejo, afamado escultor aragonés. A este Condestable en cuestión le apodaban El Valeroso, como manifiesta Juan Jesús Virto en otro artículo de mismo libro citado. Este mausoleo, además de contener los restos de este conde, reposaban en él también los de su nieto y cuarto conde de Lerín, don Luis de Beaumont y Manrique de Lara, y los de don Diego Álvarez de Toledo, hijo del tercer duque de Alba y esposo a su vez de doña Brianda, quinta condesa de Lerín. El féretro con los restos de este don Diego había traído desde Alba hasta la vecina localidad de Sesma en espera de que concluyeran las obras en la iglesia de Lerín donde serían finalmente depositados.

Mausoleo de los condes de Lerín obra de Gil Morlanes el Viejo. Fotografía tomada del artículo Gil Morlanes el Viejo y el sepulcro de Lope Ximenez de Urrea, de María Carmen Lacarra Ducay

Este llamativo sepulcro de mármol y alabastro, que ocupaba el centro mismo del presbiterio, no creaba consenso entre los fieles, ya que les impedía ver el altar mayor durante la misa y estorbaba los movimientos de los sacerdotes a la hora de administrar la comunión, por lo que no faltaban las quejas, por lo que el patronato de la iglesia consiguió permiso del duque de Alba para removerlo. En marzo del año 1786 se decidió trasladarlo a un lugar más discreto dentro de la misma iglesia. Se trataba de llevarlo hasta la capilla de San Francisco Javier, en la parte del lado del Evangelio, y este trabajo le fue encargado a Ildefonso de Arbizu

Detalle del mausoleo. Fotografía tomada del artículo Gil Morlanes el Viejo y el sepulcro de Lope Ximenez de Urrea, de María Carmen Lacarra Ducay

Tuvo pues el carcarés que gestionar el desmonte de este magnífico bulto marmóreo y sacar los despojos de los condes allí enterrados y depositarlos en el hueco preparado al efecto. Arbizu fue pues uno de los pocos privilegiados que vio los restos del todopoderoso Condestable años después de su muerte. Cuatro meses después, todas las piezas del conjunto mortuorio quedaron perfectamente encajadas en su nueva ubicación. La minuta que pasó Ildefonso al Patronato de la iglesia ascendía a 5.821 reales con 24 maravedíes. 

Esta remodelación no duró mucho y aquellos nobles despojos no consiguieron descansar en paz muchos años ya que en 1841, y mientras el gobierno liberal de Espartero, iban a sufrir un acto de vandalismo. Así lo cuenta Pedro de Madrazo en el libro "Navarra y Logroño en España. Sus monumentos y artes. Su naturaleza e historia". Barcelona. 1886":

“Pero no fueron los franceses los que removieron de su sitio el magnífico enterramiento         de mármol y alabastro que en la misma iglesia tenían los primeros condes de Lerin             (…) Este monumento fue víctima de un acto de venganza indigno y salvaje:                     después de     la guerra llamada de los siete años, el pueblo siguió un pleito sobre             exención de tributos con el duque de Alba; obtuvo sentencia favorable, y en la                     explosión de su júbilo, arrancó violentamente de la iglesia el sepulcro, lo sacó al atrio           medio destrozado...”.

Bien por esta cita de Madrazo, o por un bulo infundado, el caso es que se creyó que el mausoleo había desaparecido. Sin embargo, Juan Jesús Virto, tras un minucioso trabajo de investigación asegura que, después de vandalizado, dicho mausoleo debió ser llevado al palacio condal de Lerín. Los huesos de los condes, por su parte, fueron depositados en alguna tumba de la propia iglesia parroquial hasta que en el año 1862 el duque de Alba mandó llevar, tanto los restos mortales como el mausoleo hasta el Palacio de Liria en Madrid.  Y allí los halló Virto por casualidad en el año 2010. Y es que, recogidas todas las piezas y bien embaladas habían sido trasladadas en ferrocarril hasta Madrid en ese año de 1862 para ser finalmente montado el mausoleo y depositado en la sacristía de la capilla del palacio de Liria propiedad de los duques de Alba. No se encuentra expuesto al público pero algunos historiadores han tenido acceso al mismo, y es por eso que, siquiera a través de fotografías, podemos ver como era aquél magnífico sepulcro cincelado por Gil Morlanes el Viejo, y destinado a que reposaran en su pueblo los condes de Lerín. Poco iba a imaginar el Condestable los vaivenes que iba a sufrir después de muerto.

Aún le quedaba a Ildefonso una última actuación en la iglesia de Lerín. Asegura María Josefa Tarifa que en octubre de 1790 fue el propio Arbizu quien presentó un condicionado para hacer unas zanjas con objeto de “desviar e impedir la introducción de aguas subterráneas al interior de la parroquial por el lado de los cimientos que daban a la plaza”. Y es que la iglesia sufría (y sufre) de abundantes humedades en cimientos y paredes, principalmente en la zona de los retablos de la Ánimas y Nuestra Señora del Rosario. Quizá fuese efectiva en su momento la actuación de Arbizu, pero, a día de hoy, dichas humedades siguen latentes y son tan evidentes como preocupantes.

Es evidente como la humedad va comiendo la base del retablo del Rosario. Lerín

Por esos mismos años (entre los años 1790 y 1802) se hizo en la iglesia de Cárcar una gran restauración desde la nave hasta los pies del crucero. En esta parte se añadió la que se denominó capilla de los Santos Pasos, por ser el lugar que alberga los pasos que procesionan en Semana Santa; también esta obra y otras de menor envergadura le fueron encargadas a Ildefonso, pero, sin poder precisar el motivo (quizá por su fallecimiento), no las pudo terminar. Lo hizo en su lugar el arquitecto alavés Francisco de Sabando.

No todas las obras que llevó a cabo Ildefonso de Arbizu fueron en el ámbito religioso, también hizo otras civiles, como reflejan algunos pleitos conservados en el Archivo de Navarra: obras en el regadío de Mendavia acompañado del albañil de Lodosa Andrés García Soto, en el trujal de Larraga y en casas particulares. 

Los documentos sin clasificar podrían aportar más datos sobre este personaje. De momento, esto es lo que he encontrado y aquí queda reflejado.

MARÍA ROSARIO LÓPEZ OSCOZ
NOVIEMBRE DE 2023



domingo, 29 de octubre de 2023

EL PADRE JAVIER FORTÚN

El pasado 9 de abril de este 2023 fallecía Fray Francisco Javier Fortún tras una vida silenciosa de oración y contemplación como monje benedictino en la Abadía de San Salvador de Leyre (Navarra). Aprovechando los inestimables datos que aporta Ramón Luís Mañas O.S.B. en el número 176 del Boletín de la Abadía y el trato epistolar que mantuvo quien esto escribe con el P. Fortún a lo largo de los últimos once años, voy a intentar construir en este blog una pequeña biografía, casi panegírico, sobre su vida.

Foto en detalle del padre Javier Fortún entresacada del número 176 del Boletín de Leyre

Francisco Javier Fortún Ardáiz nació en Cárcar el día 23 de marzo del año 1931, hijo de Luis Fortún García y Julia Ardáiz Sagredo,  fue el benjamín de tres hermanos. Con solo cinco años quedó huérfano de padre y a los once ingresó en el Seminario Conciliar de Pamplona. En 1946 pasó al noviciado de Loyola de la Compañía de Jesús donde despertó en él su vocación misionera. En 1951, con veinte años de edad, va a misionar a la India. Aquí hizo también sus estudios para ser sacerdote. En la isla de Ceilán (actual Sri Lanka) realizó los tres cursos de Filosofía y el primero de Teología y en la ciudad de Poona los últimos cursos de Teología. Una vez acabados es ordenado sacerdote en Ahmedabad el 24 de marzo de 1959, justo al siguiente día de cumplir los veintiocho años.

Durante los diez años siguientes permaneció como misionero en el estado  del Gujerat (India), codo con codo con otros misioneros navarros que también se encontraban allá, como el jesuita lerinés José Luis Gorosquieta Reyes con quien mantuvo una relación de amistad de por vida, a pesar de los distintos rumbos que finalmente tomaron sus vidas.  Gorosquieta seguiría en la misión en Gujerat durante casi sesenta años, hasta su muerte ocurrida en Rathanpur, aunque su principal labor misionera se desarrolló en la ciudad de Dhandhuka. 

Portada de la revista que los misioneros jesuitas publican desde la región india del Gujerat en la que se recoge el fallecimiento del P. Gorosquieta Reyes

Tras ese tiempo en la India, el P. Fortún fue destinado a Venezuela donde permaneció otros dos años. Estando aquí sintió una fuerte llamada a la vida contemplativa que quiso madurar volviendo a su tierra. Durante el discernimiento estuvo en su pueblo de Cárcar; aquí tuvo ocasión de impartir a los escolares unas charlas en las que les explicaba su experiencia en la misión. Tras marchar de su casa natal a los once años, fueron muy escasas sus visitas a Cárcar pero, aún así, quedó grabada en él la imagen de su pueblo y sus gentes con memoria fotográfica, de modo que era capaz de revivirlo con una precisión que pareciera haber estado allá hacía solo unos días.
 
Tratando de recordar  y enlazar personas y apellidos de su pueblo de Cárcar

Una meditada y profunda reflexión espiritual y existencial le llevó a decidirse definitivamente por la vida contemplativa. Es por eso que el 21 de octubre del año 1972 ingresó en el monasterio navarro de San Salvador de Leyre. El 10 de julio del año siguiente le llegó de Roma el permiso para cambiar de orden. Tras pasar con éxito el período de prueba, hizo la profesión solemne el día de San Benito, ya como monje benedictino.

Desde entonces, su misión en dicho monasterio, -además de la propia como orante contemplativo- se desarrolló en la enfermería, y en la sacristía atendiendo el servicio litúrgico. Durante muchos años fue también el encargado del servicio de correos de la abadía y, en los últimos, pasó a hacerse cargo de la depositaría.

Activo confesor, dedicó la mayor parte de su vida a atender al confesionario, tanto en la iglesia abacial, como a las Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote, a las que asistía espiritualmente en el convento que las monjas tienen en la población cercana de Javier.

Portada del libro escrito por el P. Fortún

De natural muy piadoso, fray Javier Fortún amaba la Eucaristía y la Adoración Eucarística; no en balde escribió el libro “El Sagrario y el Evangelio” que publicó la editorial Patmos en el año 1999 y del que se han hecho hasta ahora cuatro ediciones. Gran devoto de la Virgen y San José su máxima favorita era: “Para mi, después de la Virgen, y junto a la Virgen, San José”.  En época de Navidad, le apasionaba montar el Belén de la comunidad.  Mientras realizaba sus paseos habituales por el bosque que rodea la abadía, recogía las piñas más bonitas que utilizaba después para adornar el Belén. 

Foto: Abadía San Salvador de Leyre. Fuente: monasteriodeleyre.com

Cumplía con diligencia y devoción las horas canónicas que en la orden benedictina se hacen en comunidad a través del canto gregoriano, pero también tenía las suyas personales; cada día rezaba el rosario y meditaba los siete dolores y gozos de San José, compuestos por Enrique de Ossó. Era también devoto del beato Florentino Redondo Insausti, paisano y mártir carcarés, al que le pedía “me alcance el espíritu de agradecimiento”. Emulando sus consejos, exclamaba: “el mejor modo de pedir es dar gracias, y eso también entre hombres”. 
 
Los benedictinos de Leyre con el arzobispo don Francisco Pérez. A la derecha del arzobispo está Fray Javier Fortún y a la izquierda el padre abad. Foto: Iglesia Navarra

Cada día celebraba misa en el oratorio de San Virila, y cuando últimamente ya no podía desplazarse por su propio pie hasta esa capilla, lo acercaba en su silla de ruedas uno de los monjes; esto hasta pocos días antes de su muerte.

En su lúcida ancianidad, recordaba con nitidez su infancia en Cárcar, los nombres de las personas, las calles y la historia de su pueblo. El actual titular del órgano de la abadía, José Luis Echechipía París, le traía a la memoria a uno de sus maestros de infancia: don Germán Echechipía, tío del anterior, al que citaba a menudo junto a don Benito Pérez, a los que rememoraba como si aún estuvieran presentes. Si alguna visita le obsequiaba con un presente, generalmente en forma de dulces, se alegraba mucho si comprobaba que había suficientes unidades como para repartir entre el resto de monjes. Agradecía también recibir noticias de su pueblo. Su última visita a Cárcar fue en junio de 2014 con motivo de celebrar el funeral por su hermano José Luis; recordaba aquel momento con emoción y gratitud. 

Foto de Cárcar de los años 70 del siglo XX

Leía y meditaba a diario y con devoción la Lectio Divina, como es preceptivo, pero también leía otros libros. Me consta que con especial cariño leyó la obra Arte y Perseverancia Final en Gracia, escrita por el jesuita carcarés Domingo de Antomas y publicada en Lima en el año 1765, que en una ocasión le envió quien esto escribe. Su crítica al libro no pudo ser más agradecida: “me gustó muchísimo, tanto que ya lo he leído dos veces y creo que no serán las últimas”. No obstante, se lamentaba que en las citas no apareciera la que para él era la mejor: Perseverad en mi amor (Jn, 15-9).

En los últimos años, ya con las fuerzas mermadas, se encomendó a las oraciones de sus allegados y se preparó para la muerte. “Hasta el Cielo”, se despedía ya en sus últimas cartas. En marzo de este año, 2023, cumplió noventa y dos años y su salud empezó a empeorar. El 5 de abril, al tiempo que la Iglesia Universal se preparaba para celebrar el Triduo Pascual, el padre Fortún entró en agonía. Acompañado y atendido por los miembros de la comunidad y por su sobrinos, murió en serena paz la mañana del Domingo de Resurrección del día 9 de abril. A las cinco de la tarde del lunes de Pascua se celebraron sus exequias presididas por el padre Abad. Su cuerpo fue inhumado en el cementerio de la Abadía de Leyre.
 
Fray Javier Fortún dedicó treinta y dos años de su vida a la misión como jesuita, y los otros cincuenta años siguientes como monje contemplativo entregado a la oración, la meditación, el silencio y el trabajo manual, según la regla de San Benito: Ora et labora. Una vida alejada del mundo, silenciosa y ascética, de total entrega a Dios y rica en matices que escapan a este trabajo. Sin duda un santo varón. Descanse en paz.


María Rosario López Oscoz
Octubre de  2023

lunes, 18 de septiembre de 2023

JUAN MANUEL DE SADABA, un carcarés en Nueva España

Barco perteneciente a la Flota de la Nueva España. Foto: sabermas.com

A pesar de que el nacimiento y la filiación de este personaje está documentada, hay de su vida apenas un leve rastro; sin embargo, este rastro contribuirá a sacarlo a la luz y dar a conocer algo del espacio y el tiempo en el que vivió. Su nombre era Juan Manuel de Sadaba Pascual, que nació en Cárcar el día 28 de marzo de 1641, mientras gobernaba en España Felipe IV. Sus padres eran Juan de Sadaba Piudo y Ana Pascual Martínez; los abuelos paternos Juan de Sadaba y Magdalena Piudo y los maternos Hernando Pascual y María Martínez. Juan Manuel era el hijo mayor del matrimonio. Además de él estaban: Domingo, Isidoro Jose, José Cruz y Miguel de Sadaba Pasqual. 

A los 20 años Juan Manuel estudiaba leyes en Madrid al amparo del jurista soriano Miguel Agurto y Álava, que además de letrado era Caballero de la Orden de Calatrava. Este personaje era de ascendencia alavesa y había estudiado cánones en la Universidad de Salamanca. Dos veces intentó cubrir la plaza de Corte Mayor del rey de Navarra sin conseguirlo, y en mayo del año 1662, Felipe IV le confirma la plaza en propiedad como Alcalde del Crimen de la Real Audiencia de Méjico, en la Nueva España.
 
Firma de Juan Miguel de Agurto y Alava en los Archivos de Indias

Acompañarían al magistrado dos criados y uno de estos iba a ser el citado Juan Manuel de Sadaba. Para ir a Méjico el jurista debía poner en orden toda la documentación (como era habitual en estos casos) y solicitar permiso de embarque en la Casa de la Contratación de Sevilla. También el carcarés necesitaba tener sus papeles en regla y es por eso que los solicita a Cárcar. Se reúnen pues en Cárcar los testigos convocados ante el notario local Joseph de Corroza y de Pagola. Estos eran: Simón Pascual (alcalde de la villa y abuelo del solicitante), Juan Murillo, Gerónimo de Lodosa (regidor), Juan de Ayucar, Juan Bravo, Miguel de Pagola y Juan Martínez Almuza.  Todos ellos declaran que Juan Manuel y su familia son “desde tiempo inmemorial a esta parte en opinión y fama de cristianos viejos y limpios de toda mala raza de judíos, moros ni penitenciados(…)”. Que además, algunos de sus familiares tienen “los oficios más honoríficos de república” ya que su abuelo Simón Pascual es alcalde y juez ordinario de Cárcar, y su tío carnal Domingo de Sadava fue notario del Santo Oficio “y estos puestos oficios siempre se han dado y se dan a las familias nobles como lo es la del dicho Juan Manuel de Sadava”. Da fe de todo lo declarado el notario  Joseph de Corroza el día 27 de mayo de 1662. En junio le llega a Juan Manuel la documentación. Por su parte, Agurto y Álava, arregla los papeles en la Casa de Contratación de Sevilla: “pido y suplico mande darme despacho para mi embarcación y la de mis dichos dos criados por cuanto no tengo otros que llevar”. De Juan Manuel se facilitan en ellos unos pocos datos. Que ese “estudiante, de edad de veinte años, alto, rubio y que no es casado ni está sujeto a matrimonio”.

Para el 27  junio de 1662 ya tienen listos los papeles en la Casa de Contratación. Siete días más tarde zarpan desde Sanlúcar de Barrameda en la Flota de la Nueva España, comandada por el general Nicolás Fernández de Córdoba y Ponce de León (descendiente del Gran Capitán). Para viajar a la Indias Occidentales este era el modo habitual de hacerlo. En esta ocasión dicha Flota la componían veinticuatro buques escoltados por tres galeones de guerra. Transportaban un total de 4.500 toneladas de carga y 1.326 quintales de azogue (mercurio para tratar la plata). Entraron en el puerto de Veracruz el día 12 de septiembre de ese año, tras dos meses y cinco días de travesía oceánica. 

Qué fue de Juan Manuel de Sádaba una vez llegado a Méjico es de momento un misterio. Si siguió al servicio de Juan Miguel de Agurto habría que saber que este, tras su paso por la Audiencia de Méjico, fue nombrado en 1673 Capitán General y Presidente de la Audiencia de Guadalajara (Méjico) y que en 1680 cubrió la plaza de Gobernador de Campeche de forma interina. Ese mismo año, y también de forma interina, fue nombrado Presidente, Gobernador y Capitán General de la Real Audiencia de Guatemala. Durante tres años ejerció en este cargo hasta en en 1684 regresa a España donde se le nombra Oidor de la Real Chancillería de Granada. Sin llegar a tomar posesión del cargo, muere en Madrid en el año 1685. 

Si siguió, como digo, a cargo de este mandatario habría que imaginarlo haciendo todo ese recorrido junto a él. Si, por el contrario, una vez allí siguió su vida particularmente, el resultado sería otro. Sea como fuere, el caso es que gracias a los archivos de Indias sabemos que un chaval de Cárcar hizo la ruta de las Indias (no fue el único) y arribó a Méjico hace la friolera de trescientos sesenta y un años.

MARÍA ROSARIO LÓPEZ OSCOZ
Septiembre 2023

miércoles, 26 de julio de 2023

EL VIEJO PUENTE METÁLICO DE CÁRCAR


El ser humano transita por el mundo a través de caminos y carreteras que él mismo va trazando, tendiendo a su vez puentes para salvar obstáculos. Antiguamente las carreteras no eran como hoy las conocemos, eran caminos, en muchos casos sendas, que se fueron adaptando a los tiempos y a las necesidades que traía la evolución. 

Operarios aplicando brea al firme del puente de hierro. Fuente: Foto de Archivo Administrativo de Navarra y contraportada del libro "Cárcar, Historia, Vocabulario y Plantas" de Eduardo Mateo y otros. Año 2002

Cárcar también sufrió progresivos cambios en el trazado de sus vías de transito. A pesar de que la comunicación con los pueblos limítrofes estaba garantizada se hacía necesario también acceder al regadío por una ruta rápida que obligaba a cruzar el rio Ega. Es por eso que se fueron tendiendo sobre el río sencillos y sucesivos puentes de madera, ni demasiado seguros, ni demasiado duraderos, pues las avenidas del agua en tiempos de crecidas se los llevaron por delante en no pocas ocasiones.

Conforme los tiempos fueron cambiando Cárcar vio la necesidad de sustituir el puente de madera por otro más seguro y moderno. Así lo solicitó su ayuntamiento a la administración foral en repetidas ocasiones hasta conseguir que en febrero del año 1897 la Dirección de Caminos presentara un proyecto a la Diputación Foral de Navarra para su aprobación. El proyecto incluía además la construcción de un camino que conectara a través del puente con la Venta de Cárcar, abriendo así un ramal que enlazaba con la carretera Estella-Calahorra. Este camino que tendría una extensión de dos kilómetros y medio, junto con el montante estimado para la construcción del puente, supondría un coste previsto de algo más de cuarenta y seis mil pesetas, repartidas de la siguiente manera:  25. 424 pesetas para el puente y el resto para el camino.

La empresa barcelonesa La Maquinista Terrestre y Marítima S.A. se encargaría de construir el puente que tendría una longitud de 25,70 metros de largo por un ancho entre ejes de 3,70 metros y un soporte de carga de 30 toneladas.
La estructura sería metálica y ensamblada con dos vigas de hierro principales de 3,70 metros de alto, dividido en nueve recuadros en aspa de las llamadas cruces de San Andrés, de 2,80 metros cada una. La obra estuvo terminada para los primeros meses del año 1898

Foto antigua donde se ve pueden ver el puente metálico y la empresa "Conservas Cárcar". Ni puente, ni conservera, ni personaje a caballo, ni pollino, existen ya. Solo la casa a la izquierda de la foto. Fuente: Foto del Archivo Administrativo de Navarra y contraportada del libro "Cárcar, Historia, Vocabulario y Plantas" de Eduardo Mateo y otros. Año 2002.

El nuevo puente quedó inaugurado al transito para regocijo de los carcareses y mejora de todos los usuarios, lo que suponía un avance notable en las comunicaciones. A partir de ese momento los agricultores accedían a sus huertas cómodamente y se facilitaba la comunicación hacía Lerín y Estella para los que venían de la parte de Lodosa y los que lo hacían desde la carretera de Planillos. 
Este puente se mantuvo en pie setenta y cuatro años. De aquellos vehículos de tracción animal de finales del siglo XIX se fueron añadiendo otros a motor de mayor potencia, peso y anchura, por lo que atravesar el puente entrañaba cada vez mayor dificultad. También los camiones transportaban cada vez mayor carga que desgastaba la estructura del puente. Luego estaba la incomodidad para los camiones de gran tonelaje al verse obligados a buscar rutas alternativas con la consiguiente pérdida de tiempo y esta vía de comunicación fue quedando cada vez más aislaba.  

Es por eso que setenta y cuatro años después se pensó en sustituir el puente por otro más ancho y que soportara mayor tonelaje. Esta vez el hormigón pretensado sustituiría al hierro. Se construyó entre los año 1971-72 justo al lado del vigente, con un coste que rondó los tres millones de pesetas. La inauguración del mismo se demoró dos meses sobre la fecha prevista mientras el viejo puente seguía abierto al tráfico, excepto, como se ha dicho, para camiones de gran tonelaje. Pero no todos los transportistas hicieron caso de la prohibición. Ello provocó que el día 27 de junio de 1972, pocos días antes estar listo e inaugurado el nuevo puente, que estaba a falta de su asfaltado, un camión de cuatro ejes, marca Pegaso y procedente de Féculas (Lodosa), cargado de abono y sobrepasando en mucho el peso permitido, hizo que el viejo puente de hierro cediera a su paso, provocando que camión y puente cayeran al río. Afortunadamente el conductor salió ileso al quedar la cabina del camión semi hundida en las aguas del Ega. 

Dos días más tarde el Diario de Navarra se hizo eco del suceso, y añadía este párrafo final a la crónica: “Como dato anecdótico diremos que el labrador local don Fructuoso Izal, que recogía espárragos en la proximidades del lugar cuando el puente se hundió, ha sido el único habitante de Cárcar que ha visto pasar al primero y al último camión sobre la obra destruida”. Y es que el señor Fructuoso tenia seis años cuando aquel puente de hierro se inauguró. En la crónica dice que era agricultor, pero fue principalmente pastor y propietario de ganado lanar y cabrío. 
  
Puente de hormigón sobre el río Ega a su paso por Cárcar en la actualidad

 La carretera se cortó al tráfico por un tiempo hasta quedar terminado el nuevo puente de hormigón que es el que se mantiene actualmente.

MARÍA ROSARIO LÓPEZ OSCOZ

viernes, 23 de junio de 2023

UN MAESTRO DE PUEBLO

 


Don Benito Pérez Apiñariz. Maestro nacional en Cárcar. Foto en detalle 

La figura del maestro de escuela de pueblo es casi una imagen icónica que marcó a las generaciones pasadas. Hoy en día son muchos los profesores que a lo largo de la etapa escolar se ven involucrados en la educación de los alumnos. Antes no era así. Dos o tres eran los maestros encargados de llevar todo el peso de la educación reglada del alumno hasta su conclusión, de tal modo que el nombre y el recuerdo de esos docentes quedaba impreso con fuerza en la memoria, ya fuera para bien o para mal, según había sido la experiencia vivida con ellos.

Don Benito Pérez y Antonio Hernández. Curso 1935-1936

Esta fotografía es de la preguerra. Corresponde al curso 1935-36 y no es una foto habitual. Sí lo era, sin embargo, que ante la llegada esporádica de un fotógrafo profesional el maestro se retratara con el grupo escolar que le había sido encomendado, pero aquí aparece acompañado de un único alumno. 

La fotografía está hecha en un aula de la escuela de Cárcar, ubicada entonces en el piso superior del Ayuntamiento, y el maestro es don Benito Pérez Apiñariz, natural de Etayo (Navarra) y nacido en 1886. Don Benito estudió Magisterio y Cárcar fue uno de sus destinos. Vivía en el número uno de la calle Jardín. "Ganas menos que un maestro de escuela", es una frase que se dice de modo recurrente y así era al parecer, a juzgar por las alpargatas que calza don Benito y que la mesa no consigue ocultar. Contrasta el sencillo y pobre calzado del maestro con el zapato lustrado y de lazos que porta el alumno, puesto seguramente de modo excepcional para la ocasión. El niño es Antonio Hernández Martínez y tenía en ese momento entre ocho o nueve años; sobre la ropa lleva una bata o "babi" que le protege de los roces del pupitre y del polvo de la tiza. Don Benito se la debió de quitar para la foto y luce una sencilla americana de doble botonadura, quizá de cuando se casó. Obediente, Antonio, apunta con decisión a un lugar en el globo terráqueo que el maestro le ha indicado señalar, mirando a cámara con cierta timidez. El maestro, en cambio, se muestra confiado y su expresión delata, además de su bonhomía, seguridad y confianza en el buen hacer del alumno. También cierto aprecio. Tras el educando cuelga el mapa de España de un atril del que el maestro se valía para enseñarles a ubicar los cabos de España, ríos y demás accidentes geográficos que todo buen alumno debía aprender.

No podían ni imaginar ambos el período turbulento y terrible que se avecinaba. La guerra civil estaba a punto de comenzar. A don Benito le supuso la pérdida de empleo y sueldo durante un año; a los dos, tiempos difíciles de olvidar. Posteriormente el maestro se incorporó de nuevo a la docencia hasta causar baja por jubilación en el año 1950.

Los maestros de pueblo de aquella época tenían que bregar con las circunstancias de sus alumnos. Unos niños que, a menudo, hacían novillos por ir al campo para apoyar en la economía familiar. Porque esos chicos tenían que elegir muchas veces entre ir a la escuela o echar una mano al padre; y eso era más vital que aprender a sumar; los chicos, claro, no podían rendir convenientemente en la escuela.

Bien lo reflejó mi buen amigo, don Félix Calvo Frías, natural de Gumiel (Burgos) y maestro nacional en Lerín en uno de sus "ripios":

-¿A qué has venido a la escuela?
¡Trabaja, Félix, trabaja!

-¿Cómo quiere que trabaje
si no puedo con el alma?
El cielo lleno de estrellas
antes de salir el alba
han contemplado mis ojos
a través de sus pestañas.

Yo porfiaba en abrirlas
y ellas en seguir cerradas
porque arriba los luceros,
cuando el sol aún no brillaba,
me alumbraban el camino
tempranito esta mañana.

Con la azada en una mano
la otra con la navaja
de trecho en trecho la cesta
sin mano para llevarla.
Se van cansando los brazos
y ella se hace más pesada.

Los dos ojos en la tierra
para auscultar sus entrañas
que el espárrago está oculto
y hay que adivinar su marca.

¿Y dice usted que trabaje?
¡si ya no me quedan ganas!
la cesta ha venido llena
y cuesta mucho colmarla.

Con el cielo despejado
el sol caía con calma
y pesaba como el plomo
al chocar sobre la espalda.
El sudor que en gruesas gotas
refresca el surco que empapa.

¡Ay! que duro es el trabajo
y que larga la mañana.
Es natural que en la escuela,
por la tarde entre galbana,
tomando el duro pupitre
por una mullida cama.

En vez de clase, la siesta,
me pide el cuerpo con ansia.

Es muy justo que descanse
quien se agotó esta mañana.
-Tienes toda la razón,
descansa, Félix, descansa.

Me consta que don Benito fue un buen maestro. O al menos ese es el recuerdo que mantuvo de él mi progenitor durante toda su vida, fruto de su experiencia como alumno. 

En Antonio Hernández están representados en esa fotografía todos los chicos de su generación que se vieron favorecidos por la figura y las enseñanzas de sus maestros, a pesar de métodos más o menos ortodoxos. 

Un recuerdo especial para todos aquellos "maestros de escuela" de vocación que tanto contribuyeron con su labor a que hoy seamos como somos.

María Rosario López Oscoz
Junio de 2023

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Agradezco a Inés Hernández su gentileza al cederme la fotografía para hacer este breve artículo.

miércoles, 24 de mayo de 2023

HERALDICA DE CÁRCAR Y EDIFICIOS HISTÓRICOS


Cárcar guarda también en su historia un pasado noble de hidalgos e infanzones que dejaron su huella en las fachadas de algunas de sus casas. Ese pedigrí se aprecia en buena parte de los edificios de la calle Mayor aunque se extiende también hacía otras calles del pueblo. Casas de rancio abolengo que lucían en sus fachadas flamantes escudos heráldicos que otorgaban a quienes los ostentaban algunos privilegios, exenciones y prebendas. Será el segundo tomo del Catálogo Monumental de Navarra, el libro Linajes de Navarra con Escudos de Armas, de Aurelio Erdozáin, algunas ejecutorias y otros diversos documentos, además de abundantes búsquedas en Internet, quienes me ayuden a completar esta lista, susceptible de mejoras o correcciones.

Escudo de Cárcar sobre la fachada de su Ayuntamiento

Al menos desde 1459 ya tenía Cárcar sello real y el escudo local pende en la fachada del ayuntamiento desde siglos. El más antiguo que se conserva es de estilo rococó en alabastro labrado y data del siglo XVIII. Tiene yelmo por timbre sobre mascarón inferior entre figuras arquitectónicas intercaladas a serpientes. En su campo lleva un castillo con bandera de cruz flanqueado por dos robles. El castillo que se representa se ubicó junto a la iglesia y pertenecía al conde de Lerín y bien pudo ser el que mandara construir en el siglo X el rey Sancho Garcés I. En tiempos, la villa de Cárcar perteneció, jurídica y administrativamente, al condado de Lerín.

A partir de este escudo repasaré otros escudos que pertenecieron a casas nobles y que se encuentran repartidos por distintas calles del pueblo.


CORROZA-SAN JUAN

Se encuentra situado hacia la mitad de la calle Mayor; esta casa armera ostenta sobre su fachada dos imponentes escudos heráldicos. La casa es un edificio de ladrillo de estilo barroco y los escudos, rococós, son de alabastro y corresponden a la segunda mitad del siglo XVIII; pertenecieron a los apellidos Corroza y San Juan. La casa era de la familia Corroza. 

El primer personaje de este apellido llegó a Cárcar procedente de Azagra y se llamaba Antón Corroza y Lacalle; vino a casarse con Isabel García y Arcaya, natural de Cárcar. Aquí se asentaron y con ellos sus descendientes. Un hijo de este matrimonio, llamado también Antón, se casó con Bernarda de Pagola y Chocarro; José Antonio Corroza y Pagola, primogénito este matrimonio, nace en 1631, fue escribano real y casó en primeras nupcias en 1656 con María Ruiz, y en segundas con Felipa López Bailo, ambas también de Cárcar. El heredero, hijo del primer matrimonio, fue José Corroza y Ruiz, nacido en 1661 que se casó con Jerónima de Pagola y Martínez. De este matrimonio nació en1685, Martín José Corroza y Pagola, que fue abogado de los Reales Tribunales de Navarra; casó en Puente la Reina en 1710 con Juana Bautista de Amézaga y Olloqui y se avecindaron en Cárcar. Uno de los hijos de este matrimonio será Francisco Javier Ignacio José Ramón de Corroza y Amézaga, que nace en Cárcar en 1721; licenciado y abogado de los Reales Consejos, se casará en Corella con María Francisca Javiera San Juan y Díez de Ulzurrun, hija de Joséph San Juan Echeverría y Fermina Díez de Ulzurrun y Bea. El matrimonio se veló en Cárcar en 1753. Javier fue alcalde de Cárcar y posteriormente alcalde mayor del estado y condado de Lerín. Será este personaje quien coloque en la casa de los Corroza de Cárcar sendos escudos correspondientes a su apellido y el de su mujer. Por tal motivo, el fiscal y la villa levanta pleito contra ellos. El litigio duró cuatro meses, desde el 18 de febrero de 1777 hasta el 17 de junio de ese mismo año, en que lo gana. En este pleito Francisco Javier Corroza demuestra que tiene derecho por descender y ser su apellido originario de la casa Corroza Lequerica en la anteiglesia de San Martín, situada en el barrio de Meacaur en Morga, Vizcaya, así como el de su mujer, San Juan, por pertenecer al señorío del mismo nombre que se encuentra en el lugar de Unzué. 

Escudo de armas de los Corroza en Cárcar. Calle Mayor


Piedra armera del apellido San Juan que acompaña en la fachada al de Corroza

Dice el tomo II del Catálogo Monumental de Navarra, en su pagina 405, sobre el escudo Corroza: “sobre un león, ostenta bordura de mascarones entre rocalla; campo de lobos pasantes sobre un árbol arrancado orlado por leones pasantes”. Y con respecto al de San Juan: “sobre águila bicéfala presenta querubín inferior entre cuernos de la abundancia y corona abierta con timbre con la leyenda: SAN/IOAN. En sus cuatro cuarteles alternando cuatro palos con un lebrel rampante sobre roca”.
El matrimonio Corroza-San Juan vivía en Cárcar, pero por su cargo de alcalde mayor del estado y condado de Lerín se trasladaron a la vecina Lerín hacia el año 1760.
En la actualidad el apellido Corroza se perdió y solo nos queda a algunos inserto en la genealogía de generaciones lejanas.

DÍAZ (Díez) DE RADA
 
Piedra armera de los Díaz de Rada en la Calle Mayor

El primero en poner sobre la fachada de su casa las armas de este apellido fue Francisco Xavier Díez de Rada Arbeloa, nacido en Cárcar en 1743, hijo de Joseph y Lucía. Se había casado también en Cárcar en 1765 con Michaela de Ursua y en segundas nupcias en 1791 con Martina Rodríguez y Santa María. Obtiene la ejecutoria de hidalguía que gana en juicio contradictorio junto con Francisco Antonio Díez de Rada (de Andosilla) y los hijos de este. El juicio se presenta en 1776 y se resuelve favorablemente en 1787 ante la Corte Real de Navarra reconociendo a los demandantes su derecho a lucir sus armas en el frontispicio de su casa, como lo había hecho anteriormente su quinto abuelo Pedro Diez, cuya ejecutoria había ganado en juicio contradictorio en 1527. El escudo de los Díez (Díaz) de Rada consta de cruz verde de Alcántara en campo dorado con una estrella sobre la mano derecha. 
Varios fueron los hijos de Francisco Xavier Díez de Rada Arbeloa que continuaron con el apellido, estos matrimoniaron de la siguiente manera: Martín José se casará con Juana Martínez; Francisco lo hará con Carmen Ursua; Ramon con Josefa Gurrea Yanguas; Gabriel con Angela Bermejo y María Antonia con Fermín Pagola.

Es un apellido que se ha propagado en Cárcar con profusión a través de distintas ramas. Actualmente continúa muy extendido.  
      
MARTÍNEZ 

Escudo de los Martínez. Travesía Calle Mayor con Calle Monte

Sobre los Martínez de Cárcar hay que destacar que en el año 1517 ganaron ejecutoria de hidalguía ante la Real Corte de Navarra los señores Martín, Gil, Jorge, Rodrigo, Diego y Hernando Martínez, todos ellos hermanos y naturales de Cárcar “en cuya iglesia tenían capilla con sus armas” y decían ser descendientes del palacio de los Martínez de Andosilla. En 1674, otro descendiente, en este caso Juan Martínez, escribano real, residente en Tudela reclama también derecho a usar escudo de armas por ser originario de la casa Martínez en Cárcar. Esta casa de Cárcar ocupa toda la travesía que une la calle Mayor con el Barrio Monte. Es un edificio barroco del siglo XVII en mampostería con verdugadas de ladrillo y ostenta sobre su fachada un escudo de alabastro del siglo XVIII con la leyenda “armas de los Martínez”. Está timbrado por yelmo sobre mascarón inferior entre sirenas; en campo de gules una cruz llana de oro cargada de cinco lobos andantes de sable. 
Muchos fueron los que llevaron este apellido en Cárcar desempeñando diferentes profesiones: notarios, abogados, abades, canónigos, etcétera, destacando especialmente Vicente Martínez Monreal, médico de las cámaras reales de Carlos IV y Fernando VII y pionero en propagar la vacuna contra la viruela en Navarra.

No hay quien lo porte ya en Cárcar como primer apellido.  
 
LÓPEZ BAILO

El de los López Bailo sobre la casa familiar de la Plaza Marín Sola (antes Plazuela)

Este es linaje aragonés de infanzonía que tuvo su solar en el lugar de Bailo, partido judicial de Jaca. Una rama pasó a Ejea de los Caballeros, creando una nueva casa solar. De esta rama pasó a Estella, Cárcar y Andosilla; Juan José López Bailo y Aguirre, natural de Andosilla se casa en Cárcar con María Igúzquiza. De este enlace nació José Ramón López Bailo Igúzquiza el día 13 de enero del año 1735; maestro cerero, casó con Clara Martínez de Ollo, natural de Estella, avecindándose en Cárcar. Consiguió sentencia favorable de hidalguía para él y sus hijos en 1788; estos hijos fueron José Antonio Esteban y Juan Antonio López Bailo y Martínez de Ollo. José Antonio, el primogénito, siguió habitando la casa, y después su hija Ambrosia, para con esta desaparecer el linaje.
Sus armas son un escudo rococó de la segunda mitad del siglo XVIII labrado en alabastro que presenta mascarón inferior, angelotes tenantes y un yelmo por timbre. Sobre campo de oro terciado en banda de gules travesante, dos lobos de sable. 
Ambrosia, la última López Bailo que habitó la casa acogió  mientras la Tercera Guerra Carlista a la hija menor del General Zumalacárregui (su primo político) y aquí falleció.

ONA 
En la calle Portal de Cárcar existe un edificio barroco (hoy muy retocado) del siglo XVII, en su día labrado en mampostería con verdugadas de ladrillo de tres cuerpos y un ático, y en su fachada un escudo con la leyenda: "armas de los Ona". Perteneció a Tiburcio de Ona y Gómez de Segura. Era natural de Oteo (Álava) y se casó en Cárcar con María Arbizu y Ruiz, hija de José de Arbizu y Ruiz, y María Josefa Ruíz Castillo. En el año 1803 Tiburcio consigue de la Real Corte de Navarra la ejecutoria de hidalguía que ganó en juicio contradictorio: “vecino de la villa de Cárcar en propia representación y en la de d. Gregorio, su hijo, y demás adheridos”, estando en causa las villas de Oteo, Cárcar y Mañeru. 

Escudo de los Ona situado en la Calle Portal

Es el escudo de los Ona un blasón de alabastro, fechado en 1803, entre leones tenantes y timbrado por un yelmo entre niños desnudos. Cortado con cruz entre llaves, de una parte, y caldero con la cifra 1341 de la otra. También de la parte de los Gómez de Segura era Tiburcio hidalgo. Su causa se había defendido en 1549. El matrimonio Ona-Arbizu tuvieron seis hijos, todos varones: Fausto Ramón Ignacio, José Ramón Tiburcio, Francisco Antonio Ramón, Ramón Julián, Francisco Antonio y Gregorio Andrés; este último será su heredero en Cárcar que junto a su primogénito, Fausto Ramón Ignacio, defendió también su derecho a colocar el escudo de los Ona en Mañeru por las mismas fechas que lo hizo para el de Cárcar. El más joven, Gregorio Andrés de Ona, residente también en Cárcar, se casó con Ignacia de Sola, pero se separaron; para el año 1831 ya le habían concedido el divorcio y en 1838 Gregorio se vuelve a casar, ahora con María Ruíz. Con ninguna de las dos esposas tuvo descendencia. Falleció en Oteo y su patrimonio pasó por herencia a su sobrino Manuel Ona Goicoechea. Este casó con Clara Arbeloa, natural de Mañeru y vivieron en la casa solar de los Ona de Cárcar al igual que después sus descendientes. Manuel fue notario en Cárcar. 
Descendiente directo de este linaje será Antonio Ona y Echave (Cárcar,1905-Lugo, 1987), obispo de Lugo.

Existen descendientes de este linaje que lo siguen portando todavía. También en Lerín a través de la línea sucesoria de Fausto Ona, primo carnal de Tiburcio. Uno de ellos es el escritor y arqueólogo José Luis Ona González.

ZÚÑIGA 

Piedra armera de los Zúñiga acompañada de un Corazón de Jesús en su estado actual, perdida ya la corona que portaba como timbre. Calle Ontanilla

Así lucía antes de perder la corona. Foto: Catálogo Monumental de Navarra

Los Zúñiga habían probado su nobleza en distintas ocasiones  y Miguel Ángel de Zúñiga y Martínez de Cárcar, vecino de Cárcar, hizo lo propio en el año 1799 colocando en el frontispicio de su casa el blasón correspondiente a su apellido. La consiguió para sí y sus hijos: Ángel Miguel Joaquín, José Joaquín, Juan Manuel, Ramón Luis Fausto y María Manuela de Zúñiga y Ruíz, vecinos todos ellos de Cárcar.
Miguel Ángel, el padre, era hijo de Diego y María Cecilia Martínez de Cárcar y se había casado en Cárcar el día 27 de marzo de 1776 con María Joaquina Ruíz y Teruel, hija de Martín Ruíz y Teruel y María Ángela Teruel y Sádaba. El solar primitivo de Zúñiga procedía de la villa navarra de Zúñiga, valle de la Solana, en la Merindad de Estella. Ya se cita en algunos documentos del año 1356. Este entronque procede al parecer de antiguos reyes de Pamplona, tales como Iñigo Jiménez Arista, García Iñiguez y Fortún García y ligado también al palacio de Cidamón en La Rioja y a sus propietarios los Manso de Zúñiga. 

La casa de los Zúñiga se encuentra situada en la calle Ontanilla y su piedra armera "presenta faunos portantes y corona abierta por timbre, y su campo orlado de cadenas está terciado en banda por una cinta plegada" (Catálogo Monumental de Navarra, tomo II)

El apellido está totalmente desaparecido en Cárcar desde hace décadas.

PAGOLA 

El apellido Pagola no tiene en Cárcar escudo heráldico que se conozca, pero uno de sus miembros lo pidió para sí y los suyos estando ya residiendo en Pamplona, apoyándose en un antepasado. Este antepasado era Íñigo de Pagola, que, avecindado en Andosilla, había obtenido sentencia de hidalguía en la Real Corte de Navarra el 29 de julio de 1569 y usó de ese linaje por ser originario del palacio de Beretereche en Mendieta, Vizcondado de Mauleón en Francia. 
Íñigo de Pagola casó en Andosilla con María del Valle. Un hijo de estos, Francisco de Pagola y del Valle, casó con Isabel de Lapedriza, vecinos también de Andosilla. El sucesor, Miguel de Pagola y Lapedriza, casó en Cárcar en 1634 con María Martínez, avecindándose ya en este población; uno de los hijos, Ignacio de Pagola y Martínez, casa en Cárcar con Josepha Miguel de Bolinaga en 1660. Tuvieron a Francisco de Pagola y Miguel que casó en Lodosa 1761 con Isabel de Alargunsoro y se instalaron en Cárcar. Uno de los hijos de este matrimonio será José Fernando de Pagola Alargunsoro que fue alcalde de la Real Corte de Navarra. Casó con Alberta de Garzarón y se avecindaron en Pamplona. Uno de los hijos de este matrimonio, José de Pagola y Garzarón, que fue Oidor de la Real Audiencia de Granada, en tiempos de Carlos III, reclamó su derecho de hidalguía por descender de aquel Iñigo de Pagola, su quinto abuelo.  
Trae en su escudo campo de sinople y en él una sierpe que sale de un pozo con dos alas abiertas y lengua de gules, con la cola enroscada y salpicada de plata y sable, que pendería sobre la fachada de su casa en Pamplona. El apellido Pagola siguió en Cárcar por otras ramas y continúa vigente a día de hoy.

ARAGÓN

Escudo de los Aragón que pasaron a Navarra. Foto tomada del libro Linajes de Navarra con Escudos de Armas, de Aurelio Erdozáin

 El apellido Aragón procede de un importante linaje de la Real Casa de Aragón. En Sádaba existía una casa solariega en la calle Mayor con el escudo de armas de los Aragón. Eran infanzones. Una rama de estos pasó a Navarra, y entre otras poblaciones se asentó en Cárcar. 
No puedo asegurar quien fue el primer individuo o familia con apellido Aragón que llegó a Cárcar pero ya en el año 1584 nacía en esta María de Aragón y Martínez, hija de Diego de Aragón y Albina Martínez. En 1612, María de Aragón casa también en Cárcar con Pedro de Aguirre. En 1622, Sebastián de Aragón, que sería otro hijo de Diego y Albina, se casa también en Cárcar con María de Sádaba y tuvieron en 1625 a Domingo de Aragón. A partir de ahí el apellido se extiende en el pueblo por generaciones entre los siglos XVII y XVIII hasta desaparecer en el XIX. Es más que probable que tuvieran escudo de armas en la casa paterna. Este sería un escudo partido y semicortado: 1º en campo de oro, cuatro cabezas de reyes, 2º en gules, dos caballeros armados, gravadas sus armas y 3º, en oro, cuatro palos de gules.
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Existían al menos dos casas armeras más que se derribaron en la década de los setenta del siglo pasado. Una de ellas era la casa que albergó al mítico Café Lorente; la otra, situada en la calle Monte, era la casa de Eulogio Pardo. Ambas lucían sendos escudos heráldicos que desaparecieron al ser los edificios demolidos para construir sobre ellos. Hay indicios de que las piedras armeras no se perdieron y estoy en la tarea de conseguir identificar cuales eran esos escudos y a que apellidos correspondían. Dado el caso, lo agregaré a este trabajo. Tú, que estás leyendo esto, si tienes fotos donde aparezcan o información sobre ello, apelo a tu colaboración.
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OTROS EDIFICIOS HISTÓRICOS

Existen también otras casas en Cárcar, que sin ostentar en su fachada un escudo heráldico denotan un pasado de abolengo. Buena parte de ellas se sitúan en la calle Mayor; son casas barrocas de mampostería con verdugadas de ladrillo que se elevan en dos o tres cuerpos. El Catálogo Monumental de Navarra cita algunas de ellas. 
Hacia la mitad de la calle Mayor destaca un edificio de ladrillo que data del siglo XVI (es el edificio civil más antiguo) y consta de dos cuerpos y un ático, articulado por una galería de pequeños arcos o arquillos. 

Esta sería la fachada más antigua de arquitectura civil de Cárcar. Calle Mayor

También la casa de los Pagola-Franco (hoy desaparecida), era una amplia casona del siglo XVII de aspecto noble con dos cuerpos y un ático; el segundo cuerpo presentaba cinco balcones en su fachada. En la trasera del edificio había un molturador de aceituna. 

Casa de los Pagola Franco antes de ser derribada y que bien pudo ser la casa madre de los Pagola arriba citados. Calle Mayor. Foto: Catálogo Monumental de Navarra

En la calle Marín Sola, antes Plazuela, además de la casona de los López Bailo, se encuentra un edificio de ladrillo del siglo XVII que consta de dos cuerpos y un ático con un gran alero de madera sobre ménsulas talladas. 

Edificio en la Plaza Marín Sola en su estado actual




 Ménsulas talladas en dicho edificio de la Plaza Marín Sola

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Hay otras casas antiguas de ladrillo merecedoras de mención. Unas se conservan todavía, otras desaparecieron, dos de ellas muy recientemente. Todas se hicieron con tanta solidez que han soportado con mucha dignidad el paso del tiempo.
 
Casa de los Ágreda. Edificio de la Calle Mayor del siglo XVIII, recientemente derribado y desaparecido


Estos tres edificios de la Calle Monte constituyeron en principio una misma vivienda. Disponía de capilla. Es muy probable que perteneciera a la familia Solabre

Uno de estos edificios luce en su fachada una enigmática cruz de madera

Al principio de la calle Monte hay una que, dicen, que para su construcción se empleó vino, en una cosecha en la que este se agrió y vieron así una forma de darle salida.
 
Trasera de la primera casa que linda con el ayuntamiento 

He mencionado solo algunas de ellas; hay unas cuantas mas. Todas ellas son casas que contribuyeron, junto con el resto de construcción mas humilde, a conformar la fisonomía del pueblo y que merecen especial atención y adecuada conservación. 

Investigación y redacción: María Rosario López Oscoz